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les, aunque con más trabajo y peligro que la otra vez, les ganamos, y los echamos de toda la calle y de la plaza de los aposentamientos grandes de la ciudad. E de allí mandé que no pasasen los españoles, porque yo, con la gente de nuestros amigos, andaba cegando con piedra y adobes toda el agua, que era tanto de hacer que, aunque para ello ayudaban más de diez mil indios, cuando se acabó de aderezar era ya hora de vísperas; y en todo este tiempo siempre los españoles y nuestros amigos andaban peleando y escaramuzando con los de la ciudad y echándoles celadas, en que murieron muchos dellos. E yo con los de caballo anduve un rato por la ciudad, y alanceábamos por las calles do no había agua los que alcanzábamos; de manera que los teníamos retraídos y no osaban llegar a lo firme. Viendo que estos de la ciudad estaban rebeldes y; mostraban tanta determinación de morir o defenderse, colegi dellos dos cosas: la una, que habíamos de haber ; poca o ninguna de la riqueza que nos habían tomado; y la otra, que daban ocasión y nos forzaban a que totalmente los destruyésemos. E desta postrera tenía más sentimiento y me pesaba en el alma, y pensaba qué forma ternía para los atemorizar de manera que vinięsen en conocimiento de su yerro y del daño que podian recibir de nosotros, y no hacía sino quemalles y derrocalles las torres de sus ídolos y sus casas. E por que lo sintiesen más, este día fice poner fuego a estas casas grandes de la plaza, donde la otra vez que nos echaron de la ciudad los españoles y yo estábamos aposentados, que eran tan grandes, que un principe con más de seiscientas personas de su casa y servicio' se podían aposentar en ellas; y otras que estaban jun-n to a ellas, que aunque algo menores eran muy más fres- , cas y gentiles, y tenía en ellas Muteczuma todos los linajes de aves (1) que en estas partes había; y aunque

(1) Léase la Carta segunda, en el tomo I, páginas 36-166.

ia mí me pesó mucho dello, porque a ellos les pesaba · mucho más, determiné de las quemar, de que los ene

migos mostraron harto pesar y también los otros sus · aliados de las ciudades de la laguna, porque éstos ni

otros nunca pensaron que nuestra fuerza bastara a les · entrar tanto en la ciudad; y esto les puso harto desmayo.

Puesto fuego a estas casas, porque ya era tarde, recogí la gente para nos volver a nuestro 'real; y como los de la ciudad veían que nos retraíamos, cargaban · infinitos dellos, y venían con mucho ímpetu dándonos

en la retroguarda. E como toda la calle estaba buena · para correr, los de caballo volvíamos sobre ellos y

alanceábamos de cada vuelta muchos dellos, y por eso no dejaban de nos venir dando grita a las espaldas. Este día sintieron y mostraron mucho desmayo, especialmente viendo entrar por su ciudad quemándola y destruyéndola y peleando con ellos los de Tesaico y Calco y Suchimilco y los otumíes y nombrándose cada uno de dónde era; y por otra parte, los de Tascaltecal, que ellos y los otros les mostraban los de su ciudad hechos pedazos, diciéndoles que los habían de cenar aquella noche y almorzar otro día, como de hecho lo

hacían. E así nos venimos a nuestro real a descansar, · porque aquel día habíamos trabajado mucho, y los

siete bergantines que yo tenía entraron aquel día por las calles del agua de la ciudad y quemaron mucha parte della. Los capitanes de los otros reales y los seis bergantines pelearon muy bien aquel día, y de lo que les acaeció me pudiera muy bien alargar, y por evitar prolijidad lo dejo, mas de que con victoria se retrujeron a sus reales sin recibir peligro ninguno. * Otro día siguiente, luego por la mañana, después de haber oído misa, torné a la ciudad por la misma orden con toda la gente, por que los contrarios no tuviesen lugar de descegar las puentes y hacer las albarradas; y por bien que madrugamos, de las tres partes y calles de agua que atraviesan la calle que va del 'real fasta las · casas grandes de la plaza 'las dos dellas estaban como los días antes, que fueron muy recias de ganar; y tanto, que duró el combate desde las ocho horas fasta la una después de mediodía, en que se gastaron casi todas las saetas y almacén y pelotas que los ballesteros y escopeteros llevaban. Y crea vuestra majestad que era sin comparación el peligro en que nos víamos todas las veces que les ganábamos estas puentes, porque para ganallas era forzado echarse a nado los españoles y pasar de la otra parte, y esto no podían ni osaban ha

cer muchos porque a cuchilladas y a botes de lanza · resistían los enemigos que no saliesen de la otra parte. Pero como ya por los lados no tenían azoteas de donde

nos hiciesen daño y de esta otra parte los asaeteába· mos, porque estábamos los unos de los otros un tiro de

herradura, y los españoles tomaban de cada día mucho más ánimo y determinaban de pasar, y también porque vían que mi determinación era aquella, y que cayendo o levantando no se había de hacer otra cosa. Parecerá a vuestra majestad que pues tanto peligro recibíamos en el ganar de estas puentes y albarradas, que éramos negligentes, ya que las ganábamos, no las sostener, por

no tornar cada día de nuevo a nos ver en tanto peligro · y trabajo, que sin duda era grande; y cierto asi pare

cerá a los ausentes; pero sabrá vuestra majestad que en ninguna manera se podía facer, porque para ponerse así en efecto se requerían dos cosas: o que el real pasáramos allí a la plaza y circuito de las torres de los ídolos, o que gente guardara las puentes de noche; y de lo uno y de lo otro se recibiera gran peligro y no había posibilidad para ello; porque teniendo el real en la ciudad, cada noche y cada hora, como ellos eran muchos y nosotros pocos, nos dieran mil rebatos y pelearan con nosotros, y fuera el trabajo incomportable y podían darnos por muchas partes. Pues guardar las puentes gente de noche, quedaban los españoles tan cansados de pelear el día, que no se podía sufrir poner gente en guarda dellos, y a esta causa nos era forzado ganarlas de nuevo cada día que entrábamos en la ciudad. Aquel día, como se tardó mucho en ganar aquellas puentes y en las tornar a cegar y no hubo lugar de hacer más, salvo que por otra calle principal que va a dar la ciudad de Tacuba se ganaron otras dos puentes · y se cegaron, y se quemaron muchas y buenas casas de · aquella calle, y con esto se llegó la tarde y hora de retraernos, donde recibíamos siempre poco menos peligro que en el ganar de las puentes; porque en viéndonos retraer, era tan cierto cobrar los de la ciudad tanto - esfuerzo, que no parecía sino que habían habido toda la

victoria del mundo y que nosotros ibamos huyendo; e para este retraer era necesario estar las puentes bien cegadas, y lo cegado al igual suelo de las calles, de manera que los de caballo pudiesen libremente correr a una parte y a otra; y así, en el retraer, como ellos venían tan golosos tras nosotros, algunas veces fingiamos ir huyendo, y revolvíamos los de caballo sobre ellos, y siempre tomábamos doce o trece de aquellos más esforzados; y con esto y con algunas celadas que siempre les echábamos, continuo llevaban lo peor, y cierto verlo era cosa de admiración; porque por más notorio que les era el mal y daño que al retraer de nosotros recibían, no dejaban de nos seguir hasta nos ver salidos de la ciudad. E con esto nos volvimos a nuestro real, y los capitanes de los otros reales me hicieron saber cómo aquel día les había sucedido muy bien y habían muerto mucha gente por la mar y por la tierra; y el capitán Pedro de Albarado, que estaba en Tacuba, me escribió que había ganado dos o tres puentes; porque, como era en la calzada que sale del mercado de Temixtitán a Tacuba, y los tres bergantines que yo le había dado podían llegar por la una parte a zabordar en la misma calzada, no había tenido tanto peligro como los días pasados; y por aquella parte de Pedro de Albarado había * más puentes y más quebradas en la calzada, aunque

había menos azoteas que por las otras partes. - En todo este tiempo los naturales de Iztapalapa, y

Oichilobuzco, y Mejicacingo, y Culuacán, y Mizquique, · y Cuitaguaca, que, como he hecho relación, están en

la laguna dulce, nunca habían querido venir de paz, ni · tampoco en todo este tiempo habíamos recibido nin: gún daño dellos; y como los de Calco eran muy leales · vasallos de vuestra majestad y veían que nosotros te· níamos bien que hacer con los de la gran ciudad, jun- táronse con otras poblaciones que están alrededor de

las lagunas y hacían todo el daño que podían a aque

llos del agua; y ellos, viendo de cómo cada día había* mos victoria contra los de Temixtitán, y por el daño

que recibían y podían recibir de nuestros amigos, acordaron de venir, y llegaron a nuestro real, y rogaronme que les perdonase lo pasado y que mandase a los de Calco y a los otros sus vecinos que no les hiciesen más daño. Y yo les dije que me placía y que no tenía enojo dellos, salvo de los de la ciudad; y que para

que creyesen que su amistad era verdadera, que les : rogaba que, porque mi determinación era de no levan

tar el real hasta tomar por paz o por guerra a los de la : ciudad, y ellos tenían muchas canoas para me ayudar, · que hiciesen apercibir todas las que pudiesen con toda

la más gente de guerra que en sus poblaciones había, · para que por el agua viniesen en nuestra ayuda de allí : adelante. Y también les rogaba que, porque los españo

les tenían pocas y ruines chozas y era tiempo de mu- chas aguas, que hiciesen en el real todas las más casas

que pudiesen, y que trujesen canoas para traer adobes : y madera de las casas de la ciudad que estaban más cercanas al real. Y ellos dijeron que las canoas y gente de guerra estaban apercebidos para cada día; y en el hacer de las casas sirvieron tan bien, que de una parte y de la otra de las dos torres de la calzada donde yo estaba aposentado hicieron tantas, que dende la

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