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go, y á D. Gaspar, principal del pueblo de Tequizistlan. Mandóse que estos indios principales pudiesen acompañar ;i los padres en sus peregrinaciones, que se pudiesen allá trasportar indios de cualquier otra parte enseñados en las artes mecánicas para adiestrar en ellas á los naturales, y se acordó animar entre ellos el gusto á la música y enviarles músicos para enseñarles á cantar y tocar instrumentos; y se añadió una cédula que ordenaba terminantemente que todos estos mandatos fuesen cumplidos con rigor y á la letra.

Las Casas reunió los frailes franciscanos y dominicos que debian acompañarlo á Guatemala. Luego, habiendo recibido orden del cardenal Loaya, presidente del consejo de Indias, para que suspendiese su partida, pues-se queria consultarlo tocante á ciertos negocios de mucho momento y consideracion pendientes en el consejo, envió delante á los frailes franciscanos y con ellos al padre Luis Cancer con las cédulas respectivas á Tuzulutlan, y él se quedó en la corte. Detuviéronse en España los dominicos, siendo su vicario general Las Casas. Antes de que se embarcasen Luis Cancer y los franciscanos el dia 21 de Enero de 1541 se publicó en las gradas de la iglesia mayor de Sevilla, por voz de pregonero y ante escribano público y testigos, la absoluta prohibicion de que entrasen españoles en la provincia de Tuzulutlan.

Los padres de San Francisco llegaron á Veracruz despues de un próspero viaje, y desde allí avisaron de su venida á la ciudad de Santiago á fin de que se les dispusiese casa donde morar y se les suministrase lo que era necesario para el camino. El obispo D. Francisco Marroquin fué quien pagó todos los gastos de esta jornada. Las escrituras dan noticia de seis religiosos que formaron parte de la expedicion. Eran los siguientes: fray Alonso de Casaseca, que era el prelado de los demás y que murió en el camino; fray Diego de Alva; fray Diego Ordoñez; fray Gonzalo Mendez; fray Alonso Bustillo y fray Francisco Valderas, lego.

Estando en Méjico el Padre fray Luis Cancer llegó la nueva de la muerte del adelantado don Pedro de Alvarado, acaecida en 1541.

A la sazon hábia ido el rey-emperador á Alemania, para combatir contra los príncipes alemanes que habian abrazado la causa del reformador Lutero, y en el mismo tiempo se empleaba en escribir Las Casas La Destruccion de las Indias, que es de todas sus obras la más célebre. No fué publicado este libro en aquel tiempo, aunque sí sometido al exámen del emperador y de sus ministros.

De todos los escritos de Las Casas La Destruccion de las Indias es el que más estruendo ha causado desde el tiempo de su publicacion hasta nuestros dias, y el que ha dado lugar á mayor número de polémicas. Ha sido traducido dicho libro á los principales idiomas de Europa, y desde su aparicion ha levantado una verdadera tempestad de horror é indignacion contra los conquistadores del Nuevo mundo. El estudio y conocimiento de la vida y carácter del apóstol son harto suficientes para poner su buena fe y la sinceridad de su celo fuera de toda duda; pero con toda nuestra admiracion para él, creemos tambien que su celo lo cegaba á veces, y que las atrocidades que habia presenciado y aquellas de que tenía noticia, lo llenaban de una indignacion tan sin límites, que le impedia ver el reverso de la medalla y los lados menos desfavorables y más disculpables de la conquista. Debemos, sobre todo precavernos contra toda inclinacion á acusar al apóstol de falta de espíritu patrio, cuando ataca tan dura y acerbamente á los españoles de América, pues constituia aquello para él una cuestion puramente humanitaria. Su corazon era de una sensibilidad extremada, casi femenil, y por naturaleza inclinado á dolerse hondamente y compadecerse de los males ajenos; era el apóstol altamente imaginativo, ardiente é impresionable, y sufria desgarradoras angustias al ver las atrocidades que se cometian contra los indios; no admitia razon alguna en paliacion de ninguno de los excesos que denunciaba con las lágrimas de la indignacion y de la congoja brotando de sus ojos, y en ellos no veia ni queria ver masque horrendas carnicerías, que destrozaban una raza desventurada y sin defensa, igual en todo á la nuestra ante la justicia suprema de Dios. En Las Casas la tendencia á la lástima y á la compasion estaba desarrollada hasta un punto extraordinario, y como no es fácil encontrarlo en ningun otro hombre. Él mismo nos dice, con admirable candor y sencillez, que no era tanto el celo por la fe y religion, como el sentimiento natural é innato de la piedad y de la compasion hacia los indios, que lo impelia á abrazar su causa.

Un hombre, pues, dotado de esta sensibilidad nerviosa y casi enfermiza y de una imaginacion altamente inflamable, poseyendo además una facundia poderosísima que se traducia en un lenguaje de una terrible energía, no es de admirar que en sus clamores de indignacion y en su iracunda invectiva contra hombres que él no consideraba sino como verdugos, ultrapasase los límites de la prudencia y áun algunas veces los de la exactitud. Desgraciadamente, sin embargo, sabemos demasiado cuan bien fundadas eran sus acusaciones por lo general, y cuántas razones tenía para escribir como escribió.

Hacen verdaderamente erizar los cabellos algunos pasajes de su descripcion de lo que se cometía en la Española. «De la gran Tierra Firme, » dice, somos ciertos que nuestros españoles por B sus crueldades y nefandas obras, han despo» blado y asolado, y que están hoy desiertos, es»tando llenos de hombres racionales, más de » diez reinos mayores que toda España, aunque » entre Aragon y Portugal en ellos, y más tierra » que hay de Sevilla á Jerusalen dos veces, que » son más de dos mil leguas.

» Daremos por cuenta muy cierta y verdadera » que son muertas en los dichos cuarenta años, » por las dichas tiranías é infernales obras de los »cristianos, injusta y tiránicamente, más de » doce cuentos de ánimas, hombres, mujeres y » niños; y en verdad que creo, sin pensar enga» ñarme, que son más de quince cuentos.

» La causa por que han muerto y destruido tan»tas y tales y tan infinito número de ánimas los » cristianos, ha sido solamente por su fin últi»mo, el oro, y henchirse de riquezas en muy » breves dias, y subir á estados muy altos y sin » proporcion de sus personas.

» En la isla Española, que fué la primera, como » dijimos, donde entraron cristianos, y comenza» ron los grandes estragos y perdiciones destas » gentes, y que primero destruyeron y despobla» ron, comenzando los cristianos á tomar las mu

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