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CAPÍTULO XLI.

De algunos rastros que se han hallado de que en algun tiempo en estas Indias

hubo noticia de nuestra fe.

Rastros se hallaron de que los indios ha.

tiempos noticia de nuestra santa fe.

Eran las cosas de la religion, ritos, costumbres y modo de vivir bian tenido en otros de los indios, al tiempo que estos reinos se descubrieron, en todo

y por todo tan ajenos y contrarios á nuestra cristiandad (á lo menos en lo tocante á la fe), que comunmente no se ha tenido duda de que sus antepasados nunca tuvieron noticia de la venida del Salvador al mundo, ni de su vida, milagros, muerte y pasion. Y conforme á esta comun opinion, es lo que he tratado en el capítulo pasado, porque se confirma en no se hallar mencion de tal cosa en todas nuestras escripturas, donde se trata todo lo substancial que ha pasado en el mundo desde su principio.

principio. Pero es cierto que por otra parte me ponen en grande perplejidad los rastros que de lo contrario se han hallado por testimonio de personas fidedignas, donde se colige haberse predicado en tiempos pasados en esta Nueva España nuestra santa fe, ó á lo menos haberse tenido noticia de ella. Cuando se descubrió el reino de Yucatan, dicen que hallaron nuestros españoles algunas cruces, y entre ellas una de cal y canto, de altura de diez palmos, en medio de un patio cercado, muy lucido y almenado, junto á un muy solemne templo, y muy visitado de mucha gente devota. Esto fué en la isla de Cozumel, que está junto á la tierra firme de Yucatan. Preguntados los naturales, de dónde y cómo habian tenido noticia de aquella señal, respondieron que un hombre muy hermoso habia pasado por allí y les habia dejado aquella señal para que de él siempre se acordasen, diciendo que los que en tiempos futuros trajesen aquella señal habian de ser sus hermanos, y que los llamó «los barbados del oriente.» Y esto alude a lo que Quezalcohuatl dejó dicho á los de Cholula, como parece en el capítulo décimo del libro segundo. El obispo de Chiapa, D. Fr. Bartolomé de las Casas, en una su Apologia, que escrita de mano se guarda en el convento de Santo Domingo de México, cuenta que desembarcando él en la costa de Yucatan (porque á la sazon entraba aquel reino por cercanía en los términos de su obispado), halló allí un clérigo honrado, de madura edad, que sabia la lengua de los indios, y porque él pasaba de paso á la cabeza de su

ma y

obispado, dejó rogado y encargado á este clérigo, que en su nombre anduviese la tierra adentro, visitando los indios, con cierta forinstruccion

que le dió para que les predicase. Y á cabo de un año, poco menos, dice que le escribió este clérigo, cómo habia hallado un señor principal, que inquiriéndole de su creencia y religion antigua que por aquel reino solian tener, le dijo que ellos conocian y creian en Dios, que estaba en el cielo, y que aqueste Dios era Padre y Hijo y Espíritu Santo, y que el Padre se llamaba Izona, que habia criado los hombres y todas las cosas. Y el Hijo tenia por nombre Bacab, el cual nació de una doncella virgen llamada Chibirías, que está en el cielo con Dios, y que la madre de Chibirías se llamaba Ischel. Y al Espíritu Santo llamaban Echuah. De Bacab (que es el Hijo), dicen que lo mató Eopuco, y lo hizo azotar y puso una corona de espinas, y que lo puso tendidos los brazos en un palo, y no entendian que estaba clavado, sino atado, y allí murió, y estuvo tres dias muerto, y al tercero tornó á vivir y se subió al cielo, y que allá está con su Padre, y despues de esto luego vino Echuah, que es el Espíritu Santo, y hartó la tierra de todo lo que habia menester. Preguntado que querian significar aquellos tres nombres de las tres personas, dijo que Izona queria decir el gran padre, y Bacab hijo del gran padre, y Echuah mercader. Y á la verdad buenas mercaderías bajó el Espíritu Santo al mundo, pues hartó la tierra, que son los hombres terrenos, de sus dones y gracias tan copiosas y divinas. Y preguntado tambien como tenian noticia de estas cosas, respondió que los señores lo enseñaban a sus hijos, y así descendia de mano en mano esta doctrina. Y afirmaban aquellos indios que en el tiempo antiguo vinieron á aquella tierra veinte hombres, y el principal de ellos se llamaba Cocolcan, y que traian las ropas largas, y sandalias por calzado, las barbas grandes, y no traian bonetes sobre sus cabezas, y que estos mandaban que se confesasen las gentes y que ayunasen. Esto escribe el obispo de Chiapa, que es cosa muy maravillosa, y no sabe hombre que salida le dar. Otra cosa me contó un religioso, muy conocido por verdadero, siervo de Dios y fraile de S. Francisco, llamado Fr. Francisco Gomez, que por ser todavía vivo y muy viejo, pierde la memoria que en esta Historia se debia á sus fieles y largos trabajos en esta viña del Señor. Y es, que viniendo él de Guatemala en compañía del varon santo Fr. Alonso de Escalona, pasando por el pueblo de Nexapa de la provincia de Guaxaca, el vicario de aquel convento (que es de la órden de Santo Domingo) les mostró unos papeles pintados que ha

que

bian sacado de unas pinturas antiquísimas, hechas en unos cueros largos, rollizos y muy ahumados, donde estaban tres o cuatro cosas tocantes á nuestra fe, y eran la madre de Nuestra Señora, y tres hermanas hijas suyas, que las tenian por santas. Y la que representaba á Nuestra Señora, estaba con el cabello cogido al modo

que

lo cogen y atan las indias, y en el ñudo que tienen atras tenia metida una cruz pequeña, por la cual se daba a entender que era mas santa, y que de aquella habia de nacer un gran profeta que habia de venir del cielo, y lo habia de parir sin ayuntamiento de varon, quedando ella vírgen. Y á este gran profeta, los de su pueblo lo habian de perseguir y querer mal, y lo habian de matar crucificándolo en una cruz. Y así estaba pintado, crucificado, y tenia atadas las manos y los piés en la cruz, sin clavos. Estaba tambien pintado el artículo de la Resurreccion, cómo habia de resucitar y subir al cielo. Decian estos padres dominicos, que hallaron estos cueros entre unos indios que vivian hacia la costa del mar del sur, los cuales contaban que sus antepasados les dejaron aquella memoria. Otro religioso, que tambien vive, Fr. Diego de Mercado, padre grave y que ha sido difinidor de esta provincia del Santo Evangelio, y uno de los mas ejemplares y penitentes de este tiempo, me contó y dió firmado de su nombre, que en años atras, platicando con un indio viejo otomí, de mas de setenta años, sobre las cosas de nuestra fe, le dijo aquel indio, cómo ellos en su antigüedad tenian un libro que venia sucesivamente de padres á hijos en las personas mayores que para lo guardar y enseñar tenian dedicados. En este libro tenian escrita doctrina en dos colunas por todas las planas del libro, y entre coluna y coluna estaba pintado Cristo crucificado con rostro como enojado, y así decian ellos que reñia Dios. Y las hojas volvian por reverencia, no con la mano, sino con una varita que para ello tenian hecha, y guardábanla con el mesmo libro. Y preguntándole este religioso al indio, de lo que contenia aquel libro en su doctrina, no le supo dar cuenta en particular, mas de que le respondió, que si aquel libro no se oviera perdido, viera cómo la doctrina que él les enseñaba y predicaba y la que allí se contenia, era una mesma, y que el libro se pudrió debajo de tierra, donde lo enterraron los que lo guardaban cuando vinieron los españoles. Tambien le dijo que tuvieron noticia de la destruicion por el diluvio, y que solas siete personas se salvaron en el arca, y todas las demas perecieron con todos los animales y aves, excepto las que allí se salvaron. Tuvieron tambien noticia de la embajada que hizo el ángel

á Nuestra Señora, por una metáfora, diciendo que una cosa muy blanca como pluma de ave cayó del cielo, y una vírgen se abajó y la cogió y metió en su vientre y quedó preñada; pero no sabian decir qué se hizo lo que parió. Lo que estos dijeron del diluvio, atestiguaron tambien en Guatemala los indios achíes, afirmando que lo tenian pintado entre otras sus antiguallas, las cuales todas los frailes con el espíritu y celo que llevaban de destruir la idolatría, se las quitaron y quemaron, teniéndolas por sospechosas. Tambien se halló que en algunas provincias de esta Nueva España, como era en la Totonaca, esperaban la venida del Hijo del gran Dios (que era el sol) al mundo, y decian que habia de venir para renovarlo y mejorarlo en todas las cosas. Aunque esto no lo tenian ni interpretaban en lo espiritual, sino en lo temporal y terreno, como decir que con su venida los panes habian de ser mas purificados y substanciales, y las frutas mas sabrosas y de mayor virtud, y que las vidas de los hombres habian de ser mas largas, y todo lo demas segun esta.mejoría. Y para alcanzar esta venida del Hijo del gran Dios, celebraban y ofrecian á cierto tiempo del año un sacrificio de diez y ocho personas, hombres y mujeres, animándolos y amonestándoles que tuviesen á buena dicha ser mensajeros de la república, que los enviaba al gran Dios, para pedirle y suplicarle tuviese

por bien de enviarles á su Hijo para que los librase de tantas miserias y angustias, mayormente de aquella obligacion y captiverio que tenian de sacrificar hombres que (como en otra parte se dijo) lo llevaban por terrible y pesada carga, y les era intolerable tormento y dolor, y lo hacian cumpliendo el mandato de sus falsos dioses, por el temor grande que les tenian. De todos estos dichos y testimonios aquí referidos, no deja de nacer grave sospecha que los antepasados de estos naturales oviesen tenido noticia de los misterios de nuestra fe cristiana. Y aun esto último de los que aguardaban la venida del Hijo del gran Dios, hace harto en favor de los que han tenido opinion que estos indios descendian del pueblo de los judíos, creyendo que serian de algunos que escaparian de la destruicion de Jerusalem, que hicieron los emperadores Tito y Vespasiano, y por el mar vendrian discurriendo de unas tierras en otras, y quedaron con aquel su error de aguardar todavía al Mesías; aunque esta opinion rechaza el doctísimo José de Acosta, de la Compañía de Jesus, queriendo probar con mucha curiosidad que estos indios no vienen del linaje de los hebreos. Pero como sus razones no concluyan imposibilidad, sino sola congruidad, en materia

Denatura Novi Orbis, lib. I, cap. 23.

21.

tan oculta y incierta á los hombres, cada uno puede juzgar lo que mas cuadrare á su entendimiento, no afirmando lo que es tan du

doso, sino sospechando ó teniendo por opinion lo que mejor le Tratado de las di- parece. Y así el maestro Alejo Vanegas parece tener que vienen de part. 1, lib. 2, cap. cartagineses. Y lo que dice el padre Acosta, ser tan anexo á los he

breos, y falto en los indios, como las letras, la cobdicia y la circuncision, cosa posible es (y aun bien contingente) en tanta variedad de tiempos y tierras haberlo perdido. Cuanto mas que en lo de la circuncision, que totalmente excluye en los indios, ya vimos en el capítulo diez y nueve del segundo libro, cómo la tuvieron los de una provincia de esta Nueva España, llamados totonaques. Y de los mesmos ahora acabamos de decir cómo aguardaban su Mesías ó consolador. ¿Y quién sabe si estamos tan cerca del fin del mundo, que en estos se hayan verificado las profecías que rezan haberse de convertir los judíos en aquel tiempo? Porque en estos (si vienen de judíos) ya lo vemos cumplido; pero de esotros bachilleres del viejo mundo, yo poca confianza tengo que se hayan de convertir, si Dios milagrosamente no los convierte. Dejémoslo á él todo, que sabe lo cierto, que nosotros (como dicen) hablamos de gracia, y podemos dar una en el clavo y ciento en la herradura.

Is. 10.

Joel 3:

Soph. 3.

Rom. 11.

CAPÍTULO XLII.

De los provinciales que ha habido en esta provincia del Santo Evangelio, y comisarios

generales en esta Nueva España.

han sido de la provincia de México.

Por haber sido esta provincia del Santo Evangelio principio y ca

beza de nueva Iglesia, parece ser cosa justa hacer en fin de este libro Provinciales que minuta de los prelados que hasta aquí ha tenido sucesivamente, y

tambien porque no de todos ellos se hace memoria en las vidas de los claros varones contenidas en el libro siguiente y quinto en número. En el tercero se vió como con la venida de los primeros doce religiosos se instituyó esta provincia en custodia, no dependiente de alguna provincia, sino inmediata al ministro general de la orden de los frailes menores, y por primero custodio el varon santo Fr. Martin de Valencia, cuya apostólica vida se verá por extenso en el principio del libro siguiente. Sucedióle en el oficio, y fué segundo custodio, uno de sus compañeros, llamado Fr. Luis de Fuensalida, de cuya persona se hace particular mencion en el mesmo libro. Aca

Año de 1524

Año de 1527.

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