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DE

AUTORES ESPAÑOLES,

DESDE LA FORMACION DEL LENGUAJE HASTA NUESTROS DIAS.

OBRAS ESCOGIDAS DE FILÓSOFOS,

CON UN DISCURSO PRELIMINAR

DEL EXCELENTÍSIMO É ILUSTRISIMO SEÑOR DON ADOLFO DE CASTRO,

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DISCURSO PRELIMINAR.

No trato de escribir la historia de la filosofia en España, sino sólo de consignar algunas observaciones sobre los hombres más notables que la han cultivado: aquella sería una empresa de las que requieren muchos años, largos estudios y una coleccion de libros muy difícil de adquirir, por lo peregrinos que se han hecho en nuestra patria : el propósito de trazar un bosquejo de los principales filósofos españoles cabe en los límites de mi posibilidad, y sobre todo, de mi confianza.

'No se trata por mí sino de ofrecer á los estudiosos algunos materiales para que no falte quien con más tiempo, con más experiencia y más doctrina se aventure á escribir una historia de la filosofia en España, para la gloria y demostracion, no ménos verídica que elocuente, de que las ciencias han florecido en nuestra patria, y que podemos ostentar una serie numerosísima de sabios, al par de los grandes poetas, novelistas é historiadores que tan alto renombre han conseguido.

Tal es el designio que me ha guiado al formar este Discurso, que sirve de introduccion a las Obras escogidas de filósofos españoles.

Lucio ANNEO SÉNECA, nacido en la ciudad de Córdoba é hijo de Marco Anneo, el abuelo de Lucano, fué ejemplo admirable del favor y de la inconstancia de la fortuna.

Famoso en Roma por sus estudios y por su elocuencia, tuvo que huir de la envidia del malvado Caligula, porque éste anhelaba obtener entre los más insignes oradores de su siglo el renombre más preferente.

Muerto Cayo César, tornó á Roma; pero la disoluta esposa de Claudio, la meretriz Mesalina, mandó, por causas ignoradas de la historia , desterrar á Séneca á la isla de Córcega. En ella pasó el filósofo ocho años entregado a la contemplacion de las cosas naturales y á escribir en loor de las virtudes, para consuelo en las adversidades y para refrenar la codicia con la modestia de la sabiduría.

Si una mujer perversa sacó de Roma á SÉNECA, apartándolo del bullicio de la corte y lanzándolo á las soledades, otra no ménos inicua y ambiciosa lo volvió a Roma y con nuevos honores al palacio de los Césares. Agripina , que esperaba conseguir el imperio para su hijo Domicio Neron, alcanzó del emperador Claudio la remision del destierro y la pretura para SÉNECA, fiada en que éste, grato á ambos favores, contribuiria con su grande entendimiento á ayudarla en sus atrevidos designios..

No se engañó Agripina , porque la ambicion cuando se arma del poder rinde fácilmente á la virtud, flaca y vacilante por el desprecio del mundo, y la suele llevar a su lado para que le sirva de autoridad y de disculpa á sus maldades á los ojos del mundo, venerador de la sinceridad y pureza de vida sólo en el nombre.

Séneca fué el maestro de Neron : Tácito nos lo hace cómplice, consejero y defensor de sus crimenes.

Ocupó Neron el trono de Augusto, y al poco tiempo de ocuparlo manchó sus manos con la sangre de sus parientes y de algunos de sus amigos. Ciertamente Séneca no se aparto de Neron:

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éste, sin duda, embriagaba á la filosofía de su maestro con los halagos de la grandeza y del poderío. Así, para confusion y para testimonio de la flaqueza del hombre, el autor de los libros de La divina Providencia, de La vida bienaventurada, de La tranquilidad del ánimo, de La constancia del sabio y de La brevedad de la vida, manifestaba que el filósofo no deberia en manera alguna temer riquezas arrebatadas á otros ni teñidas en ajena sangre. Fué gran filósofo y quiso imitar á los que honraron el pórtico de Aténas, encareciendo las ventajas, así del desprecio de la riqueza como de seguir la honesta pobreza. Pero en la hora de poner en práctica las máximas que, para enseñanza de la humanidad, esparció en sus escritos con el auxilio de su vigorosa elocuencia, desaparecian de su entendimiento todas las sentencias filosóficas y todos los ejemplos que le ofrecia la historia de la sabiduría de Grecia. El hombre que se allanaba á ser maestro de Neron cuando Neron afligia á la patria y cuando los vicios y los sobornados matadores pisaban segura y honradamente los umbrales de su palacio, no podia llamarse el SÉNECA autor de aquellos libros que han llegado hasta nosotros con la siempre merecida veneracion de las edades. Litaco y Anacársis Escita, llamados por Creso para recibir hospitalidad y honores en el alcázar del más rico de los más ricos monarcas de la tierra, respondieron : « Agradecemos, oh rey, tu largueza en ofrecernos tesoros: ninguno de ellos tomarémos, pues nos basta la posesion de lo poco que sirve para nuestra vida. Irémos á verte sólo para conocer á quien es tan hospitalario. » Olvidó SÉNECA estos ejemplos de filosofía, y asistió en la córte de Neron, no para regir con sabios consejos el ánimo del jóven emperador, desvanecido con el poder de Roma, sino para enriquecerse con las dignidades, bajo la sombra del trono de un príncipe alevoso. No faltó quien en públicos parajes murmurase de la codicia de SÉNECA, y quien por ello mereciese castigo, acompañado de infamia. Hubo un Publio Svilio, que osó manifestar cuanto habia juntado aquel filósofo en el espacio de cuatro años, con destruccion de Italia y las provincias, lamentando la sequedad de un hombre que de vicio en vicio, infatigable y desdeñosamente caminaba. Pero no pasó mucho tiempo sin que lo acusasen ante el Senado algunos de los que en su servicio contaba Neron para vengarse de sus contrarios, ó para aniquilar á los que odiaba por capricho. SÉNECA, ardiendo en deseos de castigar en Svilio las reprensiones del vulgo por su desordenada vida y por su avaricia, buscó en tales hombres los instrumentos de su venganza primeramente, y en los senadores despues, ministros fáciles á servir á las tiranías y á los consejeros de los tiranos. Y así, el maldiciente Svilio salió de Roma desterrado, con perdimiento de bienes, por el delito de robador del fisco cuando en los tiempos de Claudio tuvo á su cargo la gobernacion de una provincia. En todas las maldades que de Neron nos refiere la historia aparece el filósofo de Córdoba. Cuando Agripina escapó del naufragio que le habia dispuesto el hijo, éste, temeroso de que ella, con el crédito que alcanzaba cerca de las cohortes pretorianas, le arrebatase el imperio y la vida, llamó á sus dos consejeros Burrho y SÉNECA, y entre todos acordaron que un liberto diese muerte á Agripina por medio del hierro. No satisfecho de esto el César parricida, escribió una carta al Senado participándole que su madre, despues de enviar contra él á un asesino, viendo frustrado su perverso intento, habia puesto fin á su existencia en un arrebato de desesperacion y de terror. Todos culparon á SÉNECA en la maldad, y vieron en aquella carta, escrita por el filósofo á nombre del Emperador y con mal artificiosas razones, una confesion del delito. Así vivia el sabio, olvidado de la moralidad, á que tanto exhorta en sus libros; así con sus con— sejos alentaba para nuevos crímenes á Neron; así con los rasgos de su ingenio pretendia encubrir las sangrientas ejecuciones de un tirano á los ojos del Senado y del pueblo. Aunque SÉNECA permaneció muchos años en la cumbre de toda prosperidad, la inconstancia de Neron comenzó á mirar con desvío al cómplice de sus delitos. Las voces de la envidia y de los que se indignaban al ver el fausto y la vana ostentacion que iba siempre con el que anhelaba resucitar la secta estoica en la Roma acostumbrada á los vicios de sus emperadores y patricios, llegaron á sus oidos. El ódio con que los malos miran á los consejeros y ocultadores de sus detestables acciones se encendió en el corazon del hijo de Agripina. La hermosura de los jardines, la magnificencia de los palacios y la pompa de SÉNECA, superior á un hombre particular, fueron los pretextos que halló Neron para en lo público no manifestarse tan amoroso con su maestro, puesto

que el filósofo cordobés parecia como que en riquezas y lujo intentaba aventajarse al Principe, con riquezas adquiridas por el precio en que vendia sus favores.

SÉSECA, que sobradamente conocia la mudable y maligna condicion de su discípulo, no bien entendió el poder que en el ánimo del Emperador habia conseguido la envidia, se presentó á él y le dijo semejantes razones : « Yo he recibido de mi dueño cuanto mi dueño ha deseado concederme. Cansado estoy con el peso de los cargos públicos y con mis años. Dame licencia de retirarme de Roma y vivir modestamente en la soledad de una de mis quintas. Pues sólo quiero el sosiego del ánimo, todas las riquezas que me entregaste vuelvan á tu poder, haz que tus procuradores las administren, y con todo ello adquirirás la gloria de que por tí hago desprecio de la fortuna..

Neron, como avezado á reprimir sus odios y á simularlos con expresivos halagos, abrazo y besó repetidas veces á SÉNECA, encareciéndole cuán necesario era para su gloria de emperador, que conservase las riquezas, pues de otro modo dirian los mal contentos que la avaricia del principe, y no la modestia del filósofo, habia compelido á éste á apartarse de su posesion.

Desde este coloquio refrenó SÉNECA sus ostentaciones y vanidades, y se mantuvo sin salir á las calles y plazas por espacio de muchos dias, para dar a entender que olvidaba los negocios públicos por el estudio.

Comenzó á conformar su vida con sus escritos y á regirse por la luz de la filosofía. La adversidad, que caminaba hacia él con presurosísimos pasos, le recordó que era llegada la hora de manifestarse grande hombre en medio de la corrupcion del siglo.

Ya Séneca habia dicho que el vivir siempre en felicidad es no conocer una parte de la naturaleza, y que de dónde consta la virtud de un varon fuerte, cuando no le ha dado la fortuna ocasion de ejercitarla?

SÉNECA en los dias de la prosperidad llamó á Caton única imágen de las virtudes; pero así como tuvo la suficiente grandeza de alma, segun el criterio pagano, para admirar á aquel hombre, que consideraba digno del respeto de todas las edades, apartó los ojos de su modelo mientras se halló en la cumbre de la dichosa fortuna. Mal podia con el ánimo poseido de la virtud y entereza de Caton, mirar serenamente los males de la patria y servir de consejero á Neron en todos los pasos de su sangrienta vida.

Parece como que SÉNECA juntó preceptos para seguirlos fielmente cuando la fortuna lo entregase al furor de la demencia de su discípulo.

Lo mismo en el libro de La divina Providencia que en el de La tranquilidad de ánimo ó en el de La constancia del sabio, trajo siempre muy en la memoria á Caton, como el ejemplo más admirable de virtud. «Solo Caton, decia, estuvo firme contra los vicios de la república, que iba degenerando y cayéndose con el peso de su misma grandeza. Murieron juntos él y la república, pues ni Caton vivió en muriendo la libertad, ni hubo libertad en muriendo Caton.

La ruina de SÉNECA no se cumplió hasta que á manos de su discípulo no llegó un pretexto con que colorirla á los ojos del mundo con menos infamia del que la ordenase. Sucedió que descubierta la trama que contra la vida de Neron habia urdido Pison, uno de los conjurados dijo que de orden de éste fué en cierta ocasion á visitar á Séneca para significarle que se dejase ver de aquel caballero, y que el filósofo habia respondido que si bien tales pláticas á ninguno de los dos convenian, su salud ó salvacion dependia de la de Pison.

Eslaba Séneca en una casería á cuatro millas de Roma con su esposa Pompeya Paulina y con dos amigos, cuando un tribuno cercó con soldados la morada del maestro de Neron, y entró á interrogarle con el fin de que diese respuesta clara y satisfactoria á todos los cargos que contra el resultaban del proceso. No mostró alteracion alguna Séneca, ántes bien manifestó que Pison le habia enviado á decir que estaba muy quejoso por no permitirle sus visitas, á lo cual habia respondido que no lo consentian sus achaques, ni menos el deseo que tenía de reposo.

Volvió a palacio el mensajero de Neron, y Neron le preguntó si habia visto en el semblante de SÉNECA señal alguna de temor la muerte, y como el tribuno le dijese que no habia descubierto en el señas ó indicios de temor y de tristeza, le ordenó que tornase á la casería del filósofo para notificarle la mortal sentencia.

Volvió el tribuno á la morada de SENECA , -y no atreviéndose á verlo, envió á uno de los centuriones para que le trasmitiese el precepto de Neron y para que fuese inmediatamente ejecutado.

Ninguna alteracion mostró SÉNECA al saberlo. Pidio tiempo para dictar su testamento, y como

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