Imatges de pàgina
PDF
EPUB

cesaba en sus esfuerzos para infundirles valor y ánimo. Cuando llegaron á una de las bocas de la isla de Términos, hallaron los restos de la barca que habia zozobrado, y parte de su cargamento, pero no pudieron encontrar ninguno de los cadáveres de los náufragos. Los misioneros se quedaron en la isla para aguardar á un religioso que se habia escapado del naufragio y á otros españoles, y despues seguir su viaje por tierra á Tabasco; y el Prelado, con su comitiva, prosiguió su derrota por mar, llegó á Tabasco, y desde allí á la Ciudad Real de Chiapa, capital de su obis

pado.

Durante la marcha terrestre, los Padres que se habian quedado separados del obispo, tuvieron que arrostrar infinitos cansancios, fatigas, incomodidades y privaciones, sufriendo cruelmente de la sed, especialmente al atravesar un pantano ó lodazal de media legua de largura. Llegaron á una aldea de indios, donde fueron bien recibidos y agasajados, siéndoles de gran utilidad para entenderse con los naturales un tal Ximenez que llevaban con ellos, vecino de Campeche, y uno de los primeros conquistadores de aquel país, cuya lengua sabía, por cuyo motivo se empleaba como intérprete.

Se recogieron todos aquella noche á un portal grande, hecho á propósito para los viajeros, y

mientras se abrigaban con las mantas para llamar el sueño, tuvo lugar un diálogo bien característico entre Ximenez y un labrador de Castilla, llamado Zamora, que era criado del obispo Las Casas, y sin duda un tipo castellano de recto juicio y notable cordura. Este diálogo ha pasado á la historia, segun vamos á referirlo:

-«Zamora, mal cobro pusisteis en aquella bestia; los indios os la han de tomar y comérsela.

- Coman en buen hora,-respondió el labriego,-que más que eso les debemos los cristianos.

—¿Qué diablos les debemos?—Preguntó Ximenez.

-Y cómo que les debeis; que les habeis robado su hacienda y tomadoles sus hijos y héchoselos esclavos en su misma tierra, que sobre esto ha escrito mi amo al emperador, y áun al príncipe, que es muy entendido, más de una mano de papel de cosas.

- Mucho más que eso nos deben,- dijo Ximenez, — pues somos cristianos.

-¿Cristianos ó qué?—Replicó Zamora.—Cristiano es aquel que hace obra de cristiano.

- Cristianos somos, y por hacellos cristianos nos pasamos á estas partes.

- Pardios, -dijo Zamora,-pasasteis vos por vuestras bellaquerías que aossadas que sino hiciéredes por qué, que no salierades de vuestra tierra, que ninguno pasa á Indias que no sea por bellaquerías que allá hizo, y yo el primero.

- Cada uno pasó por lo que Dios se sabe, contestó Ximenez,-pero en fin, hemos conquistado la tierra.

- No está malo, y por eso quereis que los indios os den de comer, y su hacienda, porque los habeis muerto en sus casas. Buen camino traeis.

– No dijerais eso si os hubiesen derramado vuestra sangre en la guerra.

- Aossadas, -dijo Zamora,— que no fué mucha la que os derramaron á vos, pues estais vivo, y que no se fueran al infierno, aunque os matataran. Y ¿qué os hicieron ellos para que les hiciésedes guerra?

- Porque son unos perros, y no quieren creer en Dios.

- Buenos predicadores se lo decian para que creyesen.

—A buen seguro, Zamora, -contestó Ximenez, envolviéndose en su manta ,- que no volvais rico á Castilla.)

-El diablo me lleve si blanca pienso llevar sino ganada con mi azada, que los indios no me deben cosa.

Dice Remesal, despues de dar cuenta de esta conversacion nocturna entre el conquistador Ximenez y el labrador Zamora: -«Pesóles mucho á los Padres, que escuchaban lo que se decia, que el sueño diese fin al diálogo, por lo que gustaban de oir á Zamora con la sinceridad que decia su sentimiento al conquistador, y que sus razones más parecian conclusiones de teologia que palabras de hombre rústico que se dispone para dormir.»

El dia 12 de Marzo de 1545 llegaron los primeros religiosos a Ciudad Real, capital de la provincia de Chiapa. En cuanto supo el obispo Las Casas su llegada, fué á verlos, mostrándose pesaroso de que hubiesen entrado en la ciudad tan en silencio como entraron, pues habia sido su intencion el hacerles un recibimiento pomposo. Vinieron tambien á ver á los Padres los vecinos de la ciudad, ofreciéndose gustosos á servirles en lo que fuese de su agrado.

El Prelado habia sido aposentado en la casa de un vecino que se hallaba ausente, enfrente de aquella que ocupaban los Padres. En la iglesia, que era pequeña y pobre, habia tres sacerdotes, uno de los cuales era el bachiller D. Gil de Quintana, dean, que habia sido maestrescuela, y en todo el obispado no habia más que tres clérigos. Estos últimos fueron traidos por el obispo á la ciudad, con el fin de utilizar sus servicios en la iglesia.

El modo de proceder de Las Casas era siempre llano y afable con todos, como en los tiempos en que no era sino un pobre clérigo. Se mostraba en especial bondadoso y caritativo para los afligidos de la clase más humilde que venian á pedirle consuelo.

Gran parte de la carga que se habia perdido en el naufragio de la barca de Campeche era suya, y la pérdida que más sentia era la de sus amados libros, pues era profundamente estudioso, insigne teólogo y jurista consumado. Era tambien muy dado á la oracion, y pasaba largas horas encerrado en su aposento, rezando y meditando. De noche las personas que habitaban en su casa le oian llorar, suspirar y gemir. Doliale el corazon al ver á los indios comprados y vendidos como rebaños de ovejas, empleados en las labores y minas, y cargados de una parte á otra con ménos misericordia todavía que si fuesen animales del campo.

No perdonaba Las Casas esfuerzo ni diligencia para poner término á tantos males. Exhortaba sin cesar a los españoles, en particular como padre, y en público como maestro, predicador y apóstol. Al fin, viendo que eran inútiles sus pa-. labras, se resolvió a suspender la confesion á to

« AnteriorContinua »