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Los prelados de mi orden de Santo-Domingo acordáron enviar á la isla de la Trinidad un religioso maestro en teología, mui virtuoso en compañía de otro fraile lego para que viesen si los islenos estaban en disposicion de recibir bien la predicacion del Santo-Evangelio. El predicador no sabia bien aun el idioma de la isla pero sin embargo se resolvió á pasar allí confiado en que á los principios se ayudaría con los gestos y con las señas para hacerse entender. Fué con efecto y los Indios recibieron á lo$ dos religiosos con la mayor paz y placer. Los agasajaron mucho , les oian bien los sermones; cedieron á su doctrina, dejáron muchísimos la idolatría y abrazáron el cristianismo; pidiéron ser nombrados con nombres acostumbrados entre los cristianos; 'sé lea concedió y todo prosperaba cuando un suceso cruel fué á turbar todo el órden. Un navio en que navegaban Españoles, aportó ála Isla. Los Indios cortejaron á los de la embarcacion porque supusiéron' que éstos se conducirían bien por respeto á sus religiosos. Los Españoles procuráron excitar la curiosidad de los Indios para que fuesen muchos á ver el navio: se verificó así, asistiendo entre otros el señor principal de la tribu, llamado don Alonso, su esposa, y otras varias personas de rango á quienes áé 'h'ábia ofrecido hacer fiesta en el buque. Apenas eí número fué considerable los Españoles salieron del puerto ', pasáron,á la Isla Española y vendieron por esclavos á los islenos. Los otros qué testaban se afligieren s*j bre manera por lo cruel y lo inesperado del suceso , y porque amaban mucho á su señor don Alfonso, y á toda su familia. Irritados algunos en cólera intentáron matar á los religiosos, imputándoles complicidad; por fin se persuadieron de la inocencia y les dejaron vivir bajo la promesa que los frailes hicieron de escribir pidiendo en justicia la restitucion del señor don Alfonso, de la señora, y de los otros isleños. Pronto se presenlo la ocasion de otro navio que llevó la carta; pero no se consiguió el fin : los Indios estaban ya vendidos; los oidores mismos de real Audiencia habian comprado algunos, y no administráron justicia. Los religiosos habian pedido el termino de cuatro meses para la vuelta de los presos : los Indips, viendo que no se verificó ni en los cuatro ni aun en ocho, volvieron á la opinion antigua de la complicidad, matáron á los frailes, y creyeron que ya no debian en adelante hacer distincion entre religiosos y soldados ; abandonáron la religion cristiana teniendola por sanguinaria injusta y cruel; y nos dieron testimonio del grande mal que hacen á ella las iniquidades de los Españoles. Los religiosos fueron martires; pero el rey perdió las ventajas de la posesion de la isla en paz.

En otra ocasion perecieron dos religiosos dominicanos y uno franciscano por concecuencia de diferentes tiranías cruelísimas de los Españoles que promovieron la venganza de los Indios. Yo mismo fui testjigQ: ocular , incitado, en. el peligro que aquellos

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tres, y libertado por un electo especial dela providencia divina. En otra ocasion mas oportuna contaré pormenor el suceso.

Junto al cabo de la Codera estaba un pueblo cuyo señor, llamado Higoroto, era tan bondoso que daba todo genero de socorros y regalos á los Españoles que aportaban por allí. Su bondad llegó á ser tan conocida y ponderada en todas partes que no solamente lo alababan los pocos navegantes buenos que habia, sino aun los piratas y ladrones porque bastaba ser Españoles para que les hiciese favor en tanto grado que aun libró de muerte á varios fugitivos á quienes podia con razon haber quitado la vida sin mas diligencia que la de negar su amparo; no obstante lo cual él prefirió siempre salvarlos, y dirigirlos á la isla de las Perlas donde habia pueblo de cristianos. En fin aquel lugar de Higoroto era distinguido con el renombre de Meson de los Españoles: Por este motivo aun los malos habian respetado á los habitantes quienes por lo mismo llegáron tambien á tratar sin desconfianza, y entrar en las embarcaciones sin recelo. Un malvado abusó de todo esto, dispuso fiesta y diversion en su navio; convidó mucha gente, y admitió á cuantos iban sin ser convidados; cuando el número fué grande alzó velas; marchó á la isla de San-Juan de Puerto-Rico y vendió á todos por esclavos. Yo me hallaba entónces en ésta isla, conocí al tirano, y escuché las jactancias de haber despoblado el lugar. Pareció tan cruel su conducta que aun los otros Españoles murmuraron porque habia privado á los navegantes de los continuos y grandes auxilios que siempre se daban allí para proseguir sus viages.

Omitiendo la narracion de otros muchos casos horribles solo digo que los tiranos han robado en los pueblos de las costas indicadas mas de dos millones de personas, y uniendo este número al de las matadas en su propio pais, han producido una casi total despoblacion. Las robadas fueron vendidas en la Isla Española y en la de San-Juan donde la muerte les esperaba entre las fatigas , el hambre y los malos tratamientos, pues sus dueños tenían poca pena de verlos morir porque compraban otros á pequeño precio. La mortandad en los navios era tambien muy númerosa y estaba regulada en una tercera parte de las personas robadas y la causa es bien conocida. Los armadores ( con cuyo nombre son llamados los Españoles que hacen viages para robar el oro y los hombres ) suelen llevar en su embarcacion pocos víveres por excesiva economía ; y no dan á los Indios esclavizados sino muy poco y malo de comer y á veces nada • por lo cual el hambre , la sed, y el dolor de sus corazones aniquilan á muchos. En fin uno de los hombres de tripulacion de tales buques me dijo que las setenta leguas de mar que se navegan desde las Islas Lacayas hasta la Española pueden ser caminadas sin carta de marcar y sin 3guja con solo seguir el rastro de los cadaveres humanos arrojados al mar por los navegantes españoles.

Hecho el desembarco se verifica otro motivo de compassion para cualquiera que no sea insensible. Todos los Indios desnudos , debiles y medio muerj tos de hambre, sed y dolor son reunidos en tierra como si fueran corderos, contados para ver cuantos se han de adjudicar á cada uno de los interesados en el barco conforme á las reglas y pactos, se hacen otros tantos montones ; se sortea cada monton ; y lo recibe aquel que se llama dueño. Cuando este nota en su monton un viejo ú enfermizo, se queja de que aquel no le ha de valer nada y le ha de costar dinero y esto equivale á sentenciar en su corazon la muerte del esclavo. Cada dueño procura vender los suyos; y resultan separados para siempre marido y muger, padres, hijos, y hermanos. Todo esto hace conocer facilmente cual es la religion de los armadores , cual su moral, cual su caridad; á la que se reduce cuanto hay escrito en la ley y en los profetas.

Todo lo referido no llega en mi concepto á la crueldad que los Españoles exercen con los Indios para la pesca de perlas en las Islas de los Lucayos. Las perlas estan en un pescado llamado Ostra, que se mantiene en el mar á cuatro y cinco brazas de agua, ó tal vez mas abajo. Para pescarlas es menester que se meta el pescador debajo del agua, y se mantenga sin respirar todo el tiempo necesario para

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