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oer. 4 4.1 1843

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Росо

oco mas de un mes hace que un hombre afortunado y soberbio regia con floja mano y con torpes designios las riendas del estado; y este hombre vive hoy proscrito en tierra extranjera para escarmiento de mandarines ambiciosos y de gobernantes alucinados. Todavía no es tiempo de escribir su historia, porque aun se confunden los cantos del triunfo con los ayes de los moribundos, porque aun estan calientes las cenizas de Barcelona, de Sevilla y de Reus; pero sí lo es de proporcionar materiales al historiador y noticias a la posteridad tan imparciales como firme el deseo que tenemos de serlo, y como nos lo permite la circunstancia de no deber á la persona de quien se trata injuria ni beneficio. Seremos sus jueces, no sus acusadores, y si la justicia nos obliga á ser severos, culpa es de los sucesos y no de la intencion que nos guia.

Creemos que los hechos históricos ejercen unos sobre otros una accion tan inmediata, y tienen entre sí una relacion tan necesaria, que dificilmente podrían suprimirse algunos sin que nuestra razon no los echara de menos. El historiador debe, para ser imparcial, buscar cuidadosamente este enlace y accion de los

gucesos, mas no olvidando nunca que esta conexion, si bien sirve para comprenderlos y esplicarlos, no es bastante para condenar ni justificar á sus autores ó cómplices. Quien afectando imparcialidad cierra su corazon á los sentimientos sublimes que son el móvil de las grandes acciones y su entendimiento a las ideas consoladoras de bien y mal, responsabilidad y libre alvedrío, castigos y premios, no solamente falsifica la historia, sino que la hace inútil despojándola de las altas lecciones de moralidad que encierra.

Pocos períodos hay mas ricos en tales enseñanzas que el que nosotros acabamos de atravesar. Los sucesos en él ocurridos eran hasta cierto punto necesarios como consecuencia de los que habian pasado anteriormente, y porque ninguna fuerza de las que hubieran podido oponérseles habría sido bastante eficaz para impedirlos. Pero sus autores no dejan por eso de ser responsables ante la conciencia pública y la historia, y dignos por consiguiente ante la posteridad de severa censura. Natural era que tras una guerra desastrosa mantenida no por una potestad única y fuerte contra otra, sino por las fuerzas desparramadas y sin concierto de dos partidos ; que tras una lucha donde no habia descollado ningun personage eminente de esos que sin el auxilio de nadie reorganizan el poder público cuando está abatido y disuelto; que tras una guerra en fin que habia engendrado la revolucion y el desórden, viniese un tiempo de cansancio en los partidos y de postracion en los ánimos en que fuere fácil alzarse con el gobierno á los mas osados y ambiciosos. Llegó este tiempo con la paz de Vergara, origen de tantas esperanzas halagüeñas y de tantas ilusiones deslumbradoras, cuando no se sabia que el convenio, obra de la nacion, habia de aprovechar esclusivamente á una parcialidad poco numerosa. Bajo la impresion agradable de este suceso feliz, la nacion, aunque cansada, hizo un esfuerzo gigantesco en las elecciones de 1840; pero cuando reunidas aquellas cortes se vió que la balanza de la fuerza se inclinaba aun al lado de los pocos que tenian la material, no haciendo la moral del trono, del gobierno y del pais contrapeso suficiente, siguió la nacion reposando de su fatiga abandonada al cuidado de un gobierno flaco y de una reina desamparada y huérfana. Semejante abandono debia de haber despertado alguna ambicion legitima; mas por desgracia no estimuló sino la codicia de un:

general de alma pequeña, carácter irresoluto, corazon de mezquinos instintos, que ni tenia bastante generosidad para ponerscamerced de su reina, ni bastante decision

у
audacia

para
hacer

suyo el imperio con sus propios recursos. Asi es que en vez de servirse este de sus tropas aceptando únicamente la cooperacion de los revolucionarios, que es lo que han hecho siempre los que se han hallado en su caso, puso sus tropas a las órdenes de las juntas y de los gefes de la insurreccion, quedando él como apartado del alzamiento, y aguardando que sus seides viniesen á ofrecer á sus pies los despojos del triunfo. Resultó de aquí que el principio revolucionario y disolvente representado por las juntas se fortaleció a costa del de dictadura y centralizacion que debia haber re presentado el general : que las juntas y no éste fueron las que dictaron al Gobierno su voluntad soberana, y que la revolucion en fin, yendo mas allá de lo que al interés de un dictador convenia, fué en adelante el obstáculo de la dictadura. Las potestades revolucionarias de las provincias imprimieron pues el sello de sus violencias al gobierno del general Espartero: desquiciaron la administracion; removieron en masa los empleados; abolieron la ley de ayuntamientos acabada de sancionar; exigieron que se nombrasen corregentes a la reina Gobernadora, y á todo se avino humilde aquel hombre que podia haber impuesto su ley á los insurrectos en vez de recibirla: y para no convocar la junta central ni disolver el Senado, medidas que exigian tambien algunas juntas, mediaron entre el poder y los revoltosos convenios humillantes y transacciones vergonzosas. Retoñaron entonces las pretensiones esclusivas de cada provincia; encomendóse la adminis tracion á manos inespertas; el ejército estaba en la insubordinacion que es consiguiente despues de una rebelion militar; dilapidáronse los fondos públicos, y el desórden material de los hechos aumentó y fortaleció la anarquía de los espíritus.

En este estado se encontraba la España cuando el ministerio-regencia presidido por Espartero se hizo cargo del gobierno. Desde luego se conoció que el nuevo magnate no era de la estirpe de los dietadores, al ver que se habia puesto a merced de una revolucion, cuando hubiera debido dirigirla, si bien aun quedaba á algunos la esperanza de que fuese calculada su modestia y no nacida de pereza ó incapacidad. Mas disipáronse del todo estas ilusiones al ver que el nuevo gobierno: conservaba fielmente las tra

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