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que Vuestra Majestad me quiera y pueda hacer, y si eu algun tiempo, yo ó otro por mí, merced alguna quisiere y pidiere directe ni indirecte, en ninguna cosa de las susodichas Vuestra Majestad me dé crédito, ántes sea yo tenido por falso, engañador de mi Rey é Señor. Allende desto, aquellas gentes, Señor muy poderoso, de que todo aquel mundo nuevo" está lleno y hierve, son gentes capacísimas de la fe cristiana, y á toda virtud y buenas . costumbres por razon y doctrina traibles, y de su natura son libres, y tienen sus Reyes y señores naturales que gobiernan sus policías; y á lo que dijo el reverendísimo obispo, que son siervos a natura, por lo que el filósofo dice en el principio de su Política, que vigentes ingenio naturaliter sunt rectores et domini alorum; y deficientes a ratione naturaliter sunt serví, de la intencion del filósofo , á lo que el reverendo obispo dice hay tanta diferencia como del cielo á la tierra, y que fuese así como el reverendo obispo afirma, el filósofo era gentil, y está ardiendo en los infiernos, y por ^nde tanto se ha de usar de su doctrina, cuanto con nuestra sancta fe y costumbre de la religion cristiana conviniere. Nuestra religion cristiana es igual, y se adapta á todas las naciones del mundo, y á todos igualmente rescibe , y á ninguna quita su libertad ni sus señoríos, ni mete debajo de servidumbre, so color ni achaques de que son siervos a natura ó libres , como el reverendo obispo parece que significa, y por tanto, de Vuestra Real Majestad será propio desterrar en el principio de su reinado de aquellas tierras tan enorme y horrenda, delante de Dios y los hombres, tiranía, que tantos males y daños irreparables causa en perdicion de la mayor parte del linaje humano, para que Nuestro Señor Jesucristo, que murió por aque

llas gentes, su Real Estado prospere por muy largos dias.»

Hay en este discurso rasgos de admirable entereza y osadía que revelan la fe cristiana con que habia abrazado Las Casas la causa de sus protegidos, su profundo desprecio por los intereses mundanos y su poco ó ningun temor en arrostrar todos los peligros que pudiese ocasionarle el lenguaje severo que creia necesario usar para proteger sus indios hasta en presencia del Rey, que le escuchaba.

Despues de consultar nuevamente al Rey el Gran Canciller y M. de Chievres, dijo el Canciller al franciscano presente: «Padre: S. M. manda » que hableis si teneis que hablar en las cosas de las Indias.» Y el religioso se expresó en estos términos:

«Señor: yo estuve en la isla Española ciertos años, y por la obediencia me fué impuesto y mandado con otros que fuese á visitar y contar el número que habia en la isla de indios, y hallamos que habian perecido en aquel tiempo tantos mil que habia ménos, y así, de aquesta manera, se habia destruido la infinidad de gentes que habia en aquella isla, pues si la sangre de un muerto injustamente tanto pudo que no se quitó de los oidos de Dios hasta que Dios hizo venganza della, y la sangre de los otros nunca cesa de clamar: vindica sanguinem nostrum, Deus noster, ¿qué hará la sangre de tan innumerables gentes como en aquellas tierras con tan gran tiranía é injusticia han perecido? Pues por la sangre de Jesucristo y por las llagas de San Francisco pido y suplico á V. M. que remedie tanta maldad y perdicion de gentes como perecen cada dia, porque no derrame sobre todos nosotros su rigurosa ira la divinal justicia.»

Así que terminó el religioso de San Francisco su corta pero enérgica oracion, consultado nuevamente el Rey p'or M. de Chiévres y el Gran Canciller, dijo éste al Almirante que S. M. mandaba que hablase, y lo hizo como sigue:

«Señor: los males y daños que en las Indias se han hecho y se hacen, que refieren estos Padres, son muy manifiestos, y hasta ahora clérigos y frailes, no los pudiendo sufrir, los han reprendido; y segun aquí ha parecido, ante V. M. vienen á denunciarlo, y puesto que V. M. recibe en destruillc aquellas gentes y tierras inestimable daño, pero mayor lo rescibo yo, porque aunque lo de allá todo se pierda no deja V. M. de ser Rey y Señor; pero yo, ello perdido, no me queda en el mundo nada donde me pueda arrimar, y esta ha sido la causa de mi venida para informar dello al Rey Católico que haya santa gloria, y á esto estoy esperando á V. M.; y así, á V. M. suplico por la parte del daño grande que me cabe sea servido de lo entender y mandar remediar, porque en remediallo V. M. coguoscerá cuan señalado provecho y servicio á su real Estado se seguirá. »

Quiso hablar nuevamente al obispo de Darién, que se sentia vencido por aquel clérigo Las Casas, al que habia despreciado en sus primeras entrevistas con él, y que además deseaba desacreditar á Pedrarias para ver si podia obtener la gobernacion que tenía, á favor de su amigo Diego Velazquez, que le habia dado el encargo de conseguírsela; pero el Gran Canciller, despues de haber nuevamente consultado con el Rey, como en las veces anteriores, le dijo:—«Reverendo obis»po: S. M. manda que si teneis más que decirlo »deis por escrito, lo cual despues se verá.» Y luégo se levantó el Rey y entró en su Cámara, dando por terminado aquel Consejo.

Convidado á comer el obispo de Darién en la casa del Gran Canciller, se encontró allí con monsieur de Laxao, sumiller de Corps y del Consejo de Estado, que era entonces el principal protector de Las Casas. Llevaba el obispo preparados dos memoriales, á consecuencia de lo que se le habia ordenado en el Consejo, el uno contra Pedrarias y el otro indicando las medidas que debían tomarse en Tierra Firme para que los indios fuesen bien tratados y se pusiese coto á la demasiada licencia que daba á sus subordinados el referido Pedrarias. Estos dos documentos fueron leidos despues de la comida y además manifestó el obispo que le parecian bien las pretensiones de Las Casas; pero este cambio del Reverendo en favor de micer Bartolomé no produjo resultados, porque á los tres dias murió aquél de una fiebre maligna, y los gravísimos negocios del Rey, particularmente el proyectado viaje de Alemania para recibir la Corona imperial, no permitian ocuparse de los asuntos de las Indias.

Es ciertamente de deplorar la muerte del obispo de Darién en tales momentos, porque su cambio repentino y favorable á Las Casas debe atribuirse no solamente á la razon que á éste asistia, ya por si tan clara y evidente, sino tambien á la entereza, fe y constancia con que abogaba por la causa de los indios, en lo que vemos una nueva prueba de que la sinceridad y ardor que se desplega en defender una causa que se ha abrazado de buena fe, infunde respeto en los mismos adversarios y llega algunas veces á producir en ellos una completa reforma en las opiniones, ó llámese una conversion hácia la buena causa.

Cuando el Rey se preparaba para dejar á Barcelona y pasar por tierra á la Coruña, en donde se reunia la flota que debia de conducirlo á Flandes, arribaron los tres padres de San Jerónimo procedentes de la Española y trataron de ver al Rey para hacerle una relacion de cómo quedaban las cosas de la isla. Pero ni en Barcelona, ni durante el viaje, ni en Burgos, ni en Tordesillas pudieron conseguir una audiencia, y por lo tanto, acordaron volver á sus monasterios ere

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