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ciones a los Reyes católicos, sino con el fin de que atrajesen á sus habitantes bajo el suave yugo de su santo evangelio. Como tocó este padre el punto mas delicado y sensible para los asistentes, lo fue mucho que 'se alteraran y murmurásen en estremo del sermon del predicador; y como si hubiése faltado al respeto debido al Rey y à los que gobernaban, ejecutando sus reales órdenes, acordaron que convenia reprender à aquel fraile que con tanta libertad habia predicado contra las disposiciones del soberano; pero los que fueron al convento encargados de esta comision quedaron bien admirados cuando el padre Córdoya (a quien como su. perior del convento hablaron primero, reconyiniendole sobre la libertad que se habia tomado el predicador) les dijo, que lo que fr. Antonio Montesino habia predicado era verdadern, y muy en su lu. gar: que todos sus súbditos pensaban del mismo modo, y en fin, que el sermon tan ponderado de contrario al respeto del Rey y de sus ministros, se habia predicado de comun consentimiento y aprobacion del convento, por estar todos los religiosos persuadidos de que en ello se habia hecho mucho servicio a Dios y al Rey. Sen. tidos de esta respuesta los reprensores, altercaron bastante, y tomándolo sobre un tono muy alto, le dijeron que 'se estrañaba mucho que unos particulares sin carácter ni facultades para meterse con ellos, tuviésen la audacia de tildar públicamente las cosas que se habian establecido con consejo de sugetos sábios y por la autoridad del Rey, y en tono de amenaza concluyeron, que si aquel padre no se retrataba, convenia que todos los domínicos dejàsen la tierra. Escuchólos con mucha paciencia el padre Córdoya, y dando à entender que le hacian fuerza sus discursos y amenazas, procuró satisfacerlos de antemano, protestando que su intencion era sana, y para evitar los escándalos del pueblo ofreció que sin falta el domingo siguiente volveria á predicar el padre Montesino, quien en todo les daria plena satisfaccion, y con esto se retiraron muy contentos, juzgando que se habia de retractar el predicador. (144)

! El dia señalado para el sermon hubo un concurso estraor dinario de gente, que aguardaba que el padre Montesino se desdijese: comenzó el predicador su sermon con decir, que si con el fervor de su celo en la causa más justa del mundo, se habia excedi. do en algunas espresiones poco medidas, suplicaba a los que podian haberse ofendido de ellas se las perdonasen: que sabia el resa peto que era debido a todos aquellos á quienes el príncipe habia constituido depositarios de su autoridad; pero que se engañaban mua cho si pretendian hacerle un delito, por haber predicado contra los repartimientos; despues afirmandose sobre lo que habia dicho, aña, dió esta vez otras especies mas fuertes que la primera, porque

- [144] No ha sucedido asi con la constitucion española en México. Cuando se publicó se dijo que era santa, y despues cuando se quitó que era diabólica, y ambas cosas por un misa, mo predicador,

entrando en un detalle muy patético de los abusos que se cometiap diariamente en este asunto, preguntó que derecho tenian unas gentes que habian salido de España porque en ella no tenian que comer, para querer engordar, chupando la substancia de un pueblo que habia nacido tan libre como ellos qué fundamento habia para disponer de la vida de estas infelices como de una hacienda propiat con qué autoridad ejercitahari sobre aquellos pobres naturales un imperio tirano? preguntó que cuando llege ría el tiempo de dar fin (145) á una codicia que engendraha tantos delitos, y si é este monstruo querian todavia sacrificarle quince, ó veinte mit indios que apenas quedaban de un millon y mas, que de ellos habian encontrado en el descubrimiento de la isla? Mas ofendió este segundo sermon á los oficiales reales que el primero, é indignados en estremo contra los padres dominicos, pareciéndoles que alli no ganarian nada en seguir este negocio con los frailes, acordaron dar cuenta al Rey, y el tesorero Miguel de Pasamonte que tenia mucho crédito con su Altera escribió quejándo. se con mas eficacia de los frailes de Santo Domingo, y envió el Rey à fr. Alonso de Espinar, religioso franciscano muy virtuoso, pero no letrado, encargandole su carta y que informase contra la opinjon de los domínicos. No hay duda, como lo advierte con mucho juicio el historiador Oviedo, que lo que empeoró la esa v causò mayor escàndalo á esos pueblos, fué ver tanta varierad de opiniones y contrariedad entre estos dos órdenes regulares, que por entonces eran los únicos establecidos en la isla, sobre un punto tan delicado y que tanto interesaba las conciencias, permitiendo unos sin dificultad alguna lo que á otros parecia ser un delito gravísimo, irremisible, y digno de todas las censuras de la iglesia. (146)

Como los padres de Santo Domingo no ignoraban lo que se trataba contra ellos, y que habia muchas personas de la corte y aun los ministros interesados en sostener los repartimientos, acordaron de enviar al mismo padre Montesino á Castilla, à fin que informáse al Rey y defendiése su causa. Llegado á la corte la encontrò toda como la juzgaba, y al Rey D. Fernando prevenido en contra de él; pero habiendo logrado al fin audiencia del Rey à su favor, éste lo escuchó con mucha benignidad y comenzó à conocer que le habian disfrazado la verdad: con todo no queriendo decidir nada en esta materia, juntó un consejo estraordinario, compues. to de algunos teólogos de gran fama, donde se ventiló este negocio con mucha yehemencia por una y otra parte. Los que hablaIon à favor de los indios itisistieron mucho sobre este particular, y principio del derecho de gentes: que todos los pueblos son libres por su naturaleza, y que jamás le es permitido a una nacion de atentar contra la libertad de otra, de quien no ha recibido daño ó

[145] Estaba reservado para el año de 1821.

(146) Este es el resultado de los diversos purtidos de escuelas de Escotistas, Tomistas, Agustinianos y Suaristas.

agravio. Opusieron los contrarios contra esta verdad razones mas especiosas que sólidas, y que no dejaron de alucinar á algunos sábios de la junta. Decian que se debian mirar los indios como niños, que no sabian gobernarse, pues menos entendimiento tenian á los cincuenta años que los españoles à los diez, y por consiguien. te habian menester tutores: que no podian concebir las cosas mas fàciles, ni ser doctrinados, olvidando al instante las verdades que se les procuraban persuadir: que no podian repetir las mas cortas oraciones, si faltaba un dia en hacerselas decir: que despues de vestirlos, dàndules á conocer cuanta indecencia es andar desnudos, luego que podian hacian pedazos sus vestidos, y como bestias se iban en carnes al monte, donde se entregaban à todo género de in. famias: que eran incapaces de toda razon: que hacian consistir toda su felicidad en la holgazanería, y que esta continua ociosidad además de los vicios que produce, los hacia sumamente flojos para las cosas de la religion: que para ponerlos en policia y hacerlos trabajar, convenia que se pusiésen en sujecion; y que, en fin, parecia ser cierto que sun tanto menos capaces de usar bien de la libertad, si se les dejàra, puesto que a mas de sus naturales defectos juntan à su innata capacidad los vicios que se observaban en los hombres mas corrompidos.

Podia ser verdad algo de todo aquello que se acumulaba á los pobres indios, pero en lo mas se exâgeraba demasiado; y es en lo que se esforzó darlos à conocer el padre Montesino con feliz suceso, y despues le fue muy fàcil destruir todas las consecuencias que de estos artículos deducian. Pero sin rentar el interès que en esto tenian los validos y ministros del Rey, era casi una misma cosa el volver absolutamente la libertad à los indios, y dejar pereciendo à la mejor parte de los habitantes de las colonias es. pañolas; y este es uno de aquellos juconvenientes contra los que en materia de politica, rara vez tiene lugar aun la evidencia del derecho. Fué preciso con todu ladearse, y conceder algo á la bue. na causa que defendian los padres de Santo Domingo: el Rey quia So poner su conciencia en salvo, y atender a la clàusula del tes, tamento de la Reina Doña Isabél, que declaraba en términos bien precisos, que los indios eran libres y se debian tener por tales; y por tanto á fin de conciliar intereses y opiniones tan diferentes, mandó que se volviése á tratar de la materia, y despues de haber oido à sus teólogos y juristas, declaró que provisionalmente y hasta mejor exámen, (147) fuésen dados los indios por libres, y tra. tados como tales; pero que subsistiéšen los repartimientos en la misma forma que se hallaban: (148) esto era reconocer el derecho que tenian los indios à la libertad, al mismo tiempo que los detenian realmente en la mas dura servidumbre. Verdaderamente que

[147] Esto era lo mismo que declararlos libres y hacerlos esclavos de hecho.

[148] Es decir, subsistiese la esclavitud contra la libertad.... todas las ordenanzas que hizo el Rey entonces eran muy buenas y sábias; mas no bastaron à suavizar el yugo de estos miserables ni surtieron efecto. Como se habian multiplicado las bestias de carga en la isla, se prohibió espresamente valerse de los infelices para cualquiera carga, ni de castigarlos con el palo ni el azote. Fué acordado que se nombrasen visitadores que fuésen como protectores de los indios, sin cuyo consentimiento no los podian poner en la cárcel. Finalmente se ordenó que además de los domingos y dias de fiesta, tendrian un dia de recreo y descanso cada semana, y que las indias preñadas no serian constreñidas á trabajar. Verémos adelante el poco caso que se hizo de estas órdenes.

Esto es lo que resultó de la junta célebre de varones ilustres por sus empleos y letras que de nuevo habia formado el Rey D. Fernando, queriendo que entre ellos asistiese el padre fr. Alon80 Espinar. Tambien se ventilaron todos los puntos concernientes á la conversion y buen tratamiento de los indios del nuevo mundo, y se determinó lo mas favorable para la propagacion de la fé y la inmunidad de los neófitos. Ordenóse asimismo que se fabricasen en la isla de San Juan de Puerto Rico, iglesias y un convento de San Francisco, para que le ocupàsen veinte y tres misioneros franciscanos enviados con provision competente de ornamentos y de todo lo necesario para llenar el objeto de estas providencias. Y en cuanto á los indios repitió el Rey sus órdenes, encargando con eficacia que se les hiciése buen tratamiento, dàndoles bien de comer, y no cargándoles como antes se hacia, y lo mismo se acordó para la isla Española. Ya se habia prevenido esto mismo en la primera instruccion que dieron los Reyes al Almirante D. Cristobal Colón, que refiere á la letra el obispo de Chiapa, (149) cuyo estracto conducente al asunto dice así: „Y porque esto mejor se pueda poner en obra, despues que en buen hora de lle

gada allá la armada, procure y haga el dicho Almirante, que to. „dos los que en ella van, é los que mas fueren de aquì adelante, „traten muy bien y amorosamente á los dichos indios, sin que les „hagan enojo alguno, procurando que tengan conversacion los unos

con los otros, y familiaridad, haciéndoles las mejores obras.... y si acaso fuere que alguna ó algunas personas trataren malá los indios en cualquiera manera que sea, el dicho Almirante como via ,,sorrey y gobernador de sus Altezas, lo castigue mucho por virtud „de los poderes que para ello lleva."

Lo mismo se encargó despues por los mismos Reyes cató. licos el año de mil quinientos uno al comendador D. Nicolas Ovándo, que fuè a gobernar la isla de Santo Domingo, mandándole, „que „procuràse con gran vigilancia y cuidado, que todos los indios de ,,la Española fuésen libres de servidumbre, y que no fuésen mo„lestados de alguno, sino que viviésen como vasallos libres, gober

(1497 Chiap. in replicat. alt. ad. object. sepul. ded. pag. 52 citat. á Solórzano politic. Ind. lib. 1. cap. 1%. pag. 50 no. 12.

„nados y conservados en justicia, y que procuráse que en la san,,ta fé católica fuésen instruidos, porque su intencion era que fué,,sen tratados con amor y dulzura, sin consentir que nadie les hi. „ciése agravio, porque no fuésen impedidos en recibir nuestra san,,ta fè, y porque por sus obras no aborreciésen à los cristianos, ..&c." Tuvo sin duda semejante instruccion el Almirante D. Diego Colón, y hace fuerza como pudiésen dudar los castellanos de la intencion del Rey D. Fernando sobre el particular; pero si se refleja cuanto pierden en la distancia las mejores providencias, no habrá que admirarse de los abusos que querian introducir los enemigos de D. Diego Colón.

Mientras proveía el Rey católico al buen tratamiento de los indios y apoyaba con su real autoridad el trabajo de los misioneros en reducirlos al gremio de la iglesia católica, pensaba el Almirante D. Diego Colón asegurarse de la isla de Cuba, temiendo que si tardaba en formar allì un establecimiento, no diése la corte esta comision à otro, y separase todavia esta isla de su gobierno. Hasta entonces no sabia mas de ella sino que tenia buena tierra, abundante de bastimentos, y llena de indios mansos y buenos; determinò pues poblarla, y para conquistarla y fundar allí una ciudad, enviò al capitan Diego Velazquez con el carácter de su teniente. Velazquez era uno de los mas antiguos colonos de la Española: habia tenido en ella los primeros cargos, y sido criado del Adelantado D. Bartolomé Colón: habiàse portado en dichos empleos con mucha conducta, y se habia adquirido la estimacion de los antiguos españoles de la isla; era rico, dotado de prendas, muy amable, y pasaba por un hombre rectisimo y muy honrado. Apenas se bubo publicado que el Almirante intentaba la conquista de Cuba, y que habia puesto los ojos en él para encomendarle esta empresa, que se movió mucha gente para seguirle, no con tribuyendo poco á esta apresuracion el rumor muy valido de que en aquella grande isla habia minas de oro. Asi se vieron llegar à la villa de Salvatierra de la Sábana, á donde se formaba el armamento mas de trescientos voluntarios de todos los parages de la isla Española, además de las tropas arregladas que se enviaban de orden del Almirante en este año de mil quinientos once. - Cuando estuvo el armamento pronto (que fué por el mes de noviembre) hízose à la vela con cuatro carabélas, y fué à desembarcar á un puerto llamado Palmas, situado al cabo de la pare te, oriental, que llamaban Maici en tierra de un cacique llamado Hatùey. (150) Este cacique habia nacido en la Española, y era de la provincia de Guába: como era hombre animoso salió de su tierra para evitar la esclavitud á que veia condenados á todos sus compatriotas, y habia pasado à la isla de Cuba, poco distante de su provincia, no habiendo mas que diez y ocho leguas de punta

[150] Que renunció al cielo porque supo que é èl tambien iban los españoles.

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