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VII.- DE SAN JERÓNIMO.

(Libro de los claros varones.) Anneo Lucio Séneca, de Córdoba... fué hombre de gran continencia en el vivir, al cual yo no pusiera en el catálogo de los santos, si á ello no me movieran aquellas epístolas, que de muchos son leidas, de Paulo á Séneca, y de Séneca á Paulo (1).

VIII.- DE TERTULIANO.

(Apologia contra los gentiles, capítulo xu.) Somos en fuego vivo abrasados, y tambien nuestros dioses padecen en los hornos llamas desde la masa primera. Somos tambien condenados a las minas, y nuestros dioses de los metales tienen sus principios. Somos desterrados á las islas, y nuestros dioses en las islas nacen, en las islas mueren, Luego si por estos malos tratamientos se alcanza la deidad, serán consagraciones las injurias, y los tormentos divinidades. Más llanamente: que vuestros dioses no sienten las injurias de su afrentosa consagracion, así no estiman el servicio de vuestro vanísimo culto. Ya oigo que decis: «Oh voces impías! oh sacrilegas afrentas! Pero batid los dientes, arrojad espumas de coraje; que los mismos sois que aquellos que oyeron orar á Séneca, condenando esta supersticion; y si no le reprendieron entonces vuestros mayores, no hay para que mirarme á mí con ira..

s malos tratalas llanamente: queio de vuest

IX. – DE FRANCISCO PETRARCA.

(Epistola contra Galo.) Y con Tulio á Séneca pongo, del cual, Plutarco, gran varon y griego, juzgaba que no hubo en Grecia con quién pudiera compararlo en los asuntos de filosofia moral.

X. - DE DON ALONSO DE CARTAGENA, OBISPO DE BÚRGOS. (En su traslacion del libro de la Providencia de Dios, por orden del rey don Juan II de Castilla y Leon.) Cuán dulce es la ciencia, oh muy católico principe! Aun aquel lo siente que nunca aprendió. Que deleita el ver, deleita el oir, deleita á las veces los otros sentidos. Mas la otra delectacion de la ciencia, á todos sobrepuja los otros placeres... Muchas cosas hacemos contra nuestra voluntad; mas nunca nos delectamos por fuerza, y prueba cierta de bueno, es deleitarse en lo bueno; la cual reluce muy bien en vuestra virtuosa persona; que si no se delectase en las nobles doctrinas de ciencia, especialmente con aquellas que guian y fuerzan las buenas costumbres, entre tantos trabajos, y tantas y tales ocupaciones de guerra, notorias á toda Europa, y áun á gran parte de Africa, no se ocuparia en leer doctrinas de los antiguos. Mas el vuestro escogido ingenio y loable voluntad, vos hacen que cuanto espacio vos dan los grandes hechos que entre las manos traeis, recorrais á lectura de libros, como á un placentero y fructuoso vergel. Y aunque muchos leis, pláceos escoger á las veces Séneca, y no sin razon; porque, como quier que muchos son los que bien hubieron hablado, pero tan cordiales amonestamientos, ni palabras que tanto hieran en el corazon, ni así traigan en menosprecio las cosas mundanas, no las vi en otro de los oradores gentiles. Y aunque á Cícero todos los latinos reconozcan el principado de la elocuencia; pero más, segun el mundo, habló en muchos lugares, y no guarneció sus libros de tan expresas doctrinas, mas siguio su larga manera de escribir y solemne, como aquel que con razon llevó el principado. Mas Seneca, tan menudas y juntas puso las reglas de la virtud, con estilo elocuente, como si bordára una ropa de argenteria, bien obrada de ciencia, en el muy lindo paño de la elocuencia. Por ende, no lo debem mos llamar del todo orador, porque mucho es mezclado con la moral filosofia.

(4) Hoy están consideradas como apócrifas.

(En el prólogo y la introduccion del libro de Séneca, de la Vida bienaventurada.)

É aunque en muchos de sus libros Séneca loe la virtud y nos atraiga á menospreciar la fortuna, pero principalmente lo hace en este libro, que llama de la Vida bienaventurada, donde quiere tratar cuál es nuestro bien soberano. Por ende, entre otros tratados que en nuestra lengua castellana mandasteis trasladar con muy grande razon, éste es uno. Debémosle ver, oir y leer continuamente, para el fin y propósito que la introduccion que se sigue dirá... Aristóteles, y algunos otros de grande autoridad, le pusieron nombre felicidad, que decimos bienaventuramza, porque aquella es la que juntamente contiene todos los bienes. Séneca y otros muchos tomaron mezcladamente estos vocablos, que algunas veces le llaman bien soberano, y otras muestra bienaventuranza. No se entiende qué es dón de la fortuna, qué llamamos ventura, porque ésta no sería bastante para dar tan cumplido bien. Mas pusimosle este nombre, porque no puede nuestra lengua declararlo por otra palabra mejor, y porque no entendiésemos que en los bienes de esta vida se puede este bien tan grande hallar. Quiérenos guardar Séneca, y amonestar que no muramos en este error, por muchas y diversas razones, pulidas y hermosas palabras, demostrando que en la virtud le hallarémos, si bien lo buscamos. E la intencion principal de este libro es probar que esta bienaventuranza y soberano bien, que los hombres desean, está puesta en la virtud. E aunque en esto, como se debe entender, quien profundamente lo especulase habia mucho que decir, mas para nos desviar de los perversos deleites, y saber que no está nuestro bien verdadero en prosperidad alguna que la fortuna pueda dar, oigamos qué dice; que sin sospecha alguna y seguros, cuanto á este fin, le podemos oir.

XI. — DE DON FERNANDO COLON.

(Historia, en la cual se halla particular y verdadera relacion de la vida y hechos del almirante don Cristóbal Colon, su padre, capítulo v1. Version de Alfonso de Ulloa, Venecia, 1575.)

Y Séneca, en el primer libro de las Cuestiones naturales, juzgando nada lo que en este mundo puede saberse de lo que en la otra vida se adquiere, dice que en las postreras partes de España, hácia los indianos, en pocos dias de algun viento favorable, un bajel podria pasar. Y así podremos decir que á este propósito dijo en el coro de su tragedia Medea.

Venient annis sarcula seris
Quibus Oceanus vincula rerum.
Laaret et ingens pateat tellus
Thetisque novos detegat orbes
Nec sit terris ultima Thule,

XII. — DE MIGUEL DE MONTAIGNE.

(Ensayos, libro II, capítulo x, Burdeos, 1580.)

En estos autores (Plutarco y Séneca) se hallan opiniones útiles, y verdaderas las más. Su fortuna los hizo nacer casi en el mismo siglo, preceptores ambos de dos emperadores romanos, ambos venidos de pueblos extranjeros, ambos ricos y poderosos. Sus conocimientos son de la más pura filosofía, y expresados de un modo sencillo y oportuno. Plutarco es más uniforme y más constante; Séneca, más divagador y vário: el uno aspira á armar la virtud contra la fragilidad, el temor y los viciosos apetitos; el otro parece no dar tanta importancia á sus propósitos, y no se apresura á ponerse bajo su proteccion. Plutarco sigue las opiniones platónicas, dulces y acomodadas á la sociedad civil; el otro, á los estoicos y epicúreos, más apartados del uso comun, si bien, á mi ver, más comodas en particular y más seguras. Séneca parece doblegarse un poco á la tirania de los emperadores de su siglo, porque tengo por cierto que es forzado su juicio al condenar la causa de los generosos matadores de César. Plutarco es en todo libre. Séneca está lleno de agudezas de ingenio y de sutiles sentencias. Plutarco, de pensamientos sólidos. Aquel os estimula más y os sorprende; éste os contenta y satisface mejor: el uno nos guia; el otro nos aconseja,

(Libro 111, capítulo xı, Paris, 1588.) La manera de escribir de Plutarco es más descuidada y fácil; al propio tiempo, en mi sentir, es más varonil y persuasiva. Yo creo que su espíritu tenía movimientos más seguros y regulares. El uno (Séneca), más agudo, nos estimula y hiere de sorpresa; el otro, más sólido, nos instruye, nos asegura y constantemente consuela. El uno arrebata nuestra razon; el otro la gana.

XIII. - DE TRAJANO BOCCALINI.

(Avisos del Parnaso, aviso Lxxxiv.) Cosa es verdaderamente digna de mucha consideracion, ver los escritos del sapientisimo Anneo Séneca, llenos de preceptos tan santos, de documentos para la vida tan excelentes, que parecen obligan á que juzguemos y estimemos á su autor por hombre de purísimas costumbres y de inculpable vida.

XIV. - DE DON ESTÉBAN DE AGUILAR Y ZÚÑIGA.

(Corona de predicadores, o Predicacion de san Esteban, Madrid, 1636.) «De manera que o se debe proponer el sentimiento de Platon y de Aristóteles, para creerle como de fe sin dar razon de su sentencia, ó si se da, y examinada no convence, debe seguirse el parecer que más conforme esté con la razon. De estas dos cosas, la primera tiene Séneca por indigna de filósofos y propia de farsantes, que refieren de mentira lo que pensó el poeta. Llámalos á éstos, letrados de cartapacio, cuyas letras no pueden adelantarse á lo que la pluma trasladó.» (Epistola xxxm.) Cosa de gran vergüenza es al viejo ya cerca de la muerte, no saber otra cosa sino lo que el aprende de los otros, diciendo así : «Esta palabra dijo Cenon;» y el otro dice: «Esta otra Cleante.» Pues zhasla cuándo scrás debajo de los otros? Di, di alguna cosa de lo tuyo, que otros retengan.

Es largo su discurso : ruego encarecidamente á mis lectores que lo sean un rato de Séneca en esta epístola, que yo fio que no se arrepientan. Acaba así: Ademas de esto, aquellos que de esta manera son, siguen á los otros en algunas cosas, en las cuales aquellos a quienes ellos siguen no siguieron á otros, ántes discordaron en muchas cosas, y áun los siguen en tales que se buscan y no se hallarán. Preguntan la verdad, como Pilatos, y no quieren saberla, porque ¿cómo la han de hallar, si no la buscan? Pues dicesme qué será esto? ¿No iré yo por el rastro de aquellos que fueron antes de nosotros? Digo que sí. Yo quiero que el hombre vaya por el camino antiguo, pero el que lo puede hallar mejor ó más llano, ése, y no otro, debe seguir. Este era buen filósofo y buscaba de véras la verdad. Los que antes de nosotros hablaron, son nuestros guias, no nuestros señores. La verdad es abierta para todos, áun no está toda ocupada, mucho ha quedado de ella para los que están por venir. No presume Séneca, con ser gentil y no instruido en la humildad evangélica, que agotase su ingenio la verdad, ántes confiesa que les quedó mucho por descubrir á los venideros; y piensan algunos que los santos y doctores escolásticos habian de tener esa presuncion. Engaño grande, con que, pensando honrarles, les agravian.

XV. - DEL DOCTOR DON PEDRO PERALTA.

(Historia de España vindicada, Lima, 1750.) Por este tiempo habia llegado Lucio Anneo Séneca á la cumbre del mayor honor y la mayor fortuna que hombre extranjero alguno habia poseido. Fué este grande varon gloria insigue de España. Pasó á Roma con su padre: prueba fué que dió España á esta corte de todo lo que pudiera excederla, si tuviera todo lo que imperaba. Más fué todo lo que mandó la virtud de Séneca å Roma, que todo lo que el poder de Roma mandó á España... Instruyó á Neron en todo cuanto pudiera hacerlo el mejor de los emperadores; y así, fue peor por serlo á vista de la luz de Séneca, que por su atrocidad... Hállase designada su vida en la historia de Dion Casio, donde se describe llena de vicios y delitos, y donde se dice que no procedia como profesaba; que sus riquezas eran efecto de su codicia, y que aun el levantamiento que hizo Bunduica en la Britania, fué por las graves usuras que Séneca cobraba de sus créditos. Pero esta obra no es tan genuina de Dion, que merezca en esta parte asenso alguno, por haberla ordenado Xifilino, que quiso derramar contra aquella luz esas tinieblas; lo cual se comprueba con la grande diferencia con que habla de este filósofo el mismo Dion antecedentemente, donde dice que excedia a todos los romanos de su tiempo, y á otros muchos precedentes, en sabiduria verdadera; juicio que se confirma con el silencio en que un genio tan libre como el de Tácito pasa en Séneca semejante número de vicios, no siendo verosímil que quien no perdonaba emperadores, y eligió escribir historia de los más perversos, por el agrado con que se oye la censura, perdonase á un particular y faltase á su carácter. Y aunque refiere lo que contra él decia Publio Svilio, hombre maldiciente, es ponderando su furor. ¿Cómo es posible imaginar que aquel grande varon, discurriendo tanta virtud, obrase tanta iniquidad, que escribiese él mismo sus acusaciones y que sentenciase su condenacion? Ya se ha visto componible el decir con el no hacer; pero no el atraer y el repeler. Y en fin, decir tanto acierto y obrar tanto error es mucho deseo de mostrar el camino y despeñarse él propio. Si él mismo reprueba una agudeza ociosa y una ciencia inútil, que á ninguno hace más fuerte, más templado ni más justo, cómo habia de hacer en sí mismo, no sólo ociosa é inutil, sino avergonzada, su filosofía? Si él inismo nota que se hubiese hecho en otros la doctrina un arte de cultivar el ingenio, y no el ánimo, y la ciencia de amar la virtud, ciencia de hablar, ¿cómo queria tan cara á cara de sí mismo condenarse? El mismo dice, hablando de sí con su amigo Lucilio (Quæst. natural., Lib. iv, in prologo) que havia expuesto su cuello por la fidelidad á sus amigos; que habia tenido el ánimo invicto á las dádivas, y que en la competencia en que se habia puesto la avaricia , jamas habia entregado la mano al interes. Pues cómo podia decir esto quien fuese tan vicioso y avaro como pondera Xifilino? Poseyó riquezas, es verdad; pero fueron merced, no anhelo. Obtuvo dignidades, es cierto; pero las mereció, no las compró. En fin, ¿cómo habia de haber quedado como plausible ejemplo, si hubiese sido condenable escándalo? Cómo lo habian de celebrar tantos famosos y defenderlo tantos doctos? Lo que solamente le condena san Agustin, es lo que toca á la religion, no á las costumbres; porque en aquella obraba contra lo que escribia; pues habiendo con tan libre invectiva discurrido, hasta pasar a la irrision, no sólo contra la teologia fabulosa de los gentiles, sino contra la civil de los ritos que usaban; no sólo contra los teatros, sino contra los templos, debia no haber asistido á éstos, detestando aún el culto aparente de lo que detestaba en la verdad, pues juzgando el pueblo que creia, dañaba más, serio en la ceremonia, que si actuase fabuloso en la representacion. Pero esto arguye más su virtud en lo moral; pues si hubiera tenido otros vicios, no los hubiera disimulado el santo.

Desacredita modernamente sus obras el padre Mallebranche (De inquirenda veritate, libro II, capitulo iv), como producciones de una grande fuerza de imaginativa, y no de una verdadera luz de entendimiento. Quiere que la hermosura y el orden de sus cláusutas le hagan todo el costo de la sublimidad, no hallando en ella más que una viveza enmascarada de razon, y una superficie revestida de profundidad ; que es falso su sabio é imaginaria su filosofía. Pero sin disputar aquí sobre su estilo, habiendo procurado mi cortedad, por registrar sus proposiciones, entrarse en sus discursos, me ba parecido, o que no hay razon en los humanos, ó no es imaginativa la que condujo á Séneca. Nadie más que él condena a los sentidos, nadie enseña mejor á desterrar las apariencias, ninguno desprecia más las vanidades, ninguno mejor conoce los errores. La independencia de la suerte, la constancia inalterable del ánimo, que atribuye el referido Mallebranche en sus principios á soberbia, á vista de la debilidad que confiesa en sí mismo san Pablo, debe entenderse, no como superioridad de poder sobre su Júpiter, sino como libertad de los acasos y como firmeza en la paciencia. ¿Quién duda que al mismo tiempo que el Apóstol se reconocia el más débil, se mostraba el más constante de los hombres? Por otra parte, el mismo Séneca está lleno de conocimientos de la debilidad humana y de la proximidad de los términos de donde se sale y adonde se llega. La diferencia, en cuanto a esto, de estoicos á cristianos, está en la gracia, esto es, en conocer que por si no suben los mortales adonde no les da la mano el cielo. Falta era de luz, pero no es dejar de tener ojos el estar oscuro. Aquel andar á tiento era aspirar hacia el camino, á que si no podian llegar del todo, se acercaban. Los preceptos de la moral no son para por sí lograr perfectos, sino instroidos. Son hiperboles de virtud, para que queden en honestidad. Si por esta falta de luz cristiana es falso Séneca, serán falsas las leyes que los romanos pronunciaron, y condenables grandes accio

nes que moralmente ejecutaron. La doctrina de no ser capaz de ofensa el sabio no pretende fundarla Séneca en jactancia del ánimo, sino en superioridad de la razon; pues no pudiendo ser ofendido de otro sabio, era preciso que lo fuese del necio, y siendo éste semejante al loco, juzgó no ser capaz de hacer ofensa. El presumir en su escuela posible la tranquilidad en los dolores y la exencion de las pasiones, pudiera ser error, si esta serenidad se juzgase practicable en todo su rigor. No quiso Séneca, ni quisieron sus estoicos, negar que el sabio esté expuesto á su ataque, sino á su victoria; que pueda padecer los primeros insultos, sino que haya de rendirse á ellos. Así lo sintió san Agustin, con el ejemplo que trae Aulo Gelio del filósofo que temió pálido en la zozobra amenazada de su nave. Y cuando se entendiese su doctrina en todo su rigor, no porque errase en el principio por donde debia moverse, y en el fin adonde debia dirigirse (esto es, en lo teológico cristiano), erró en todo lo demas moral; y áun cuando en algo de esto errase, no todo el que yerra se guia por imaginativa; pues, como el mismo Séneca advirtió, la exploracion de la verdad está muy alta, y seriamos muy felices si para subir hasta su cumbre nos llevase ella de la mano, y no fuese muchas veces la misma razon la que nos pierde. No intenta decir Séneca que el sabio, de que pone por ejemplo á su Caton, no puede ser materialmente herido ni ofendido, como dice Mallebranche, sino que no podia serlo en el ánimo, ni eso mismo en cuanto á las primeras turbaciones; y esta virtud es el diamante de que lo reviste; doctrina que no siendo sólo de Séneca, sino de todos los estoicos, á tener la inteligencia que le da este autor, la hubiera condenado el mismo san Agustin, que ántes le aprueba, citando el verso famoso en que Virgilio junta en Enéas la constancia de la mente con la ternura de las lágrimas.

XVI. — DE MONSIEUR GIBERT.

(Juicio de los sabios.)

Tiempo ná que está fuera de toda duda la distincion entre Séneca el retórico y Séneca el filósofo, su hijo. Al padre debemos las Declamaciones, que llevan el nombre de Séneca, como se ha demostrado con razones que se hallan en las obras de Lipsio, y es inútil trasladar aquí. Basta notar de paso que la principal de estas razones se saca de la diferencia de estilo, porque el del padre es más alegre y ameno, y el del hijo más severo y grave,

XVII. — DE DON FRAY BENITO JERÓNIMO FElJOO.

(Teatro crítico universal, tomo Iv.)

De la filosofía moral profana, si se aparta á un lado á Aristóteles, cuanto hay estimable en el mundo está en los escritos del gran estoico cordobes Lucio Anneo Séneca. Plutarco, con ser griego, no dudó de anteponerle al mismo Aristóteles, diciendo que no produjo la Grecia hombre igual á él en materias morales. Lipsio decia que cuando leia á Séneca se imaginaba colocado en una cumbre superior á todas las cosas mortales. Y en otra parte, que le parecia que despues de las sagradas letras, no habia cosa escrita en lengua alguna mejor mi más útil que las obras de Séneca. El Padre Causino afirmaba que no hubo ingenio igual al suyo. Podria llenarse un gran libro de los elogios que dan á este filósofo varios autores insignes.

2. XVIII. — OE D. DIDEROT. (Ensayo sobre la vida de Séneca el filósofo, sobre sus escritos y sobre los reinados de Claudió y de Neron, París, 1779.) No ha podido la antigüedad legarnos un curso de moral tan grande como el suyo. Si bien algunos de sus preceptos repugnan á la naturaleza, y cuya rigorosa práctiga poco puede ayudar á la flaqueza de nuestra condicion, hay un sinnúmero, con los cuales importa estar familiarizados, que

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