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Dada orden para en lo de Cristóbal de Olid, como escribí a vuestra majestad, porque me paresció que ya había mucho tiempo que mi persona estaba ociosa y no hacía cosa nuevamente de que vuestra majestad se sirviese, a causa de la lesión de mi brazo, aunque no más libre della, me paresció que debía de entender en algo, y salí desta gran ciudad de Tenuxtitán a 12 días del mes de otubre del año 1524 años, con alguna gente de caballo y de pie, que no fueron más de los de mi casa y algunos deudos y amigos míos, y con ellos Gonzalo de Salazar y Peralmírez, chirinos fator y veedor de vuestra majestad, y llevé asimismo conmigo todas las personas principales de los naturales de la tierra, y dejé cargo de la justicia y gobernación al tesorero y contador de vuestra alteza y al licenciado Alonso de Zuazo, y dejé en esta ciudad todo recaudo de artillería y munición y gente que era necesaria, y las atarazanas asimismo bastecidas de artillería, y los bergantines en ellas muy a punto, un alcaide y toda buena manera para la defensa desta ciudad, y aun para ofender a quien quisiesen, y con este propósito y determinacion sali desta ciudad de Tenuxtitán, y llegado a la villa del Espíritu Santo, que es en la provincia de Cazacoalco, ciento y diez leguas desta ciudad, en tanto que yo daba orden en las cosas de aquella villa, envié a las provincias de Tabasco y Xicalango a hacer saber a los señores dellas mi ida a aquellas partes, y mandándoles que viniesen a hablarme o enviasen personas a quien yo dijese lo que habían de hacer, que a ellos se lo supiesen bien decir, y así lo hicieron, que los mensajeros que yo envié fueron dellos bien recebidos, y con ellos me enviaron siete o ocho personas honradas con el crédito que ellos tienen por costumbre de enviar, y hablando con éstos en muchas cosas de que yo quería informarme de la tierra me dijeron que en la costa de la mar, de la otra parte de la tierra que llaman Yucatán, hacia la bahía que llaman de la Asunción, estaban ciertos es

HERNÁN CORTES: CARTAS.-T. II.

pañoles, y que les hacían mucho daño; porque, demás de quemarles muchos pueblos y matarles alguna gente, por donde muchos se habían despoblado y huido la gente dellos a los montes, recebían este mayor daño los mercaderes y tratantes, porque a su causa se había perdido toda la contratación de aquella costa, que era mucha, y como testigos de vista me dieron razón de casi todos los pueblos de la costa hasta llegar donde está Pedrarias de Avila, gobernador de vuestra majestad, y me hicieron una figura en un paño de toda ella, por la cual me paresció que yo podia andar mucha parte della, en especial hasta allí donde me señalaron que estaban los españoles; y por hallar tan buena nueva del camino para seguir mi propósito y para atraer los naturales de la tierra al conocimiento de nuestra fe y servicio de vuestra majestad, que forzado en tan largo camino había de pasar muchas y diversas provincias, y de gente de muchas maneras, y por saber si aquellos españoles eran de algunos de los capitanes que yo había enviado, Diego o Cristóbal de Olid, o Pedro de Albarado, o Francisco de las Casas (1), para dar orden en lo que debiesen hacer, me paresció que convenía al servicio de vuestra majestad que yo llegase allá, y aun porque forzado se habían de ver y descubrir muchas tierras y provincias no sabidas y se podrían apaciguar muchas dellas, como después se hizo, y conce

(1) El estado de los asuntos era el siguiente: Pedrarias de Avila había enviado distintas expediciones exploratorias al mar del Sur, en una de las cuales trajo ya Pascual de Andagoya vagas ideas de la existencia de un país que llamaban Birú o Pirú. Gil González Dávila había construído algunos buques y salido de Panamá (enero de 1522) hasta entrar por tierra ca los dominios del cacique Nicarao-de que tomó nombre la actual Nicaragua-, explorando sus grandes lagos Nicaragua y Managua.

En 1524 envió Cortés a Cristóbal de Olid, el cual, apenas desembarcado en Honduras, fundó el pueblo de Triunfo de la Cruz, y supo prescindir de Cortés. Enterado Hernán Cortés de la traición envió para reducirle un pequeño ejército al mando de Francisco de las Casas, el cual naufragó en las costas de Honduras y se vió obligado a pedir clemencia al rebelde.

Gil González Dávila, que por su parte pretendió disputar Honduras a Olid, fué por éste derrotado y hecho prisionero. Las Casas y González Dávila se entendieron, y por congraciarse con Cortés asesinaron a Olid. Las Casas fué el fundador de la ciudad de Trujillo.

bido en mi pecho el fruto que de mi ida se seguiría, pospuestos todos trabajos y costas que se me ofrecieron y representaron, y los que más se me podían ofrescer, me determiné de seguir aquel camino, como antes que saliese desta ciudad lo tenía determinado (1).

Antes que llegase a la dicha villa del Espíritu Santo, en dos o tres partes del camino había rescebido cartas de la otra ciudad, así de los que yo dejé mis lugartenientes como de otras personas, y también las rescibieron los oficiales de vuestra majestad que en mi compañía estaban, cómo entre el tesorero y contador no había aquella conformidad que era necesaria para lo que tocaba a sus oficios y al cargo que yo en nombre de vuestra majestad les dejé, y había sobre ello proveido lo que me parescia que convenía, que era escrebirles muy recias reprensiones de su yerro, y aun apercibiéndolos que si no se conformaban y tenían de allí adelante otra manera que hasta entonces que lo proveería como no les pluguiese, y aun que haría dello relación a vuestra majestad; y estando en esta villa del Espíritu Santo, con la determinación ya dicha, me llegaron otras cartas dellos y de otras personas, en que me hacían saber cómo sus pasiones todavía duraban y aun crecían, y que en cierta consulta habían puesto mano a las espadas el uno contra el otro, en que fué tan grande el escándalo y alboroto desto que no sólo se causó entre los españoles, que se armaron de la una parte y de la otra, mas aun los naturales de la ciudad habían estado para tomar armas, diciendo que aquel alboroto era para ir contra ellos, y viendo que ya mis reprehensiones y amenazas no bastaban, porque por no dejar yo mi camino no podía ir en persona a lo remediar, paresciome que era buen remedio enviar al factor y veedor, que estaban conmigo, con igual poder que el que ellos te

(1) Enterado Hernán Cortés del naufragio de Las Casas, y deseoso de no dejar la traición de Olid sin el debido castigo, emprendió por tierra su expedición a Honduras, que no fué del todo afortunada.

nían, para que supiesen quién era el culpado, y lo apa• ciguasen, y aun les di otro poder secreto para que, si no bastase con ellos buena razón, les suspendiesen el cargo que yo les había dejado de la gobernación y lo tomasen ellos en si, juntamente con el licenciado Alonso de Zuazo, y que castigasen a los culpados; y con haber proveido esto se partieron el dicho factor y veedor, y tuve por muy cierto que su ida de los dichos fator y veedor haría mucho fruto y sería total remedio

para apaciguar aquellas pasiones, y con este crédito ya · fui barto descansado.

Partido este despacho para esta ciudad, hice alarde de la gente que me quedaba para seguir mi camino, y hallé noventa y tres de caballo, que entre todos había ciento y cincuenta caballos y treinta y tantos peones, y tomé un carabelón que a la sazón estaba surto en el puerto de la dicha villa, que me habían enviado desde la villa de Medellín con bastimentos, y torné a meter en él los que había traído y unos cuatro tiros de artillería que yo traía, y ballestas y escopetas y otra munición, y mandéle que se fuese al río de Tabasco y que allí esperase lo que yo le enviase a mandar, y escrebi a la villa de Medellín, a un criado mío que en ella reside, que luego me enviase otros dos carabelones que allí estaban y una barca grande y los cargase de bastimentos; y escrebí a Rodrigo de Paz, a quien yo dejé mi casa y hacienda en esta ciudad, que luego trabajase de enviar cinco o seis mil pesos de oro para comprar aquellos bastimentos que me habían de enviar, y aun escrebi al tesorero rogándole que él me los prestase, porque yo no había dejado dineros, y así se hizo, que luego vinieron los carabelones cargados, como yo lo mandé, hasta el dicho río de Tabasco. Aunque me aprovecharon poco, porque mi camino fué metido la tierra adentro, y para llegar a la mar por los bastimentos y cosas que traía era inuy dificultoso, porque había en medio muy grandes ciénagas.

Piel diese no hub

Proveido esto que por la mar había de llevar, yo comencé mi camino por la costa della hasta una provincia que se dice Çupilcon, que está de aquella villa del Espiritu Santo hasta treinta y cinco leguas, y hasta llegar a esta provincia, demás de muchas ciénagas y ríos pequeños, que en todos hubo puentes, se pasaron tres muy grandes, que fué el uno en un pueblo que se dice Tumalán, que está nueve leguas de la villa del Espíritu Santo, y el otro es Agualulco, que está otras nueve adelante, y éstos se pasaron en canoas, y los caballos a nado, llevándolos del diestro en las canoas, y el postrero, por ser muy ancho, que no bastaban fuerzas de los caballos para los pasar a nado, hubo necesidad de buscar remedio; media legua arriba de la mar se hizo una puente de madera, por donde pasaron los caballos y gente, que tenia novecientos y treinta y cuatro pasos. Fué una cosa bien maravillosa de ver. Esta provincia de Çupilcon es abundosa desta fruta que llaman cacao y de otros mantenimientos de la tierra y mucha pesquería; hay en ella diez o doce pueblos buenos, digo cabeceras, sin las aldeas; es tierra muy baja y de muchas ciénagas; tanto, que en tiempo de invierno no se puede andar, ni se sirven sino en canoas, y con pasarla yo en tiempo de seca, desde la entrada hasta la salida della, que puede haber veinte leguas, se hicieron más de cincuenta puentes, que sin se hacer fuera imposible pasar la gente, que estaba algo pacifica, aunque temerosa por la poca conversación que habían tenido con españoles. Quedaron con mi venida más seguros, y sirvieron de buena voluntad así a mí y a los que conmigo iban como a los españoles a quien quedaron depositados. Desta provincia de Çupilcon, según la figura que los de Tabasco y Xicalango me dieron, habia de ir a otra que se llama Zagoatán; y como ellos no se sirven sino por agua, no sabían el camino que yo debía de llevar por tierra, aunque me señalaban en el derecho que estaba la dicha provincia; y ansi fué forzado dende allí enviar por aquel

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