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LOS SIETE LIBROS DE SÉNECA:

DE LA DIVINA PROVIDENCIA, DE LA VIDA BIENAVENTURADA, DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO, DE LA CONSTANCIA DEL SABIO,

DE LA BREVEDAD DE LA VIDA, DE LA CONSOLACION Y DE LA POBREZA;

TRADUCIDOS AL CASTELLANO

POR EL LICENCIADO PEDRO FERNANDEZ NAVARRETE, canónigo de Santiago, consultor del Santo Oficio, capellan y secretario de sus majestades y de cámara del señor Cardenal-Infante,

PROLOGO DEL TRADUCTOR.

Preséntote, amado lector, traducidos en lengua castellana , los siete mejores libros que escribió Séneca. Y porque algunas personas han condenado en mí esta ocupacion por poco substancial, pues puede acudir á ella cualquiera buen latino, sin tener el adorno de otras letras mayores, quiero satisfacer con decirles que muchos insignes y eminentes varones, de que tienes entera noticia, no se desdeñaron de traer a su patria, por medio de la traduccion, los tesoros de otras naciones, á

que se junta lo que dijo el doctísimo Alciato, en la prefacion de sus Emblemas, que las habia com. puesto en las horas festivas, que otros pierden en perniciosos juegos y vanos paseos. Resta discul

parme del estilo poco culto y de los descuidos que hallares en la traduccion, no habiendo atendido tanto a la colocacion de las palabras, cuanto á dar á las sentencias la fuerza que tienen en su primero idioma. Para esto me valgo de la disculpa que dió Aurelio Casiodoro, de no haber puesto el último pulimento á sus obras, que fué el hallarse cargado de las ocupaciones que tuvo en las secretarías de cinco reyes godos: Verùm hoc mihi objicere poterit otiosus, si verbum improvida ceteritate projeci; si sensum de medio sumptum non ornaverim venustate sermonum; si præcepto veterum non reddiderim propria personarum. Occupatus autem , qui rapitur diversitate causarum , cui jugiter incumbit, responsum reddere , et alteri expedienda dictare, non me adjicere poterit , qui se

in talibus periclitatum esse cognoscit. Si Casiodoro se disculpa con haber servido á cinco reyes, yo, • que con menor caudal he asistido en el mismo ministerio á siete personas reales, podré valerme de la misma disculpa. Tambien te suplico adviertas que en esta traduccion he seguido unas veces el texto de los códices antiguos, y otras el corregido por Lipsio y otros autores, y tal vez me he lomado licencia á enmendar con autoridad propia (aunque con evidentes conjeturas) algunos lugares en que, sin faltar al rigor de la traduccion, se ha realzado el sentido. Y pues mientras la salud me dió lugar te servi con otros estudios de mi propio caudal, recibe ahora éstos, cuya lectora podrá sacar a tu ánimo del peligroso golfo del mundo, colocándole en la tranquilidad de apacible puerto (1),

(1) Este es el prólogo de la version de Fernandez Navarrete, la cual se imprimió por vez primera en Madrid el año de 1027, dedicada al excelentisimo señor don Gaspar de Guzman, conde de Olivares, duque de Sanlúcar,

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Pregúntasme, Lúcilo, cómo se compadece que gobernándose el mundo con divina Providencia, sucedan muchos males á los hombres buenos. Daréte razon de esto con más comodidad en el contexto del libro, cuando probáre que á todas las cosas preside la Providencia divina y que nos asiste Dios. Pero porque has mostrado gusto de que se separe del todo esta parte, y que quedando entero el negocio, se decida este artículo, lo haré, por no ser cosa difícil al que hace la causa de los dioses. Será cosa superflua querer hacer ahora demostracion de que esta grande obra del mundo no puede estar sin alguna guarda, y que el curso ó discurso cierto de las estrellas no es de movimiento casual; porque lo que mueve el caso á cada paso se turba y con facilidad choca; y al contrario, esta nunca ofendida velocidad camina obligada por imperio de eterna ley, y la que trae tanta variedad de cosas en la mar y en la tierra, y tantas clarísimas lumbreras que con determinada disposicion alumbran, no pueden moverse por órden de materia errante, porque las cosas que casualmente se unen, no están dispuestas con tam grande arte como lo está el gravísimo peso de la tierra, que siendo inmóvil, mira la fuga del cielo, que en su redondez se apresura, y los mares, que, metidos en hondos valles, ablandan las tierras, sin que la entrada de los rios les cause aumento; y ve que de pequeñas semillas nacen grandes plantas, y que ni áun aquellas cosas que parecen confusas é inciertas, como son las lluvias, las nubes, los golpes de encontrados rayos y los incendios de las rompidas cumbres de los montes, los temblores de la movida tierra, con lo demas que la tumultuosa parte de las cosas gira en contorno de ella, aunque son repentinas, no se mueven sin razon; pues áun aquellas tienen sus causas no ménos que en las que en remotas tierras miramos como milagros, cuales son las aguas calientes en medio de los rios, los nuevos espacios de islas que en alto mar se descubren (2); y el que hiciere observacion que retirándose en él las aguas, dejan desnudas las riberas, y que dentro de p0co tiem

(1) Rodriguez de Castro, en el tomo II de su Biblioteca española, dice: «El libro De Providentia le compuso Séneca despues de la muerte de Cayo, para responderá la pregunta de su amigo Lucio, que deseaba saber por qué tenian que sufrir adversidades los que eran buenos.»

(2) Véase la Historia natural de Plinio, libro ll, capítulos LXXXVI, LXXXVII, LXIXVII y LXXXIX.

po vuelven á estar cubiertas, conocerá que con una cierta volubilidad se retiran y encogen dentro de sí, y que las olas vuelven otra vez á salir, buscando con veloz curso su asiento, creciendo á veces con las porciones, y bajando y subiendo en un mismo dia y en una misma hora, mostrándose ya mayores y ya menores, conforme las atrae la luna, á cuyo albedrío crece el 0céano. Todo esto se reserva para su tiempo; porque aunque tú te quejas de la divina Providencia, no dudas de ella. Yo quiero ponerte en amistad con los dioses, que son buenos con los buenos, porque la naturaleza no consiente que los bienes dañen á los buenos. Entre Dios y los varones justos hay una cierta amistad unida, mediante la virtud; y cuando dije amistad, debiera decir una estrecha familiaridad y una cierta semejanza; porque el hombre bueno se diferencia de Dios en el tiempo, siendo discípulo é imitador suyo; porque aquel magnífico Padre, que no es blando exactor de virtudes, cria con más aspereza á los buenos, como lo hacen los severos padres. Por lo cual, cuando vieres que los varones justos y amados de Dios padecen trabajos y fatigas, y que caminan cuesta arriba, y que al contrario, los malos están lozanos y abundantes de deleites, persuádete á que, al modo que nos agrada la modestia de los hijos y nos deleita la licencia de los esclavos nacidos en casa, y á los primeros enfrenamos con melancólico recogimiento, y en los otros alentamos la desenvoltura, así hace lo mismo Dios, no teniendo en deleites al varon bueno, de quien hace experiencias para que se haga duro, porque le prepara para sí.

CAPÍTULO II.

¿Por qué, sucediendo muchas cosas adversas á los varones buenos, decimos que al que lo es no le puede suceder cosa mala? Las cosas contrarias no se mezclan; al modo que tantos rios y tantas lluvias y la fuerza de tantas saludables fuentes no mudan ni áun templan el desabrimiento del mar, así tampoco trastorna el ánimo del varon fuerte la avenida de las adversidades, siempre se queda en su sér, y todo lo que le sucede lo convierte en su mismo color, porque es más poderoso que todas las cosas externas. Yo no digo que no las siente; pero digo que las vence, y que estando plácido y quieto, se levanta contra las cosas que le acometen, juzgando que todas las adversas son exámen y experiencias de su valor. Pues ¿qué varon levantado á las cosas honestas no apetece el justo trabajo, estando pronto á los oficios, áun con riesgo de peligros? ¿Y á qué persona cuidadosa no es penoso el ocio? Vemos que

los luchadores, deseosos de aumentar sus fuerzas, se ponen á ellas con los más fuertes, pidiendo á los con quien se prueban para la verdadera pelea, que usen contra ellos de todo su esfuerzo; consienten ser heridos y vejados, y cuando no hallan otros que solos se les puedan oponer, ellos se oponen á muchos. Marchítase la virtud si no tiene adversario, y conócese cuán grande es, y las fuerzas que tiene, cuando el sufrimiento muestra su valor. Sábete, pues, que los varones buenos han de hacer lo mismo, sin temer lo áspero y difcil, y sin dar quejas de la fortuna. Atribuyan á bien todo lo que les sucediere; conviértanlo en bien, pues no está la monta en lo que se sufre, sino en el denuedo con que se sufre. ¿No consideras cuán diferentemente perdonan los padres que las madres? Ellos quieren que sus hijos se ejerciten en los estudios, sin consentirles ociosidad ni áun en los dias feriados, sacándoles tal vez el sudor, y tal las lágrimas; pero las madres procuran meterlos en su seno y detenerlos á la sombra, sin que jamas lloren, sin que se entristezcan y sin que trabajen. Dios tiene para con los buenos ánimo paternal, y cuando más apretadamente los ama, los fatiga, ya con obras, ya con dolores y ya con pérdidas, para que con esto cobren verdadero esfuerzo. Los que están cebados en la pereza, desmayan, no sólo con el trabajo, sino tambien con el peso, desfalleciendo con su misma carga. La felicidad, que nunca fué ofendida, no sabe sufrir golpes algunos; pero donde se ha tenido contínua pelea con las descomodidades, críanse callos con las injurias, sin rendirse á los infortunios, pues aunque el fuerte caiga, pelea de rodillas. ¿Admiraráste, por ventura, si aquel Dios, grande amador de los buenos, queriéndolos excelentísimos y escogidos, les asigna la fortuna para que se ejerciten con ella? Yo no me admiro cuando los veo tomar vigor, porque los dioses tienen por deleitoso espectáculo el ver los grandes varones luchando con las calamidades. Nosotros solemos tener por entretenimiento el ver algun mancebo de ánimo constante, que espera con el venablo á la fiera que le embiste, y sin temor aguarda al leon que le acomete; y tanto es más gustoso este espectáculo, cuanto es más noble el que le hace (1). Estas fiestas no son de las que atraen los ojos de los dioses, por ser cosas pueriles y entretenimientos de la humana liviandad. Mira otro espectáculo digno de que Dios ponga con atencion en él los ojos; mira una cosa digna de que Dios la vea; esto es, el varon fuerte, que está asido á brazos con la mala fortuna, y más cuando él mismo la desafió. Dígote de verdad que yo no veo cosa que Júpiter tenga más hermosa en la tierra para divertir el ánimo, como mirará Caton, que, despues de rompidos diversas veces los de su parcialidad, está firme, y que levantado entre las públicas ruinas, decia: «Aunque todo el imperio haya venido á las manos de uno, y aunque las ciudades se guarden con ejércitos y los mares con flotas, y aunque los soldados cesarianos tengan cerradas

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las puertas, tiene Caton por donde salir; una mano hará ancho camino á nuestra libertad. Este puñal, que en las guerras civiles se ha conservado puro y sin hacer ofensa, sacará al fin á luz buenas y nobles obras, dando á Caton la libertad que él no pudo dar á su patria. Emprende, oh ánimo, la obra mucho tiempo meditada; librate de los sucesos humanos. Ya Petreyo y Juba se encontraron, y cayeron heridos cada uno por la mano del otro: egregia y fuerte convencion del hado, pero mo decente á mi grandeza, siendo tan feo á Caton pedir á otros la muerte como pedirles la vida.» Tengo por cierto que los dioses miraban con gran gozo cuando aquel gran varon, acérrimo vengador de sí, estaba cuidando de la ajena salud y disponiendo la huida de los otros, y cuando estaba tratando sus estudios hasta la última noche, y cuando arrimó la espada en aquel santo pecho, y cuando esparciendo sus entrañas, sacó con su propia mano aquella purísima alma, in, digna de ser manchada con hierro. Creo que no sin causa fué la herida poco cierta y eficaz, porque no fuera suficiente espectáculo para los dioses ver sola una vez en este trance á Caton. Retúvose, y tornó en sí la virtud para ostentarse en lo más difícil; porque no es necesario tan valeroso ánimo para intentar la muerte, como para volverá emprenderla. ¿Por qué, pues, habian los dioses de mirar con gusto á suahijado, que con ilustre y memorable fin se escapaba? La muerte etermiza aquellos cuyo remate alaban aún los que la temen.

CAPÍTULO III.

Pero porque cuando pasemos más adelante con el discurso, te haré demostracion que no son males los que lo parecen, digo ahora que estas cosas que tú llamas ásperas y adversas y dignas de abominacion, son, en primer lugar, en favor de aquellos á quien suceden, y despues en utilidad de todos en general; que de éstos tienen los dioses mayor cuidado que de los particulares, y tras ellos, de los que quieren les sucedan males; porque á los que los rehusan los tienen por indignos. Añadiré que estas cosas las dispone el hado, y que justamente vienen á los buenos por la misma razon que son buenos. Tras esto, te persuadiré que no tengas compasion del varon bueno, porque aunque podrás llamarle desdichado, nunca él lo puede ser. Dije, lo primero, que estas cosas, de quien tememos y tenemos horror, son favorables á los mismos á quien suceden, y ésta es la más difícil de mis proposiciones. Dirásme: «¿cómo puede ser útil el ser desterrados, el venir á pobreza, el enterrar los hijos y la mujer, el padecer ignominia y el verse debilitados?» Si de esto te admiras, tambien te admirarás de que hay algunos que curan sus enfermedades con hierro y fuego, con hambre y sed. Y si te pusieres á pensar que á muchos para curarlos les raen y descubren los huesos, les abren las venas, y cortan algunos miembros, que no se podian conservar sin daño del cuerpo. Con esto, pues, concederás que he probado que hay incomodidades que resultan en bencficio de quien las recibe, y muchas cosas de las que se alaban y apetecen, se convierten en daño de aquellos que con ellas se alegran, siendo semejantes á las cru

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dezas y embriagueces, y á las demas cosas que con deleite quitan la vida. Entre muchas magníficas sentencias de nuestro Demetrio, hay ésta, que es en mífresca, porque áun resuena en mis oidos. «Para mí, decia, ninguno me parece más infeliz que aquel á quien jamas sucedió cosa adversa;» porque á este tal nunca se le permitió hacer experiencia de sí, habiéndole sucedido todas las cosas conforme á su deseo, y muchas aun ántes de desearlas. Mal concepto hicieron los dioses de éste; tuviéronle por indigno de que alguna vez pudiese vencer á la fortuna, porque ella huye de todos los flojos, diciendo: «¿Para qué he de tener yo á éste por contrario? Al punto rendirá las armas; para con él no es necesaria toda mi potencia, con sola una ligera amenaza huirá; no tiene valor para esperar mi vista; búsquese otro con quien pueda yo venir á las manos, porque me desdeño encontrarme con hombre que está pronto á dejarse vencer.» El gladiator tiene por ignominia el salirá la pelea con el que le es inferior, porque sabe no es gloria vencer al que sin peligro se vence. Lo mismo hace la fortuna, la cual busca los más fuertes y que le sean iguales; á los otros déjalos con fastidio; al más erguido y contumaz acomete, poniendo contra él toda su fuerza. En Mucio experimentó el fuego, en Fabricio la pobreza, en Rutilio el destierro, en Régulo los tormentos, en Sócrates el veneno, y en Caton la muerte. Ninguna otra cosa halla ejemplos grandes, si no es la mala fortuna. ¿Es por ventura infeliz Mucio porque con su diestra oprime el fuego de sus enemigos, castigando en sí las penas del error, y porque con la mano abrasada hace huir al Rey, á quien con ella armada no pudo? ¿Fuera por dicha más afortunado si la calentára en el seno de la amiga?¿Y es por ventura infeliz Fabricio por cavar sus heredades el tiempo que no acudia á la república, y por haber tenido iguales guerras con las riquezas que con Pirro, y porque, sentado á su chimenea aquel viejo triunfador, cenaba las raíces de las yerbas que él mismo habia arrancado escardando sus heredades? ¿Acaso fuera más dichoso si juntára en su vientre los peces de remotas riberas y las peregrinas cazas, y si despertára la detencion del estómago, ganoso de vomitar con las ostras de entrambos mares, superior y inferior? ¿Si con mucha cantidad de manzanas rodear las fieras de la primera forma, cogidas con muerte de muchos monteros? ¿Es por ventura infeliz Rutilio porque los que le condenaron serán en todos los siglos condenados, y porque sufrió con mayor igualdad de ánimo el ser quitado á la patria que el serle alzado el destierro, y porque él solo negó alguna cosa al dictador Sula? Y siendo vuelto á llamar del del destierro, no sólo no vino, sino ántes se apartó más léjos, diciendo: «Vean esas cosas aquellos á quien en Roma tiene presos la felicidad; vean en la plaza y en el lago Servilio gran cantidad de sangre (que éste era el lugar donde en la confiscacion de Sula despojaban). Vean las cabezas de los senadores, y la muchedumbre de homicidas que á cada paso se encuentran vagantes por la ciudad; y vean muchos míllares de ciudadanos romanos despedazados en un mismo lugar, despues de dada la fe, ó por decir mejor, engañados con la misma fe. Vean estas cosas los que no saben sufrir el destier

ro.» ¿Será más dichoso Sula porque cuando baja al tribunal le hacen plaza con las espadas, y porque consiente colgar las cabezas de los varones consulares, contándose el precio de las muertes por el tesoro y escrituras públicas, haciendo esto el mismo que promulgó la ley Cornelia (1)? Vengamos á Régulo, veamos en qué le ofendió la fortuna, habiéndole hecho ejemplar de paciencia. Hieren los clavos su pellejo, y á cualquier parte que reclina el fatigado cuerpo, le pone en la lerida, teniendo condenados los ojos á perpétuo desvelo, Cuanto más tuvo de tormento, tanto más tendrá de gloria. ¿Quieres saber cuán poco se arrepintió de valuar con este precio la virtud? Pues cúrale y vuélvele al Senado, y verás que persevera en el mismo parecer. ¿Teno drás por más dichoso á Mecénas, á quien estando ansioso con los amores, y llorando cada dia los repudios de su insufrible mujer, se le procuraba el sueño con blando són de sinfonías que desde léjos resonaban? Por más que con el vino se adormezca, y por más que con el ruido de las aguas se divierta, engañando con mil deleites el afligido ánimo, se desvelará de la misma ma: nera en blandos colchones como Régulo en los tormentos; porque á éste le sirve de consuelo el ver que sufre los trabajos por la virtud, y desde el suplicio pone los ojos en la causa;á esotro, marchito en sus deleites y fatigado con la demasiada felicidad, le aflige más la cau. sa que los mismos tormentos que padece. No han llegado los vicios á tener tan entera posesion del género humano, que se dude si dándose eleccion de lo que cada uno quisiera ser, no hubiera más que eligieran ser Régulos que Mecénas. Y si hubiere alguno que tengo osadía á confesar que quiere ser Mecénas, y no Régulo, este tal, aunque lo disimule, sin duda quisiera más ser Terencio. ¿Juzgas á Sócrates maltratado porque no de otra manera que como medicamento, para conseguir la inmortalidad, escondió aquella bebida mezclada en público, disputando de la muerte hasta la misma muerte, y porque, apoderándose poco á poco el frio, se encogió el vigor de las venas? ¿Cuánta mayor razon hay para tener envidia de éste que de aquellos á quien se da la bebida en preciosos vasos, y á quien el mancebo desbarbado, de cortada ó ambigua virilidad, acostumbrado á sufrir, le deshace la nieve colgada del oro? Todo lo que éstos beben, lo vuelven con tristeza en vómitos, tornando á gustar su misma cólera; pero aquel alegre y gustoso beberá el veneno. En lo que toca á Caton está ya dicho mucho, y el comun sentir de los hombres confesará que tuvo felicidad, habiéndole elegido la naturaleza para quebrantar en éllas cosas que suelentemerse. Las enemistades de los poderosos son pesadas; opóngase pues á un mismo tiempo á Pompeyo, César y Craso.. El ser los malos preferidos en los honores es cosa dura; pues antepóngasele Vatinio. Áspera cosa es intervenir en guerras civiles; milite pues por causa tan justa en todo el orbe, tan feliz como pertinazmente. Grave cosa es poner en sí mismo las manos, póngalas. ¿Y qué ha de conseguir con esto? Que conozcan todos que no son males éstos, pues yo juzgo digno de ellos á Caton.

(1) Lex Cornelis de sucariis,

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