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dieta), comenzó á llorar ante la clemencia divina y clamar ante los reyes católicos, poco antes de su muerte, y de D. Cárlos su nieto......... la gran destruición y asolamiento que nuestros españoles hacian en los indios naturales de estas regiones."1

Los asertos del sublime defensor de los indios fundábanse, ó bien en hechos que él mismo había presenciado y que refería "con protestación y juramento (de decir verdad)," 2 ó bien en documentos irrefutables, una "gran multitud de cartas mensajeras (dícenos) de diversos é muchos religiosos de las tres Órdenes, y de otras muchas personas, y de casi todas las Indias, avisándome de todos los males é agravios é injusticias que los de nuestra nacion hacian é hacen hoy consumiendo y destruyendo aquellas gentes naturales dellas, sin culpa alguna con que nos hayan ofendido;" 3 en otro lugar mani. fiesta el bienaventurado sacerdote que sabía cuanto acontecía en las Indias, “por las muchas y contínuas cartas y relacio. nes y clamores que de muchos cada dia rescibo de todas esas partes;'' 4 en su testamento otorgado en 1564 pedía “por caridad al muy R. P. rector del...... colegio de S. Gregorio que comiende algun colegial........ que de las........ (cartas y relaciones susodichas) haga un libro juntándolas todas por la órden de los meses é años...... y de las provincias que ve. nian, y se pongan en la librería del dicho colegio ad perpetuam rei memoriam, porque si Dios determinare destruir á España, se vea que es por las destruiciones que habemos hecho en las Indias y parezca la razon de su justicia.” 5 Seguramente no se cumplió con la última voluntad del santo apóstol y los preciosos documentos fueron destruídos; al menos, han permanecido ocultos hasta hoy. La acendrada virtud del

1 366.
2 En Fabié, II, 31.
3 Ídem, I, 236.
4 Idem, I, 246.
5 Docs. de México, II, 513.

venerable obispo, que conservó hasta su muerte "con ejemplos egregios de virtud," garantizaba plenamente la verdad de sus dichos, á tal grado, que la monarquía no sólo le oyó con atención, sino que le nombró "Protector vniversal de los Indios.” 2 Sus mismos enemigos "confesaban su buen celo." 3 Llamósele "Autor de mucha fé;” 4 y sus escritos fueron calificados de "bastantysimas probanzas” por el Colegio Hispano Boloniense. 5

No obstante, la ardiente y conmovedora palabra del ejemplar obispo fué oída fríamente por el pueblo español, á quien en todo caso nada podía importar que hubiesen muerto millones y millones de indígenas. Éstos eran idolatras y debían morir. Satanás no se desterraría de la América sino cuando cesase y acabase “la vida á los más de los indios.” 6 Dios mismo les aborrecía; su voluntad era, según decían entonces los licenciados Espinoza y Zuazo, “que estas gentes de indios se acaben totalmente, ó por los pecados de sus pasados ó suyos, ó por otra cabsa...... é que pase é quede el señorío é poblacion en...... (los monarcas españoles) é sus subcesores y pobladas de gente cristiana;" 7 de otro modo no habría bajado á las Indias la Virgen María, ya sola, 8 ya acompañada del apóstol Santiago, á auxiliar á los españoles en su obra de exterminio, dando aquél á los indígenas terribles cuchilladas y echándoles Nuestra Señora "polvo por las caras (para cegarlos);” o en cierta ocasión, cuando Francisco Pizarro con los suyos asesinaba en Caxamalca á los inermes y numerosos acompañantes de Atahuallpa, el propio apóstol se enardeció

1 Antonio, I, 191.2 2 Herrera, II, 321. 3 Ídem, II, 27.2 4 Ídem, II, 59.1 5 Docs. de América, XXXVII, 101. 6 Oviedo, Historia, I, 139.2 7 Docs. de América, XI, 348. 8 Varias Relaciones, 254. 9 Gomara, 3642

tanto, que él solo mató “más indios...... que todos los españoles juntos."' 1 Suárez de Peralta nos dice rotundamente: “La guerra que se hizo á los yndios fué toda hecha por Dios, y él la favoreció...... que los cristianos, á lo menos en la Nueva España, no fueran parte, los que fueron, para conquistar y pacificar aquella tierra." ?

¡Cosa peregrina! El pueblo español, que abominaba sin misericordia ni piedad á nuestros indígenas, porque algunos de ellos sacrificaban á sus enemigos ante los altares de los dioses, admiraba y santificaba á la vez con exagerado misti. cismo el sacrificio que Abraham no vacilo en hacer de su propio hijo al Dios de Israel.

Todavía agonizante en Atocha, año de 1566, el hoy inmor. tal don fray Bartolomé de Las Casas, pedía "á todos que continuasen en defender los indios, y arrepentido de lo poco que habia hecho en esta parte, suplicaba le ayudasen á llorar esta omisión; y estando con la candela para partir deste mun. do, protestó que cuanto habia hecho en esta parte tenia en. tendido ser verdad, y quedaba corto al referir las causas que le obligaron al empeño.” 3

Muerto el irreparable protector de los indios, continuaron reinando acerca de la Conquista, durante largos siglos y ya sin oposición alguna, las falsas ideas propaladas en las relaciones é historias primitivas.

Independidas de la Península sus principales colonias americanas, quedando en poder de éstas documentos análogos á. los informes que tan secretamente guardaba la monarquía. española, no tuvo ya razón de ser la ocultación de los mismos, por lo que se empezó á darles publicidad, aunque con gran lentitud y escogiendo, probablemente, los menos sensacionales. Era de esperar que en vista de ellos, la historia de

1 Ruiz Naharro, 245.
2 39.
3 Cepeda, 321.

la Conquista fuese justa en lo sucesivo, mostrándose inflexi. blemente severa hacia los españoles y compasivamente benigna hacia los indígenas. No sucedió así; debido sin duda á la influencia persistente de tres largas centurias, los historiadores modernos, aun los nuestros propios, han seguido haciendo de la Conquista, quizá inconscientemente, un cuadro engañoso en el que las figuras de los aventureros españoles, aunque un tanto rebajadas, aparecen colosales todavía, tan altas, "que es preciso alzar los ojos (para verlas);” 1 mientras que las de nuestros indígenas, cuando no se manifiestan ani. quiladas por “a cólera del cielo," 2 vense tan pequeñas y mezquinas, que casi pasan inadvertidas. Uno de nuestros profesores de Historia, don Justo Sierra, en una conferencia que dió ante el Ateneo de Madrid el 26 del último noviembre, después de prodigar á los conquistadores palabras ciegamente apologéticas, no guardó para los esforzados indios mexicanos sino la humillante figura de "una mujer que se arrastra.” 3 Fuera de que esos indios mostraron siempre altiveza real, preciándose no sin razón de que “todos eran señores,” 4 supieron defender á su patria “tan bravosos como ti

1 Orozco y Berra, IV, 644. 2 Prescott, Perú, I, 366.

3 El Mundo, plana 19—En la conferencia susodicha, tuvo don Justo Sierra otra ligereza imperdonable: la de asentar que la nacionalidad mexicana nació de la unión vergonzosa de Cortés con la desenvuelta Malintzin Tenepal (loc. cit.) El célebre profesor confundió lastimosamente el origen de la raza mexicano-ibera con la nacionalidad mexicana, preexistente entonces, como también preexistía la nacionalidad española cuando primero los romanos, luego los godos y posteriormente los árabes, conquistaron la Península. En todo caso, don Justo Sierra olvidó la historia de Yucatán, su propio Estado, donde, años antes que llegara Cortés, Gonzalo Guerrero había tenido ya varios hijos en una indígena muy principal, con la que le casaron los señores de Chectamal (Landa, 14-6.) Es tanto más de extrañar este olvido, cuanto que Gonzalo Guerrero fué el primer insurrecto español que combatió á sus compatriotas en Nueva España, poniéndoles en grandes trabajos y peligros (Gomara, 186.)

4 Cortés, 187.

gres” ' y "leones," ? y lucharon por ella "hasta el vltimo es

piritu." 3

Preciso es pues que alguna voz, siquiera sea en las postri. merías del siglo XIX, rinda debido tributo á la verdad y á la justicia, al mismo tiempo que á la memoria ultrajada de los infortunados indígenas de América.

Como por carecer de tiempo y otros elementos no me era posible reconstruir la historia completa de la Conquista, me he limitado á trazar los rasgos generales que la caracterizaron, sobre todo en lo que concierne á mi patria; pero cuidando de referirme, las más de las veces, á los escritos de los mismos conquistadores: aun con sólo ellos he logrado demostrar que el glorioso don fray Bartolomé de Las Casas se expresó efectivamente en todo con verdad y aun se quedó corto. Aquellos aventureros, a pesar de su prurito de elogiarse hasta lo increíble y deprimir en cambio de manera desmedida á los indígenas, confiesan sin embargo con sorprendente frialdad muchos de sus monstruosos hechos, convencidos, como don Fernando I de Castilla, de que con ellos se acreditan ante la gente y agradan á Dios: nos refieren á la vez, sin darse cuenta de lo que hacen, porque su ignorancia y rudeza les cegaba, un gran número de detalles que revelan la esplendorosa civilización que destruyeron y las raras virtudes de sus infortunadas víctimas.

Para dar mayor fuerza á mi estudio, no sólo me refiero continuamente á los conquistadores é historiadores españoles más autorizados, sino que transcribo sus palabras literalmente; y para que no se me objete que doy por probado lo que trato de demostrar, no cito á nuestro irreprochable don fray Bartolomé de Las Casas en cuanto tiende á determinar el carácter de la Conquista.

Destino toda la primera parte de mi obra para trazar, aun

1 Díaz del Castillo, 1812.
2 Idem, 1602
3 Herrera, III, 191.

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