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dando aviso de la destruicion que se hacia, apenas hobiera quedado para el tiempo en que estamos rastro de indios en todo lo que españoles tienen hollado, en lo que llamamos Indias, que son al pié de dos mill leguas de tierra, si no son mas. Y aunque esta culpa trajo consigo parte de pena, que es privarse España de tanta multitud de vasallos como pudiera tener si los conservara, con otras muchas (y que mas se han sentido) ha castigado Dios aquellos reinos por los descuidos que en este su negocio de salvacion de almas se ha tenido. Y para mí tengo que todos ó los mas trabajos que en estos nuestros tiempos España ha pasado, han sido azotes enviados del cielo por este pecado. Y porque no parezca que hablamos de gracia, quiero traer solos dos ejemplos de lo sucedido en la misma materia, que concluyen sin poderse negar. Y sea el primero el de los moriscos de Granada. Quién pensara que á cabo de ochenta años despues que Granada se ganó, y que todos los moros que quedaron en España se habian baptizado, y que todo este tiempo habian estado quietos y pacíficos, y siendo pocos, solos y subjetos, y de todas partes cercados de multitud de cristianos viejos, se habian de atreverá rebelarse y alzarse, y que pudieran hacer el estrago que en tantos españoles hicieron, pues murieron en la gresca cincuenta mil cristianos (que no fué pequeño azote para España). Y si este fué azote enviado de Dios, ó caso fortuito, ó si fué ó no fué porque de aquellos nuevos baptizados se tenia en España mas cuenta con sus servicios, pechos y tributos, que con su cristiandad, yo no lo digo, mas hállolo escripto y revelado mas de ciento y cincuenta años antes que ello así pasase, por el glorioso Arcángel S. Miguel á un devoto obispo en los reinos de Francia, por estas palabras formales: «El pueblo de España su- Rebelio de los frirá grandes mutaciones, y novedades y enemistades, y muchos ¿ daños por los moros que ellos mismos sostienen y mantienen, por el gran servicio que les hacen: y serán mayores y mas poderosos que ellos, porque mas amaron el propio servicio, que la honra del nombre de Jesucristo. Y hallarlos han entonces contra los cristianos crueles enemigos y terribles matadores, hasta que sea dado fin á aquel pueblo malvado, el cual de todo punto, con su secta mahomética, debe ser casado, destruido y aniquilado para siempre sin fin, segun que ellos mismos lo pronuncian por sus escrituras y doctores.» Hallarse ha esta revelacion en un libro de los santos Án

" Es decir, borrado, destruido, aniquilado, acepcion antigua del verbo casar.

geles, que compuso Fr. Francisco Ximenez, fraile menor, en el quinto tratado, capítulo treinta y ocho. El que yo he visto es impreso en Burgos por Maestre Fadrique de Basilea, año de mil y cuatrocientos y noventa. El segundo ejemplo será en lo sucedido acá en las Indias al mismo tiempo de lo del reino de Granada. ¿Quién dijera y quién nunca creyera, que en una tierra de suelo y cielo y condicion de hombres tan pacífica y quieta como la Nueva España, y estando nuestro rey de Castilla tan apoderado en ella, se habia de boquear cosa de rebelion por parte de españoles, como hemos visto que se trataba; pues á unos les ha costado las vidas, y á otros las haciendas, y á otros dejar sus casas, y que al Marques del Valle le ha alcanzado buena parte de estos trabajos? Y hallamos que esta trama se urdia al tiempo que un visitador del rey, oidor del consejo de Indias, bien olvidado de aprovechar á los indios en las cosas de su cristiandad y de desagraviallos de vejaciones, andaba dándose priesa en augmentarles los tributos, con tanta solicitud y hambre de dinero, que hasta los niños que andaban en brazos de sus madres, se halló entonces haberles llevado tributo en muchas partes. Aunque él se excusó que no fué por su mandado, y mostró pena de ello, mas no para volver á cuyo era lo indebidamente llevado, diciendo que lo que habia entrado en la caja del rey no se podia sacar de ella sino para España. Fué tanto el sentimiento y cuita de los indios en aquellos dias de esta nueva imposicion, que no sé si por verlos tan mohinos y quejosos del visitador del rey, tomaron osadía los conjurados para su rebelion, haciendo cuenta que fácilmente tendrian los naturales por suyos, con decir que los tratarian mejor, y se contentarian de ellos con poco tributo. Y es lo bueno, que el rey (como es de creer) estaba inocente de lo que su visitador hacia, y acá la tierra clamaba contra su persona que el otro representaba. Y Dios, movido por el clamor de los pobres, levantó el azote para sacudille por la culpa del descuido, y no lo hirió, aunque hirió a otros; y de aquel golpe mató muchos pájaros, y por ventura debajo de aquel título de rebelion castigó otros diferentes pecados con que no tanto el rey de la tierra cuanto el del cielo era ofendido. Todo esto traigo á fin que se entienda con cuánto celo y cuidado sin descuido nuestros católicos reyes de España deben hacer y solicitar el negocio tan arduo que Dios les tiene puesto entre manos del llamamiento y conversion de las gentes, teniendo lo que es de Dios y salvacion de almas por principal intento, y lo demas por accesorio, esperando como fieles cristianos

en Jesucristo y en su palabra, que buscando primero el reino de
Dios y su justicia, las demas cosas temporales les serán augmenta-
das y prosperadas, mucho mejor que si de propósito las preten-
diesen, y no confiando totalmente este negocio de criados ni de
consejeros, que á veces por ganar la voluntad de los príncipes, con
decir que les mejoran sus reales patrimonios, y las mas veces por-
que les corren sus propios intereses y provechos, ensanchan sus
conciencias y encargan las de sus señores, y destruyen sus reinos
y vasallos, como acaeció á los Reyes Católicos con toda su bon-
dad y santos propósitos, segun que se verá abajo en los capítulos
siguientes.
LA CLAUSULA DEL TESTAMENTO

DE LA CATóLICA REINA Do WA ISABEL.

Item, porque al tiempo que nos fueron concedidas por la santa Sede Apostólica las Islas y Tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intencion fué al tiempo que lo suplicamos al señor Papa Alejandro VI de buena memoria, que nos hizo la dicha concesion, de procurar de inducir y traer los pueblos de ellas, y los convertirá nuestra santa fe católica, y enviar á las dichas Indias, Islas y Tierra Firme, prelados y religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir los vecinos y moradores de ellas en la santa fe católica, y los enseñar y dotar de buenas costumbres y proveer en ello la diligencia debida, segun mas largamente en las letras de la dicha concesion se concede y se contiene. Por ende suplico al Rey mi Señor muy afectuosamente, y encargo y mando á la dicha Princesa mi hija, y al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan cumplir, y que este sea su principal fin, y que en ello pongan mucha vigilancia y no consientan ni den lugar que los indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme ganadas y por ganar reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados. Y si algun agravio han recibido, lo remedien y provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las letras apostólicas de la dicha concesion nos es inyungido y mandado.

CAPÍTULO VI.

Del faco suceso que hobo en la conversion de los indios de la isla de Santo Domingo y de los obispos que ha tenido.

Grandes propósitos de buenos tuvieron los Reyes Católicos (como se ha visto) cerca de la conversion y doctrina de los naturales de las Indias que se conquistaban. Y si los gobernadores y otras personas que enviaron para el efecto tuvieran su espíritu, ó se rigieran por él, no hay dubda sino que este negocio tuviera otro

Math. 6.

Cláusula del testa

mento de la reina ca- .

tólica Doña Isabel.

suceso mejor del que tuvo. Pero en fin, no dejaron los buenos reyes de dar el órden y medios que para ello les pareció convenir. Y si algun descuido de su parte hobo, no seria otro sino hacer entera confianza de las personas que á las Indias enviaban, y de los consejeros que andaban á su lado; no creyendo que los que ellos tenian probados por hombres de sana intencion, la nueva ocasion del oro y el tratar con gente simple los mudaria. Como sus Altezas se hallaron en Barcelona al tiempo que Cristóbal Colon llegó con las primeras nuevas, y cosas que llevaba de las Indias, queriendo proveer, cuanto á lo primero, ministros eclesiásticos que industriasen aquellas nuevas gentes en las cosas de nuestra santa fe católica y los hiciesen cristianos, eligieron un religioso de la órden del bienaventurado S. Benito, hombre de letras y buena vida, ¿: llamado Fr. Buil, de nacion catalan, el cual procuraron que trujese Indias, plenísimo poder de la Silla Apostólica para todo lo que se ofreciese, como prelado y cabeza de la Iglesia en partes tan remotas; y con él enviaron tambien una docena de clérigos doctos y expertos y de vida aprobada, y proveyéronlos de ornamentos, cruces, cálices y imágenes, y todo lo demas que era necesario para el culto divino y para ornato de las iglesias que se hobiesen de edificar. Dieron asimismo órden cómo las personas seglares que con ellos hobiesen de pasará Indias fuesen cristianos viejos, ajenos de toda mala sospecha. Y así vinieron muchos caballeros y hidalgos, y entre ellos algunos criados de la casa real por dar contento á los reyes, que mostraban mucha gana de favorecer esta santa obra de la nueva conversion. Vinieron todos estos el segundo viaje que hizo Cristóbal Colon con título de Almirante de las Indias. Y llegados á la isla Española, como vieron la muestra que aquella tierra daba de mucho oro, y la gente de ella aparejada para servir, y fácil de poner en subjecion, diéronse mas á esto que á enseñarles la fe de Jesucristo. Subjetados los indios (que habria un millon y medio de ellos en toda la isla), repartiólos todos Colon entre sus soldados y pobladores y otros criados y privados de los reyes, que de España lo granjeaban, para que les tributasen como sus pecheros y vasallos, imponiendo á cada uno de los que vivian en comarca de las minas, que hinchiesen de oro lo hueco de un cascabel, y á los que no comunicaban con las minas, impuso cierta cantidad de algodon, y á otros otras cosas de las que podian dar; y esto no fuera causa de su destruicion, antes bien, tolerable tributo, si despues no entrara de rota batida la desenfrenada cobdicia, sirviéndose de todos los indios como de esclavos para sacar el oro: y esto no fué imposicion de Cristóbal Colon, sino invencion de algunos sus compañeros que lo comenzaron, y despues lo alentó y canonizó otro inícuo gobernador, como al cabo de este primero libro se verá. Fr. Buil y sus compañeros no dejaron de baptizar algunos indios, pero pocos; y aun aquellos (segun se sospecha) más se baptizaban por lo que les mandaban sus amos, que movidos á devocion por las obras y buena vida que en ellos veian. Antes por presumir y jactarse los españoles del nombre de cristianos, haciendo por otra parte las hazañas que hacian, fueron causa de que los indios abominasen de este nombre, como de cosa pestífera y perniciosa. Y aun hoy en dia por la misma razon lo tienen por sospechoso los que no están muy doctrinados y enseñados de cómo entre los cristianos hay muchos malos que no guardan lo que en el baptismo profesaron, y que por esto no deja de ser santa y perfecta y necesaria á las ánimas la ley de nuestro Señor Jesucristo. Estuvo Fr. Buil dos años en la isla Española, y lo mas de este tiempo se le pasó en pendencias con el Almirante, y no (segun parece) por volver por los indios y procurar su libertad y buen tractamiento, sino porque castigaba con rigor á los soldados españoles por males que hacian á los naturales, y por otras culpas que cometian. El Colon era culpado de crudo en la opinion de aquel religioso, el cual, como tenia las veces del Papa, íbale á la mano en lo que le parecia exceder, poniendo entredicho y haciendo cesar el oficio divino. El Almirante, que en lo temporal tenia el imperio, mandaba luego cesar la racion, y que á Fr. Buil y á los de su casa y compañía no se les diese comida. Llegados á estos términos, poníanse buenos de por medio que los hacian amigos, aunque para pocos dias, porque en ofreciéndose otra semejante ocasion, volvian á lo mismo, y como esta rencilla se continuase, hubo de parar en que los reyes los enviaron ambos á llamar. Y aunque hubo quejas contra Colon, prevalescieron sus servicios y trabajos, y volvió á Indias con el mismo cargo. Y para el gobierno eclesiástico fueron proveidos prelados: por obispo de Santo Domingo, Fr. García de Padilla, de la órden de S. Francisco, que fué el primer obispo de la primera Iglesia de Indias; y D. Pedro Juarez de Deza, por obispo de la Vega. Este pasó á su obispado y lo rigió algunos años. El Fr. García murió en España antes que pasase. Desgracia fué para los indios de aquella isla, y aun para los reyes de Castilla (cuyos vasallos eran), porque con la libertad á que estaba hecho de no

Obispo primero de Indias, fraile francisco.

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