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del general solo le prevenia que escogiese un compañero que voluntariamente quisiera venir con él. No queda noticia alguna de lo que hizo el P. Mendieta en los dos ó tres años que pasó en España.

Vuelto á México, donde fue muy bien recibido, tanto por lo que todos le estimaban, como por el socorro de religiosos que traia, le vemos ya desempeñar cargos en la órden. En 1575 y 76 era guardian en Xochimilco, durante la gran peste que afligió a los indios: hacia 1580 estaba en Tlaltelolco, no sé si como prelado, y en 1588 residia en Santa Ana, cerca de Tlaxcala: en esta última ciudad era guardian hácia 1591, y lo fué tambien en Tepeaca y Huexotzingo, aunque no he podido averiguar en qué años. Llegaron á nombrarle guardian del convento de México; pero renunció el cargo: obtuvo por dos veces el de definidor, y me admira que no llegase á provincial. Llama la atencion que habiendo vuelto á la Nueva España con el encargo de escribir la historia de la provincia, para lo cual necesitaba tiempo y sosiego, y aun por eso se le concedió la facultad de residir en el convento que más le acomodara, fuese entonces cuando le distrajeran con esos nombramientos, lo cual fué sin duda causa de que no concluyera su grande obra sino veinticinco años despues de haber recibido la órden de escribirla.

Pero el considerable trabajo que hubo de gastar en ella, y el desempeño de los oficios que se le confiaban, no era lo único en que ocupaba su tiempo. Si bien el P. Mendieta no era á propósito para predicar en lengua castellana, como antes hemos dicho, todos estaban contestes en reconocer su mérito como escritor. Llamábanle el Ciceron de la provincia, y se le encomendaba la redaccion de todos los documentos que se extendian en nombre de ella, así como la de las cartas que se habian de dirigir á personas constituidas en dignidad. Pedíanle muchas veces su parecer vireyes y consejeros, por ser conocido y generalmente apreciado su buen juicio, y aun le confiaban negocios de gobierno. El mismo nos refiere que era guardian en Tlaxcala cuando salieron de allí cuatrocientas familias para ir á poblar entre los chichimecos, y no fué él quien menos trabajó en el negocio. Ocupóse asimismo con todo empeño en la empresa de reunir en poblaciones á los indios que vivian desparramados por los campos; empresa que tomó muy á pechos, por creer indispensable su ejecucion para facilitar la doctrina y civilizacion de los indígenas.

Entre las distinciones que recibió de sus hermanos en religion, hubo una, quizá la mas notable de todas y que dá mayor idea de la estimacion en que era tenido. Sabida es la importancia que entonces se daba á las elecciones de oficios que los religiosos hacian en sus capítulos; cosa muy natural cuando las órdenes desempeñaban un papel tan importante en la organizacion religiosa y aun politica del pais. Cierto que en los primeros tiempos de su establecimiento entre nosotros aun se conservaba vivo el verdadero espíritu religioso, restaurado en ellas por la reforma que con tanto celo y energía habia llevado á cabo el insigne cardenal Jimenez, apoyado por la reina D. Isabel la Católica, y que no se veian en los capítulos aquellas ambiciones y aun discordias que más adelante hubo que lamentar en ellos; mas no por eso es menos honroso para nuestro Fr. Gerónimo, que la provincia entera, representada por sus más distinguidos moradores, le creyese capaz de verificar por sí solo una buena eleccion de todos los oficios. Torquemada es quien nos 1 efiere este caso con las siguientes palabras: «Sucedió, que en ciero to capítulo que se celebró en esta provincia del Santo Evangelio, » en aquel siglo dorado, cuando se sustentaban los de esta sagrada » religion, como los de los primeros siglos del mundo, con castañas » y manzanas, como refiere Virgilio, y otras legumbres, para solo » pasar lo forzoso de la vida, que los padres congregados en él le » encomendaron los oficios de la Tabla, así de guardianes como de »intérpretes (porque el guardian que no era lengua llevaba uno, » como ahora tambien se usa), y le dijeron que comprometian en » él, por la satisfaccion que de su buen juicio tenian, y que mientras » la estaba haciendo y distribuyendo, ellos lo estarian encomendan» do á Dios en las horas ordinarias del coro y misa, y con otras par»ticulares oraciones. Y encargándose Fr. Gerónimo de la dicha Ta» bla y distribucion de oficios, la hizo como mejor supo y Dios se »lo dió á entender, porque entonces nadie pedia, ni á nadie por pe»ticiones y ruegos se le daba. Acabada la dicha Tabla, hizo juntar »á definitorio, y en él la leyó; y como la iba leyendo, la iban apro»bando los padres de él, y el prelado superior confirmando. De » manera que ni añadieron ni quitaron de como venia en borron, y » firmándola, la leyeron y se concluyó el capítulo: de donde se in»fieren dos cosas: la una, el crédito grande que de este P. Mendieta » tenian todos, y el buen juicio que en esto mostró; y lo otro, el » poco cuidado que causaban entonces los oficios, pues más se aten» dia á la oracion, que á procurarlos; cosa necesarísima para el buen » acierto de un capítulo.» A pesar de esta muestra de confianza, y de que ella manifestaba bien, como dice Torquemada, el poco caso que entonces se hacia de los oficios, el P. Mendieta previó sin duda que ese desprendimiento no seria de larga duracion, pues escribió al general de la órden, Fr. Francisco Gonzaga, una carta proponiéndole la fundacion de una cofradía cuyos individuos se obligaran á no pretender nunca oficio en la órden ni fuera de ella, y á no tener presente, al hacer las elecciones, mas que el mérito del sugeto, sin atenderá su nacionalidad ó residencia. Trae Torquemada la carta del P. Mendieta y la protesta que proponia hicieran los cofrades; mas los buenos deseos del autor no llegaron á tener efecto. Como el P. Gonzaga gobernó la órden desde 1579 hasta 1587, entre estas dos fechas hay que colocar la de aquella carta. Quien así procuraba que los demas siguiesen el espíritu del instituto que habian profesado, no podia ser omiso en la observancia de su regla, y los cargos que desempeñó no fueron obstáculo para que siguiese siempre la vida comun, sin excederse de lo permitido á todos los religiosos en general. Aunque en sus escritos descubre un carácter fogoso y enérgico, era sin embargo, muy sufrido, silencioso y reportado, haciendo que su compañía fuese agradable a todos. Amaba á los indios y los defendia en cuantas ocasiones se presentaban, como á cada paso se echa de ver en su Historia. Era muy devoto de la Virgen, y para extender su devocion hacia pintar en tablas los misterios del rosario, como tambien los principales misterios de la fe y algunas historias de ambos Testamentos, a fin de que todo se grabase mas fácilmente en la memoria de los naturales. De estos cuadros dejó varios en los conventos donde moro. Aborrecia la ociosidad, diciendo con razon que era la puerta por donde entraban todos los vicios; y por huir de ella, se ocupaba en rotular los libros del convento, cuando le sobraba tiempo despues de cumplidas sus obligaciones. Uno de sus biógrafos (5) nos cuenta, que siendo nuestro P. Mendieta guardian en Tlaxcala, y estando alli el V. Fr. Sebastian de Aparicio, oyó este una música celestial, y buscando dónde se hallaria, encontró que era en la celda del guardian. Dése á esto el crédito que se quiera, prueba por lo menos el alto concepto que se tenia de sus virtudes.

En santas y útiles ocupaciones llegó nuestro autor al término de su larga carrera. Habia pedido á Dios que su última enfermedad fuese penosa, y tal que le sirviese de expiacion á sus culpas: su peticion fué escuchada, porque sufrió largo tiempo de una diarrea ó disenteria, sin que se agotase nunca su paciencia, hasta que llegó la última hora el dia 9 de Mayo de 1604. Tenia próximamente ochenta años. (7) Fué sepultado en el convento de México, y sus cenizas, como las de tantos otros insignes varones, han sido dispersadas por el huracan revolucionario que arrasó el venerable edificio donde reposaban.

Entre las innumerables cartas que escribió el P. Mendieta al rey, al consejo de Indias, á los vireyes, á los prelados de la órden, y á individuos particulares, siendo muchas de ellas en favor de los in

(5) « Fué guardian de Tlaxcala, donde el V. P. Fr. Sebastian de Aparicio acre» ditó su virtud, porque oyendo cantar á los ángeles, fué buscando dónde, y viendo » que era en la celda del V. P. Fr. Gerónimo, preguntó a los religiosos, cuya era la » celda, y diciéndole que del guardian, dijo: A quien los zagalejos cantan, buena » alma tiene.» (BETANCURT, Menologio franciscano, pág. 46.) La noticia original es de Fr. Juan Bautista. ( Ubi supra.)

(6) « Fué la enfermedad un desbarato del estómago que rompió en sangre, la cual » le duró mucho tiempo, y le obligó á irse á la enfermería, donde estuvo muchos me» ses, padeciendo de ella mucho.) TORQUEMADA, lib. XX, cap. 73.

(7) Beristain (Biblioteca Hispano - Americana Septentrional, México, 1816-21, tom. II, pág. 289), dice que setenta, y de ser cierto resultaria que vino de veinte años, ordenado ya de misa, lo que no es creible. Segun Fr. Juan Bautista, el P. Mendieta murió el 1o de Mayo; pero prefiero la fecha que señala Betancurt, quien para escribir su Menologio consultó los registros de la órden, y está conforme con Torquemada.

dios, solo dos han llegado hasta ahora á mi noticia. Una es la mencionada arriba, que dirigió al general Gonzaga: tráela Torquemada, segun tambien queda dicho. La otra es la que publique en el tomo II de la Coleccion de Documentos para la Historia de México, donde puede verla el lector. Tiene la fecha de 1562: va dirigida al padre comisario general Fr. Francisco de Bustamante, y es tan extensa como importante. Su contenido puede resumirse en lo que dije acerca de ella en la introduccion de aquel volúmen: «Es una vigoprosa apologia de los frailes, una defensa de la autoridad del virey, » una terrible acusacion contra la audiencia, y de paso contra los »empleados del gobierno en general, y hasta contra todos los espavñoles que no eran frailes. El estilo es vehemente, y con frecuen» cia cáustico.) Si se conservaran los escritos sueltos de nuestro Fr. Gerónimo, formarian una coleccion inestimable para el futuro historiador de aquella época. (8)

Pero la principal memoria que el P. Mendieta dejó á la posteridad, es su Historia Eclesiástica Indiana, que ahora ve por primera vez la luz pública, despues de haber permanecido doscientos setenta y cuatro años en la oscuridad. Acabóla en 1596, segun en varios lugares de ella misma se expresa, é inmediatamente la envió á España, como se le tenia mandado, para que allá se imprimiese, lo cual no tuvo efecto, ni volvió a hablarse mas de la obra. Ningun autor, posterior á Torquemada, la cita: el diligente Barcia no pudo hallarla; y como nadie habia logrado descubrir el menor rastro de ella, se consideraba generalmente como perdida sin remedio. Mas el año de 1860 recibí de Madrid un aviso de que entre los papeles que dejó á su fallecimiento el célebre D. Bartolomé José Gallardo, se encontraba el MS. de la Historia Eclesiástica Indiana de Fr. Gerónimo de Mendieta. Tal noticia, de cuya exactitud no podia yo dudar un momento, por dármela quien me la daba, despertó en alto grado mi deseo de adquirir aquel manuscrito, no para esconderle en mis estantes, sino para hacer participes á todos de mi buena fortuna, y salvar del olvido una obra tan celebrada, dándola inmediatamente a la prensa. Y como ocurriese que pocos meses despues hiciera viaje a Europa mi antiguo y excelente amigo el Sr. D. José María Andrade, le di el encargo de arreglar el negocio. En efecto, el Sr. Andrade hizo aun mas de lo que yo le habia encargado, pues adquirió el manuscrito á su propia costa, y el mismo dia de su llegada á México, le puso en mis manos, dejándole enteramente á mi disposicion. La primera dificultad, que era la adquisicion del manuscrito, estaba ya vencida: la segunda, que era la impresion de él, queda hoy superada á expensas mias.

(8) Betancurt (Teatro, 4a parte, pág. 127), y el P. Florencia (La Estrella del Norte de México, México, 1688, en 4., cap. 13, § 8, fol. 77), manifiestan intenciones de atribuir á nuestro Mendieta una Relacion de la Aparicion de Nuestra Señora de Guadalupe; pero la especie está tan destituida de fundamento, que los mismos que la indican no se atreven á sostenerla.

El precioso manuscrito es un tomo de á folio, encuadernado en pergamino. Tiene el título en una portada historiada, hecha de pluma. En la parte superior se ven, dentro de un medio punto, las armas de Austria, con las dos columnas y el lema PLVS VLTRA: en las dos esquinas hay dos ángeles. Los costados del cuadro son dos macetones de capricho, terminados con pájaros. En la parte inferior está el escudo de las llagas, rodeado de un laurel y sostenido por dos leones: al lado de cada uno de estos se ve otro animal fantástico y harto extravagante. Dentro del cuadro formado por estos dibujos se halla el título que el lector puede ver en la 1.° página de esta edicion, notándose que el espacio blanco del interior del cuadro fué recortado, y el título está en otro papel pegado por detras. A esta portada sigue una hoja con la Obediencia del general de la órden, y tiene cortado el márgen inferior: luego vienen dos hojas con la Dedicatoria en tres páginas; otra hoja con el Prólogo, y otra con las Advertencias preámbulas. Las firmas del P. Domayquía son originales, y todos estos principios están escritos con un carácter de letra grueso imitando el de imprenta.

Inmediatamente despues se encuentra una hoja ocupada toda con un dibujo de pluma que representa á un fraile en el púlpito, con una vara en la mano, y explicando la doctrina á un gran concurso de indios. Tiene grande analogía este dibujo con el de las portadas de la Monarquía Indiana del P. Torquemada. En la parte inferior se lee este texto: «Spús Dñi fup me: Euangelizare paupibo mifit me Ea.61.» En la foja siguiente, marcada con el número 1, comienza el libro primero: no tiene prólogo, aunque se hace referencia á él en el del libro segundo, y es casi seguro que existió, porque todos los otros libros le tienen, y porque entre la hoja del dibujo y esta primera, hay señal evidente de faltar nada menos que cinco hojas, que han sido cortadas, y de cuyo márgen interior aun quedan pequeñas tiras: acaso aquí tambien se encontraba el prólogo general de la obra. Pérdida sensible, que nos priva probablemente de algunas noticias curiosas é interesantes.

El libro primero termina en la foja 36. El título del segundo se halla dentro del mismo marco de la portada principal, con solo algunas diferencias en los macetones de los costados. Sigue á esta hoja otra llena de dibujos: arriba dice: «Tipus sacrificiorü, quae in templis Demonum Indi imaniter faciebant;» y abajo: «Immolauerunt Daemonijs, et non Deo: Dijs, quos ignorabant. Deutero. xxxII.» En el centro del dibujo está un gran templo de los indios en que se ofrece un solemne sacrificio, y delante una danza, con el letrero «Saltatio Indorum.» La parte superior la ocupa un pueblo: se ven casas, árboles y algunos indios en diversas ocupaciones: en lo mas alto hay un pedazo de laguna en que navegan canoas: sin duda quisieron representar la ciudad de México. En la parte inferior del dibujo está una fuente, y alrededor unas casitas y muchas plantas con sus nombres, como «Maguei, Liquidanber, Plantano,

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