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CAPÍTULO V.

Peuosa situacion de Las CASAS.- Piensa en los franciscanos de Cumaná.

Lo reciben cantando.- Disposiciones de Las Casas. -Los de Cubagua. - Nueva resolucion de volver á España. - Planes de defensa. - Francisco de Soto. - Proyectos de los indios. - Doña María. - Fatalidad del destino.- ¡La pólvora! – A sangre y fuego. - Francisco de Soto herido. - Fray Dionisio.- Los que escaparon.-Saña de los indios.- Las CASAS navegando. - Una siesta interrumpida. — Desengaños. -Se hace fraile Las Casas. – Digresiones. Lo que dice Arthur Helps. – Escribe al Rey el nuevo fraile. - Desmayo moral. - La historia de las Indias.El cacique D. Enrique Valenzuela y sus hechos. – D. Enrique ultrajado. - Su venganza. – Se hace temible el cacique.- Fray Remigio. - Proyectos para sojuzgarlo. - Interviene Las Casas. — Entrevistas. — Lo que dice Quintana.

¡Qué posicion la de Las Casas: solo, abrumado en aquel inmenso continente, viendo por tierra sus planes predilectos y destrozados sus nobles propósitos para la salvacion de toda una raza!

Dejábanlo sus propios amigos, con sentimiento, sí, y con profunda tristeza; pero sin voluntad de compartir su suerte, y perdidas la fe y confianza que un tiempo pudieron infundirles las palabras del apóstol , llenas de la inás ardiente elocuencia. Los dominicos habian infelizmente, como se sabe, desaparecido de aquellos lugares; y las gentes de Gonzalo de Ocampo, y las que habian empezado á .poblar la Nueva Toledo, prefirieron volver á la Española ántes que aceptar los ofrecimientos que Las Casas les hiciera. Pero como prueba de que Dios nunca desampara del todo á los que en Él tienen verdadera fe, áun en aquellas tristişimas. circunstancias tuvo el apóstol una feliz idea, y con ella un gran consuelo.

Ciertos religiosos de la Orden de San Francisco, bajo'la obediencia de cierto fray Juan Garceto, habian ido á fundar un convento en Cumaná, y se habian establecido á orillas del rio del mismo nombre, muy cerca del mar. Ocurriósele a Las Casas dirigirse á su morada y hacer con ellos amistades, aun cuando los franciscos diferian en varios puntos de sus opiniones. Le habian hecho oposicion á sus pretensiones, tanto en España como en la isla Española; y era necesario que desarrollase mucha sagacidad, prudencia y tino para hacer paces con ellos en la posicion en que se hallaba , convirtiéndolos de allí en adelante en amigos y auxiliares.

Emprendió, pues, la jornada; y sabedores los frailes de su venida, y que parecia contar con recursos y buen recaudo para la conversion de aquellas gentes, fueron generosos y salieron á recibirle con los brazos abiertos.

Te Deum laudamus, entonaron los francisca

nos : Benedictus qui venit in nomine Domini; y Las Casas dió al cielo infinitas gracias por haber dado con aquellos hombres que podia utilizar en servicio de una noble causa altamente comprometida.

Habitaban los franciscanos un modesto edificio de madera y paja, contiguo al cual habia un jardin con magníficas naranjas, hortalizas, viña y melones de los de mejor clase. Las Casas ordenó luego construir un almacen al extremo del jardin para en él depositar lo que constituia su hacienda. Por medio de los religiosos, y de una dama principal india llamada Doña María, se apresuró á comunicar á los indios que venía enviado del Rey de los cristianos con pacíficas intenciones y voluntad de hacerles bien y tratar con ellos, y que nada recelasen de parte de él ni de los suyos, pues no venía con espíritu de conquista ni con el intento de hacer esclavos.

Comenzó tambien á edificar en la boca del rio Cumaná una fortaleza, no sólo para reprimir las posibles incursiones de los indios, sino para contener á los desaforados españoles de Cubagua, siempre empleados en actos de piratería, robo y violencia, y que no teniendo agua potable en Cubagua debian de venir á recogerla al rio de Cumaná para poder sostener su pequeña colonia de pescadores de perlas.

Los de Cubagua se concertaron entonces para quitarle el maestro de obras empleado en construir la fortaleza, lo cual conseguido se paralizaron las obras y quedaron los cubaguanos más insolentes que nunca. Una de las cosas que más lamentaba Las Casas en los tratos entre los de Cubagua y los indios, era el abuso que hacian éstos de los vinos que á enormes precios les vendian los primeros. Embriagábanse los indios, y tornándose en fieras entonces, se mataban unos á otros á flechazos. Los esfuerzos que hizo Las Casas para impedir el comercio con los castellanos, de vinos y espíritus, le atrajeron, como era de suponer, odios y antipatias, y le hicieron sufrir muchas angustias y amarguras. Los requerimientos al alcalde de Cubagua no tuvieron resultado alguno, y al fin se convenció, tanto por sus propias reflexiones como por las representaciones de los religiosos, que su único remedio era ir al Rey ó á la Audiencia de la Española á pedir que atajasen los abusos de que tanto se lastimaba. Mucho le costaba á Las Casas, por grande que fuese su deseo de dar remedio á tamaños males, el dejar desamparado el territorio, pues si bien no podia estando en él impedir lo que tanto le dolia presenciar, en peor estado todavía le parecia que debian de quedar las cosas sin él. Dejóse, no obstante, convencer al fin, y se embarcó en

uno de dos navios que estaban cargando sal en la punta contigua de Arraya, nombrando por capitan á Francisco de Soto, y dándole órden que mantuviese allí dos embarcaciones para poder salvar en Cubagua los hombres y la hacienda, en el caso que los indios diesen algun ataque.

Pero Francisco de Soto no se mostró digno de la confianza que el clérigo habia depositado en él, pues se olvidó pronto de la orden que habia recibido, y mandó los navios á diferentes partes de la costa á rescatar oro, perlas y esclavos. Los indios de la tierra se concertaron entonces para matar a los frailes, a pesar del amor y la caridad con que por ellos habian sido tratados, y no se limitó su rencor á los frailes, sino que proyectaron tambien matar á cuantos castellanos pudiesen haber, sin excepcion de la gente de Las Casas. La ausencia de los navios los animaba tanto más en su diabólico proyecto, cuanto que veian que ninguno podria escapar. Aunque los indios preparaban su atentado con todo sigilo y recato, no fueron tan cautos que dejasen de conocer los frailes franciscos algunos síntomas del peligro que los amenazaba y de la trama que se estaba urdiendo. A la señora Doña María, en quien confiaban y que de tanta utilidad les era por su conocimiento de la lengua castellana, le preguntaron estando presentes algunos indios, si eran ó no

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