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desde que murió Las Casas , nos parece que para evitar las guerras no se puede tener mucha fe ni confianza en la permanente duracion de los tratados de paz, ni tampoco en recurrir á combinaciones más ó menos complejas y artificiales para la formacion de Congresos internacionales y tribunales de arbitramiento. Esos medios empíricos jamás, en nuestro concepto, desterrarán del mundo tan terrible azote ni asegurarán la paz permanente. Empapados en los sublimes escritos del Apóstol de los Indios, creemos que aquel apetecible bien no se obtendrá sino haciendo que las relaciones internacionales, así como las de los individuos, se regulen por Jas doctrinas del Cristianismo, por esas inefables y sencillas doctrinas que se consignan en el Sermon del monte, y que inspiraron á San Pablo en la Colina de Marte, para decir á los atenienses: «Yo os revelaré un Dios desconocido: el Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene.» Solamente siguiendo y obedeciendo esas sacrosantas prescripciones, y no de otra manera, podrán las naciones y su posteridad realizarla máxima : «Paz en la tierra y concordia entre los hombres de buena voluntad. »

Esos principios de divino origen no solamente son necesarios para desterrar la guerra, sino tambien para conservar la verdadera civilizacion amenazada hoy por tantos elementos disolventes. Recuérdese que no hay civilizacion eterna; todas terminan cuando los interesados en defenderlas pierden su virilidad y amor á la justicia. Los arqueólogos desentierran á cada paso ciudades que fueron opulentas y que apenas han dejado débiles recuerdos de sus nombres. Lo acontecido con Persépolis y otras muchas, bien puede repetirse nuevamente por idénticas ó diversas causas con algunas de las más ricas y florecientes capitales de Europa.

El estudio de la vida y carácter de Las Casas y el de los tiempos en que vivió, nos revelan el sistema seguido por España para con sus colonias. Vemos claramente con cuanto afan se desvelaba la madre patria por derramar beneficios sobre los países que iba descubriendo y poblando. Aquel oro de que se mostraba buscadora infatigable, lo sembraba á manos llenas por los terrenos adquiridos, edificando imponentes ciudades y enriqueciéndolas con excelentes y solidísimas construcciones, algunas de las cuales en las primeras capitales de la culta Europa podrian ocupar un lugar distinguido entre las obras maestras de arquitectura de su época. Y si no pudo conseguir en el tiempo que dominó en el Nuevo mundo establecer una administracion perfecta en tan dilatados territorios, ni pudo conseguir que se aplicasen siempre con equidad y justicia estricta las sabias leyes y disposiciones que adoptaba para el buen gobierno de aquellos paises, no fué culpa, como dejamos dicho, de la metrópoli , sino de aquellos que en tan apartadas regiones estaban encargados de hacerlas observar.

Infinitas son las consideraciones á que nos podria llevar en esta introduccion un comentario al estudio biográfico, histórico y politico que hemos emprendido. Creemos, sin embargo, haberdicholo más necesario para inspirar de antemano á nuestros lectores algun interés por el grande hombre del que vamos á ocuparnos; por el hombre que en el curso de una existencia de 92 años no cesó de abogar en favor de los infelices aborigenes, cuyo amparador y padrino se habia declarado desde el principio de su carrera; cuya vida entera fué una lucha titánica en la cual reveló el heroismo más sublime, la fe más acendrada, la más acrisolada paciencia y no pocas veces la más estupenda audacia; que en tiempos vecinos de la Edad-media, en que vigoraban aún las Ira

- (liciones del feudalismo, arrojó á la faz de los grandes y poderosos de la tierra pensamientos de osadia casi increibles, esencialmente revolucionarios y avanzados y envueltos en palabras de terrible energia que más bien que palabras parecian rayos fulminadores; que en medio de las vicisitudes, de los peligros, de las calamidades que lo hostigaron sin cesar, ni una vez desmayó en su propósito sublime, ni una vez flaqucó siquiera; cuya presencia y prestigio personal bastaban para animar y levantar al desfallecido y para infundir temor y respeto al soberbio, y que á esas alfas y fundamentales virtudes y condiciones de carácter, que la antigüedad hubiese remunerado con un asiento en el panteon de sus héroes y semi-dioses, supo unir la doctrina profunda, la erudicion vastisima, la facundia irresistible del sabio y del orador, á la vida pura, ejemplar y sin mancha del santo.

Para hacer en todo la debida justicia á los nobles sentimientos del gran protector de los indios, no podemos ménos de reconocer que nos faltan las fuerzas necesarias para describir sus brillantes capacidades intelectuales, su vasta erudicion, su inquebrantable actividad y energia y otras muchas nobles dotes con que pródigamente lo dotara la naturaleza. Entre la multiplicidad de preclaras cualidades que adornaban su vehemente corazon, ninguna resplandecia tanto como su amor á la verdad y su profunda veneracion por la libertad humana. De esto dan inconcusos testimonios tollos los actos de su larga existencia y cada una de las páginas de sus luminosos y extensos escritos. Causa en verdad admiracion ver cuánto se ha adelantado á su época y la sensatez y buen criterio con que resolvia algunos problemas politicos y sociales que aún en nuestros tiempos vienen discutiéndose. Si pudiese tornar á la vida, vería que muchos de ellos están resueltos segun sus propios consejos y otros en via de una favorable solucion.

Si las grandes virtudes que brillaban en Las Casas nos colman de veneracion v entusiasmo hacia el ilustre Sevillano, no deben inspirarnos menos admiracion la sagacidad y perspicacia de que dió incesantes pruebas en sus palabras, en sus escritos, y en el sistema que adoptó para el desempeño de sus innumerables misiones y embajadas. Las Casas, como todos los grandes hombres, ya lo hemos indicado, llevaba á su siglo una delantera considerable. Pero lo que mayormente merece fijar nuestra atencion, es el sentido

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