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vincias de la isla del modo que voy á referir. Tuvo' aviso el gok bernador Ovándo que ciertos compañeros de los que habian quedado de Francisco Roldán Ximenez, acostumbrados á vivir sin disciplina, y con la insolencia que les habia enseñado, cometian muchos excèsos en la provincia de Xaragùa, y la tenian movida à sedicion, haciéndose intolerables à los vasallos de Anacaona, que por la muerte de su hermano Bohechio la gobernaba con gran autoridad y policia, portàndose con el mismo afecto de siempre para con los castellanos; pero los señores ó caciques de la provincia que eran muchos y de prendas superiores à los demás de la isla, no pudiendo sufrir las repetidas vejaciones é insolencias de los castellanos, llegaban algunas veces a las manos con ellos para reprimirlos y vengar sus agravios; y como pretenden algunos historiadores, ofendida la princesa Anacaona de su ingratitud, hubo despues de nianifestar un ódio mortal à los españoles, maquinando el modo de echárlos de sus tierras. Cesaron presto las hostilidades; pero los castellanos despues de tener à esta princesa y sus vasallos inquietos con su violento proceder, informaban al gobernador que los indios de aquella provincia se querian alzar, y que su cacica conspiraba contra todos ellos, è importunando al comendador con estos repetidos avisos acordo ir à visitar aquella tierra para castigar la rebelion. Fué pues recibido de Anacaona y de los señores de su estado con la mayor veneracion, y Anacáona se esmero en hacerle mil servicios y obsequios, festejándole á la usanza de su pais con muchas danzas y cantares, y proveyéndole con abundancia de todos los mejores mantenimientos de su reino. "Los castellanos establecidos en aquel pais no veian con gusto esta buena inteligencia entre el comendador y la cacica, y persuadieron à Ovando que no convepid que fiase en las demostraciones amistosas de aquella prin. cesa: bien que no era necesario darle lecciunes sobre la materia. Dice Herrera, que al fin fué convencida esta cacica de haber tenido mala intencion contra los castellanos; pero po apunta las pruebas de semejante traicion. Oviedo pretende que lo supiese por la confesion de trescientos indios vasallos de Anacàona, que se les sacó dándoles tormentos, y parece aun que quiere justificar en todo la conducta de Ovàndo en esta ocasion; pero los demás historiadores y Herrera mismo, han tratado de este hecho como convenia, caracterizandolo de una barbárie sin ejemplar, y el mismo ]ul cio se formó en la corte de España. Sea pues que en efecto el gobernador se hubiese deja de persuadir de aquellos castellanos inficionados de las malas mañas de Roldán, que le hacian creer que aquella gente se queria rebelar, y que convenia sofocar sus malos intentos, antes que tuviesen mayores consecuencias; ó que segun las máximas de aquella detestable política, que en lo de adelante sirvió .como de regla general para la conducta de los primeros conquistadores españoles y gobernadores del nuevo mundo, ello es que se determinó å ejecutar una accion bien tirana, é indigna de un hombre de su caràcter y .explendor, pareciéndole que convenia ne

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dejar pasar low ocasion que se le presentaba de abatir con un golpe solo á todos los gefes cle un pueblo que creia aun demasiado po. deroso. Para que ninguna de aquellas víctimas que consideraba de. ber sacrificar a la seguridad de la colonia se le escapase, tomó esc tas medidas. Convocó a la princesa y á todos los grandes de su córte, persuadiéndoles que les queria hacer una gran fiesta à la usanza de España: concurrió una gran multitud de indios (105) á la novedad, y cuando pareció al gobernador que ya era tiempo de ejecutar su detestable proyecto, poniendo la mano sobre su cruz. (106) de Alcántara, que era la señaló el santo que habia dado à toda su tropa, para caer sobre los pobres indios que Henaban la plaza del palacio de Anacaona, se aseguró con engaño de la infeliz cacica, bienhechora de los españoles, y de su gente: pegó fuego á la sala donde estaban congregados à los que antes habia mandado atar y cercar en una casa: perecieron por tanto sin remedio estos miserables que veian arder con gran dolor suyo los indios fieles de Anucáona, a la que reservaron para un suplicio mas vergonzoso, pues luego la ahorcaron á su vista. Otros historiadoses dicen, que fué presentada al gobernador maniatada, y que la condujeron á Santo Domingo á donde despues de haber formado su proceso, fué declarada y convencida de haber conspirado contra los españoles, condenada por ello à la muerte, y que la ahorcaron públicamente. Nos pinta Oviedo à esta princesa como una muger dada á muchos vicios y excésos; pero ya hemos notado que este autor siempre ha tenido gran cuidado en acriminar sobre manera à todos aquellos que han experimentado los mas tristes efectos de la crueldad de los primeros castellanos conquistadores. Lo cierto es que en esta ocasion murieron innumerables indios y que no se ha visto jamás tan horrenda carnicería; todo fué confusion, grandes y chicos (107), hom. bros y mugeres, inocentes y culpables (si habia algunos fueron sacri. ficados al furor de la soldadezca. Dícese que algunos caballeros cas. tellanos, movidos de compasion algo interesada, reservaban algunos niños que querian hacer esclavos, llevàndolos en ancas. Otros venian por detrás á herirlos, y si alguno de ellos caia en el suelo le corta. ban las piernas, y así lo dejaban lastimado y desamparado. (108)

[105] Accion detestable del comendador Nicolás Ovándo.

[106] ¿Poner la mano sobre la cruz para ejecutar tal ba, jeza y utrocidad? ¡Buen Dios! ¿Pero de qué crímenes no fueron autores estos monstruos? ¡llollur de éste modo las leyes sacrosantus de la hospitalidad!.. ;No respetar su sexó, ni agradecer sus servicios de tantos años!... ¡Que poco necesita trabajar el pincel ni la pluma para pintar este cúmulo de bajezas é iniquidades en toda su deformidad!

[107] Este hecho de atrocidad fué imitado por Hernán Cortés en "Cholula. Véase sobre ésto lo que he adicionado à Chinalpain.

(108] Igual atrocidad ejecutada por Alvarado en el templo

. Este cruel hecho espantó grandemente à los indios, y muchos de ellos se fueron huyendo en sus canoas á una isla vecina de la Española. Bien procuró D. Nicolás de Ovándo justificar tal atentado; pero la Reina Doña Isabél lo sintió mucho, y hubiera hecho un ejemplar terrible con él, à no haberla la muerte cortado los pasos de la vida. Los demás indios que escaparon acaso de este asesi. nato, se huyeron á los montes llevándo á su cabeza un sobrino de

Anacáona, y tambien se pusieron en armas las provincias de_Goa- va é Hiniguayaga. Enviò el comendador dos capitanes de su sa

tisfaccion para contener este fuego que amenazaba crueles resultas: á la provincia de Hiniguayaga mandó á D. Diego Velazquez, que privaba mucho con él, y era de los que pasaron con el Almiran. te en su segundo viage, y á Rodrigo Mexia, hombre de valor á ·la de Hiniguaya; hicieron cara por algun tiempo los indios, pero al fin estos capitanes los subyugaron y por orden del gobernador se fundó en Veragua una villa que se llamó Vera Paz, y D. Diego Ve Jazquez (de quien se harà bastante mencion en la sèrie de esta obra) hizo otra en la provincia que apaciguó de Hiniguayaga que llaSalva-tierra de la Sábana. Fundáronse otras villas en parajes proporcionados para contener con estas poblaciones de españo. les los movimientos que se podian ofrecer de parte de los indios. Estaba el gobernador Ovàndo entendiendo en estos hechos tan trágicos, y en la pacificacion de la provincia de Veragua ò de Suruña, cuando con mil trabajos llegó al Cabo de San Miguel la ca. noa donde venia Diego Mendez, quien habiendo continuado su viage por tierra con grande priesa y atravezando muchos montes, llegó á la provincia de Xaragúa, y con mucha disimulacion sué recibido de Ovándo, dándole muestras de alegria y compasion del estado en que quedaba el Almirante, que decia le habia de socorrer de, un todo; pero lo cierto es que lo detuyo mucho en sus despachos, y despues al cabo de muchos ruegos é instancias le permitió ir á la ciudad de Santo Domingo à comprar un navio y abastecerle à cos. ta del Almirante para enviárselo como lo ejecutó fielmente.

Entre t.nto que Diego Méndez ponia toda su eficacia para sacar al Almirante de las angustias referidas despachándole lo mas pronto que podia el navio que le habia comprado, no faltaban trabajos en la isla Española, porque se volviò à poner en armas la provincia del Higuay que se lisongeaban haber pacificado, de modo que no se pudiese temer el mas mínimo movimiento. Juan de Esquibél habia obligado à Cotubanàma á recibir la ley y habia edificado dos fortalezas en aquella provincia. Formáronse despues algunos establecimientos de mayor consideracion y se creyó que con esto no le vendria la gana á aquellos isleños de alterar se; pero algunas veces se esperimenta que los que se hallan muy estrechados no miran como un mal una muerte casi cierta, ó se les hace

mayor de México causó la espantosa guerra de aquella capital, cuyo sitio excedió segun Torquemada al de Jerusalen.

cosa mas tolerable que lo que en la actualidad se padece, y esto es lo que aconteció à los habitantes de Higuay. No se les guardò à aquellos indios lo capitulado por Juan de Esquibél, sobre que hiciesen ciertas labranzas para el Rey, y que no serian forzados á irá Santo Domingo, ni sacados de su tierra bajo de pretesto alguno, pues en la sazón los mandaban llevar el pan que sacaban de dichas labranzas reales á Santo Domingo, y à mas de eso. los tenian ostigados los soldados, que habian quedado en la fortaleza bajo el mando del capitan Villamán con su vida licenciosa. Juntáronse los naturales, y consultando lo que les dictaba : la desesperacion, tumultuariamente atacaron la fortaleza, la quemaron y mataron à todos los soldados, á reserva de uno que pudo ir à llevar la-noticia. Con esto se vió empeñado el gobernador en una guerra muy molesta, porque los indios de aquella provincia, viven en los 'mon. tes, y están muy abastecidos de casabe, que nace hasta entre las pe.

ñas con: abundancia, y la tropa castellana no podia valerse bien de • la caballerìa; las veredas que llevaban à estos montes no eran fàci

les de conocerse por la mucha frondosidad de la tierra, y no hubo forma aun. à: fuerza de tormentos de obligar a aquellos indios, que los españoles habian hecho prisioneros, à servir de guias. Juan de Esquibél: encontró un dia un cuerpo competente de indios que hubieran, podido escaparse con facilidad entre la espesura de aquellos montes, inaccesibles; pero quisieron pelear y fueron desvaratados, algunos manifestaron un valor admirable, mejor diré un furor que no dejó de espantar á los mismos castellanos. .

Véronse algunos de esos bárbaros - que heridos con las ballestas de sus enemigos, sc atravezaban sus flechas en sus cuerpos y despues de habérselas sacado las cogian con los dientes, la hacian pedazos y las escupian contra los cristianos, pensando vengarse de esta manera: otros que habian sido cogidos prisioneros, como sus vencedores los quisiesen obligar- à correr adelante de la tropa para enseñarles los desfiladeros, se precipitaban de lo alto subre las puntas de los peñazcos, por no veerse en la precision de vender y hacer traicion á sus compañeros: uno hubo que habiéndose presentado à la cabeza del cjército, se atrevió a desafiar á un esa pañol llamado Alejo Gomez quien no pudo herirle una sola vez: fuè un espectáculo bastante singular y digno de admiracion, ver à un hombre solo y desnudo de todo,.con arco y, una flecha en la mano dar mil vueltas al rededor de un soldado bien armado y burg larse de los vanos esfuerzos que hacia para atravezarle. Este combate donde no hubo sangre derramada, divirtió largo tiempo a los circunstantes: cansose en fin el indio, y vuelto à juntarse con los suyos, estos lo recibieron con grandes aclamaciones de regocijo. Pasaron otras muchas acciones donde los bàrbaros manifestaron mu. cha resolucion y valerosa conducta. Al fin la astucia y el valor de Juan de Esquibél que mandaba la mayor parte de esta espedicion que se formó contra aquellos indios, pacificó esta provincia llegando à prender à Cotubanána, señor o cacique principal de

ella. Lleváronle en un carabelon à Santo Domingo, donde D. Nicolàs de Ovàndo le mandó ahorcar y perdonó à todos los demás. Tal fué la suerte del último Rey de la isla Española. No con menos infelicidad habian perecido los demás soberanos y señores particulares de ella; pero aunque los españoles para hacer ver el desprecio que hacian de este cacique, le dieron un suplicio tan vergonzoso, es de creer con todo eso que le hubieran concedide la vida, si no le hubieran temido, y à sus vasallus que mani. festaban cuan poco les faltaba para salir valientes y guerreros. Con esta muerte cayeron por tierra los esfurzos de la isla, pues era esta una de sus mejores provincias, y con estas sublevaciones casi se acabaron los indios en tales guerras, y por las demás razones que tengo insinuadas. Para conservar tranquila y quieta la isla, se formaron otros dos pueblos de castellanos, Salva-Leon, à las orillas del mar, y Santa Cruz, de Icayagua en el centro de las tierras: este último pueblo se destruyó al cabo de algunos años, y de sus ruinas se fórmó el que se llama Seibo ó Zeibo que està distante veinte leguas de la capital, y Salva-Leon del Higuéy està á veinte y ocho. De este modo se contaban el año de mil quinientos cua. tro en la isla Española, diez y, siete villas de españoles fúndadas: es á. saber. Santo Domingo, Azúa de Compostela, Vilia-nueva de Yaquino, Salva-tierra de la Sábana sobre la costa del Sud, Santa Maria de la Vera-Paz sobre el Ouéste, Puerto de Pluta, Puerto Real, y. Lares de Guahaba, sobre el norte, Santiago Bonão, el Cotuy, San Buenaventura, la: Concepcion de la Vega, Bonica, y Goaba cerca de las minas, y en medio de las tierras y las dos dichas: que se fundaron nuevamente al fin de este año, en lugar de las dos fortalezas que se habian fabricado en el Higuéy. La Isabéla y. varias otras fortalezas que se habian construido luego para asegurarse de las minas de Cibáo y de San Cristobal, se hallaban de algun tiempo á esta parte abandonadas. Obtuvo el comendador Ovándo de la corte armas para todas estas villas y plazas, y para la isla en general, cuyos despachos son de seis de diciembre de mil quinientos ocho. El historiador Herrera hace una prolija relacion de todas ellas, y el padre Charlevoix es. critor de la isla Española nos las ha transmitido bien gravadas, y blasonadas en un mapa inserto en el segundo tomo de su elegante historia.

En reducir à los indios del Higuéy y pacificar esta provincia se gastó casi todo este año de mil quinientos cuatro, y en este mismo año llegó al fin el navio que habia comprado D. Diego Méndez de cuenta del Almirante, en el cual se embarcó con toda su gente, bien quejoso del comendador á quien achacaba la detension que habia padecido un año entero en Jamaica, puesto en términos de perecer, y sufriendo tantas penalidades y trabajos no obstante la victoria que habia alcanzado sobre los amotinados. Llevó preso al gefe de las facciones capitan Porras, y queriendo tentar si podria otra vez entrar en el puerto de Santo Domin

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