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» aquella primera poblacion, y dejados los dias »que he gastado en la ida y en la venida; cinco »años he estado allá, y como fuimos mucha » gente y no llevamos que comer más de lo que » hubimos menester para el camino, toda la de» más gente que fué se nos murió de hambre; y »los que quedamos por no morir, como aquéllos, » en todo este tiempo ninguna otra cosa hemos » hecho sino ranchear y comer. Viendo, pues, yo » que aquella tierra se perdia y que el primer go» befnador de ella fué malo y el segundo muy » peor y que V. M. en felice hora habia venido á » estos reinos, determiné de venir á darle noticia » dello como á Rey y Señor, en cuya esperanza » está todo el remedio; y en lo que toca á los in» dios, segun la noticia que de los de la tierra á » donde he estado tengo y de los otros de las » otras tierras que viniendo camino vi; aquellas » gentes son siervos a natura, los cuales precian » y tienen en mucho el oro, y para se lo sacar es » menester usar de mucha industria; » y con otras cosas de este propósito dejó de hablar el obispo.

Despues de consultar al rey, dijo entonces el Gran Canciller: «Micer Bartolomé, S. M. manda » que hableis.»

Segun podemos ver, el discurso del obispo de Dárien, á pesar del preámbulo elegante y gracioso que alaban los autores que lo refieren, no está en proporcion con las elevadas pretensiones y prosopopeya del prelado. Podemos deducir de sus frases, que ciertamente no brillan por la elocuencia, que la presencia de Las Casas, formidable antagonista en estas contiendas, ponia trabas á la afluencia del orador y le estorbaba extenderse* como hubiera querido y deseado sobre un asunto en que venía dispuesto a hacer mortal guerra al clérigo.

Veremos cómo éste consiguió con su indomable pujanza exponer su pensamiento ante el rey y refutar los argumentos de sus contrarios.

CAPITULO IV.

Discurso de Las Casas al Rey.—Lo que dijo el franciscano.—Habla luégo el Almirante. — Se termina la sesion. — Memoriales del obispo de Dárien.—Su repentina muerte. —Retornan los jeronimos. — El Rey no los recibe.—La Corte, en laCoruña. —Disposiciones respecto á las Indias. —Nuevos esfuerzos de Las Casas.—Su proyecto en Tierra Firme.—Ei Licenciado Aguirre.—Las Casas vuelve á América.—Un Alonso de Ojeda.—Sus rapiñas de indios.—Venganza de éstos. — Asesinan á Ojeda, a sus compañeros y á los frailes. —Expedicion armada contra los indios.—Arriba Las Casas con sus colonos.—Sus imprevistas dificultades.—Va Las Casas á la Española. — Nuevos contratiempos.— Oonzalo de Ocampo en Maracapana.—Sus atropellos para vengarse.— Las Casas amenaza volver á España. —Consigue el auxilio solicitado. —Va Las Casas a Puerto-Rico. —No encuentra ya sus labradores.— Pasa á Tierra Firme.—Encuentra á Gonzalo de Ocampo.—Retorna éste á la Española con su gente. —Queda Las Casas abandonado en Tierra Firme.

Tan luégo como Las Casas recibió del Rey la orden de hablar, comunicada por el Gran Canciller, dirigiéndose al Soberano, con su soltura acostumbrada, se expresó de esta manera:

«Muy alto y muy poderoso Rey y Señor: yo soy de los más antiguos que á las Indias pasaron, y há muchos anos que estoy allá, en los cuales he visto por mis ojos, no leido en historias que pudiesen ser mentirosas, sino palpado, porque asf lo diga, por mis manos, cometer en aquellas gentes mansas y pacíficas las mayores crueldades y mas inhumanas que jamás nunca en generaciones por hombres crueles ni bárbaros irracionales se cometieron, y éstas sin alguna causa ni razon, sino solamente por la codicia, sed y hambre de oro insaciable de los nuestros. Estas han cometido por dos maneras: la una, por las guerras injustas y crudelísimas que contra aquellos indios que estaban sin perjuicio de nadie en sus casas seguros, y tierras donde no tienen número las gentes, pueblos y naciones que han muerto; la otra, despues de haber muerto á los señores naturales y principales personas, poniéndolos en servidumbre, repartidos entre sí, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta, echándolos en las minas, donde al cabo, con los increibles trabajos que en sacar el oro padecen, todos mueren. Dejo todas aquellas gentes, donde quiera que hay españoles, pereciendo por estas dos maneras, y uno de los que á estas tiranías ayudaron, mi padre-mismo, aunque ya¿ está fuera dello. Viendo todo esto yo me moví, no porque yo fuese mejor cristiano que otro, sino por una compasion natural y lastimosa que tuve de ver padecer tan grandes agravios é injusticias á gentes que nunca nos las merecieron, y así vine á estos reinos á dar noticia dello al Rey Católico, vuestro abuelo; hallé á Su Alteza en Plasencia, dile cuenta de lo que digo, rescibióme con benignidad, y prometió para en Sevilla, donde iba, el remedio. Murió en el camino luego, y así, ni mi suplicacion ni su real propósito hobieron efecto. Despues de su muerte hice relacion á los gobernadores, que eran el cardenal de España D. Fray Francisco Ximenez, y el Adriano, que agora es cardenal de Tortosa, los cuales proveyeron muy bien todo lo que convenia para que lan grandes daños cesasen y aquellas gentes no pereciesen, pero las personas que las dichas provisiones fueron á ejecutar, desarraigar tanta riialdad y sembrar tanto bien y justicia nomerecieron; torné sobre ello, y despues que Vuestra Majestad vino, se lo he dado á entender, y estuviera ya remediado, si el Gran Canciller primero en Zaragoza na muriera; trabajo ahora de nuevo en lo mismo, y no faltan ministros del enemigo de toda virtud y bien, que por sus propios intereses, mueren porque no se remedie. Va tanto á Vuestra Majestad en entender en esto y mandallo remediar, que dejado lo que toca á su Real ánima, ninguno de los reinos que posee, y todos juntos, se igualan con la mínima parte de los Estados y bienes por todo aquel orbe; y en avisar dello á Vuestra Majestad, se yo de cierto que hago á Vuestra Majestad uno de los mayores servicios que hombre vasallo hizo á Príncipe ni señor del mundo, y no porque quiera ni desee por ello merced ni galardon alguno, porque ni lo hago por servir á Vuestra Majestad, porque es cierto (hablando con todo el acatamiento y reverencia que se debe á tan alto Rey é Señor), que de aquí á aquel rincon no me mudase por servir á Vuestra Majestad, salva la fidelidad que como subdito debo, si no pensase y creyese hacer á Dios en ello gran sacrificio, pero es Dios tan celoso y granjero de su honor, como á él se deba sólo el honor y la gloria de toda criatura, que no puedo dar un paso en estos negocios, que por sólo él tomé á cuestas de mis hombros, que de allí no se causen y procedan inestimables bienes y servicios de Vuestra Majestad: y para rectificacion de lo que dicho tengo, digo y afirmo, que renuncio cualquiera merced y galardon temporal

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