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Cárlos I á Italia, en cuyo viaje le arrojaron una piedra desde un castillo ó torre.

Dla 13.

Distinguióse la ciudad de Sevilla en entregar por medio de procuradores á D. Enrique II, en las Córles de Toro de 1371, trece peticiones que oyó benignamente este monarca, dando respuesta á todas con pruebas nada equivocas del amor que tenia á Aquella ciudad. Conforme ellas, la fueron confirmados todos los privilegios que la dieron los reyes de Castilla, y principalmente D. Alonso XI. Fué recibida la exaccion del diezmo que antes pagaban los vecinos al adelantado'y sus oficiales por razon (je las entregas que hacian á la veintena parte del valor. Igualmente se derogó el abuso de prender á las mujeres y embargar sus' bienes por razon de fianza que hubiesen hecho sus maridos ó por deudas fiscales. Aprobóse toda respuesta ó contestacion á pleitos, aunque se hiciesen en dias feriados, con tal que fuese hecha dentro del término de la ley.

Revalidó el monarca á favor únicamente de los vecinos y moradores de Sevilla el privilegio antiguo, por el cual todo aquel que mantenia caballo y armas año y dia, no pagaban moneda, ni su mujer é hijos, durando esta gracia, muerto el padre, en sus hijos varones hasta la edad de 17 años, y en las hijas hasta que se casasen; y tambien se estendió este privilegio á los que mantuviesen yeguas de silla.

Asimismo se declaró que los jueces eclesiásticos no pudiesen poner presos á los legos por deudas que debiesen á la iglesia ó clérigos. Se derogó el diezmo que Gonzalo Ruiz cobraba como administrador de las atarazanas de Sevilla, de todo el carbon que entraba en la ciudad para el reparo y composicion de las galeras del rey, y se prohibió prender á sus deudores sin ser primero oidos ante los jueces de la ciudad,quedando únicamente para hacerlo dicho administrador con las personas dependientes y empleadas en los trabajos.

Quitóse el abuso de caer en pena los empadronadores puestos por el concejo para enumerar los contribuyentes, siempre que so probase no haber procedido con malicia en las ocultaciones. Se anuló toda demanda de bienes vendidos ó condonados legitimamente, que moviesen los parientes del vendedor ó donador, si aquellos no eran del abolengo ó patrimonio, y aun en este cas« debian hacerlo dentro de nueve dias, hallándose en el pais.

Tambien se corrigió el abuso de despojar á todo po'eedor sin ser oido primeramente en juicio, y el de abrirlo sobre pleito en que hubiese sentencia en grado de suplicacion. Últimamente, mandaba el rey que ningun vecino de Sevilla fuese emplazado á Toledo, como hasta entonces se habia acostumbrado , sino únicamente á la córte, cuando la naturaleza de la demanda lo requiriese,

Muerte del rey D. Felipe II.

Corria el año 1597, en que, cansado est'? monarca con tantas jornadas y guerras , determinó trasladarse de Madrid al real sitio de San Lorenzo , para probar si conseguia alivio en sus dolencias. Los médicos de su real cámara opinaron en contra de este viaje, por creer que se comprometia la vida del soberano si lo emprendia. Empero el rey contestó al Dr. Santiago, al oir de sus lábios que moria : Llevaré (dijo), siendo asi, mis huesos á su sepulcro. Emprendió su viaje y llegó al Escorial, donde se le agravaron los padecimientos :alli se retiró á prepararse para la muerte y á expiar los escesos da la juventud , como dice un cronista. El se condenó al rigor de la vida monástica, como el mas fervoroso anacoreta , privándose de los placeres de la mesa y con total abstinencia del vino. Sufrió con gran paciencia la amputacion de un dedo. Tendido en su real lecho, tenia un lado de su cuerpo cubierto de úlceras, y entre tan acerbos dolores manifestó siempre la majes'tad de su alma, portándose como rey en todo. Recibió el Sacramento de la Eslrema-Uncion, mandando que viniera á visitarle su hijo y sucesor D. Felipe III; y quedándose con él solo, hizo que D. Juan de Lodeña le incorporase en la cama, y entonces, dirigiéndose al principe, le habló en esto¿ términos : «He querido que os halleis presente, y que veais en lo que fenece todo y en lo que paran las mayores potencias de la tierra.«

Le encargó defendiese la fé católica y protegiese las tradiciones cíe sus mayores é hiciese justicia á todos; dióle saludables preceptos, como rey tan versado en la politica, añadiéndole las siguientes palabras, que refieren autores contemporáneos: Aquel será bueno, que busca mas t>u6stra autoridad que la suya, ni trate de ambiciones ni provechos, ni de ganar reputacion á costa de su señor. El que os diere consejo desnudo de estas consideraciones con amor y voluntad, amadle. Le reiteró mucho que no se dejase gobernar por otro. Le nombró ministros que le ayudasen á dirigir sus reinos, porque ni en sus últimos instantes quiso despojarse de esta prerogativa.

Dos dias antes de morir, hizo copiar á Andrés de Prada la plática que el rey San Luis dirigió á su hijo Felipe, cuyo papel le fué entregado á nuestro principe en el mismo dia en que espiró su padre, el cual puso en sus reales manos Fr. Diego de Yepes, del órden de San Gerónimo. Despidióse del principe y de su hermana la infanta doña Isabel, siendo este el acto mas amargo en la via dolorosa de sus padecimientos. SS. AA. RR. besaron respetuosos la mano de su augusto padre, retirándose ambos angustiados de pena.

Se acercó el arzobispo de Toledo al agonizante lecho donde el rey morla, y tomando en sus manos un volúmen, donde estaba impresa la Pasion que escribió San Juan, se la leyó al monarca, y el reverendisimo prior de San Lorenzo le recomendó el espiritu.

Eran las cuatro y media de la manana cuando D. Cristóbal de Mora, su camarero mayor, entró en el aposento del monarca, y Felipe ya estaba privado de la vista, y apenas oia; por lo que aquel caballero, cuyos ecos conservaba aún el monarca, le advirtió que se acercaba el momento postrero: y al sonar en el reloj del monasterio la hora de las cinco de la mañana del domingo á 13 de setiembre de 1598, espiró Felipe II, ála edad de setenta y un años.

Don Cristóbal de Sandoval, marqués de Denia, fué el encargado de los funerales de este monarca, enterrándosele con majestuosa pompa en el panteon donde reposaban las cenizas de Cárlos 1, su padre, y las de otras reinas sus esposas. Alli quedó depositado despues del solemne requiem que le entunaron los monjes.

El papa Clemente VIH, cuando llegó á su pontificia córle la noticia de que Felipe II habia muerto, convocó el Sacro Colegio para hacer los honores fúnebres á lan célebre monarca, pronunciando Su Santidad un breve y sentimental discurso en su loa, encargando á los cardenales ofreciesen por él sacrificios.

La carta que Felipe III escribió al pontifice, era ea estos términos, la cual fué leida en el consistorio:

Santissimo Padre.

Dios ha sido servido llevar para si al rey mi señor; confio en la divina misericordia, que ha hecho grandes alcances conforme su vida y su muerte. Y no hallando consuelo en ninguna de las cosas que me ha dejado, acudo á Vuestra Santidad para que me reciba por su hijo obediente y de su Santa Silla: y suplico á Vuestra Santidad por ahora, hasta tanto que llegue á su corte santa la persona que ha de hazer este oficio, que vuestra .santidad me alcance de nuestro Señor luz para que gobierne con zelo de la religion y justicia, que deseo aver heredado de mi padre, que esté en gloria. Guarde Nuestro Señor á Vuestra Santidad para gran bien de su Iglesia, como desseo. De Sao Lorenzo 13 de setiembre de 1598.—Humilde hijo de Vuestra Santidad.—El Rey.

Felipe II fué hijo del césar Cárlos I y de la emperatriz doña Isabel; nació en Valladolid en 20 de mayo de 1527; le bautizaron en el convento de San Pablo, y hubo grandes fiestas con motivo de su natalicio; pero las mandó suspender el césar, cuando supó que Cárlos de Borbon habia saqueado á Roma. Se casó con Maria de Portugal, y luego con Maria, reina de Inglaterra, para cuyo enlace partió desde la Coruña en i i de julio de 1554 con 68 naves y 4,000 españoles, visitando primero el sepulcro del Apóstol Santiago. Muerta la reina Maria, se caso de terceras nupcias con Isabel de la Paz, hija de Enrique de Francia, la cual tambien murió. Desposóse, por último, en 1570 con Ana, hija del emperador de Austria, cuyas bodas se celebraron en Segovia el domingo á 12 de octubre: murió esta reina en 1580.

Felipe II tuvo varios hijos en sus matrimonios, que fueron el principe D. Cárlos, que se juró en la ciudad de Toledo, y falleció en 24 de julio de 1568, á la edad de 23 años; á los infantes D. Cárlos Lorenzo, que murió en 1574; á D. Fernando, que murió en 1578; á la infanta doña Maria, que falleció en 1583; al principe D. Diego, que murió en el mismo año; quedando únicamente á su muerte la condesa de Flandes, doña Isabel Clara Eugenia, y el principe D. Felipe III, que nació en 1578.

Para narrar las esceleneias de Felipe II, sena necesario ocupar muchas páginas; pero baste en su elogio la liberalidad con que premió los talentos, su proteccion á las ciencias y las artes, y el esmero que empleó para fundar establecimientos útiles, entre ellos la nueva forma que dió á la cámara de Castilla; el archivo general de Simancas; la universidad y Colegios de Duay en Flandes; el aumento y dotacion de las escuelas de Lovaina, sin contar los templos, hospitales, fortificaciones, puentes y otros edificios notables en que vivee'ernizada su memoria. Entre los que más la perpetúan, lo es el famoso monasterio de San Lorenzo, en el real sitio del Escorial, donde se guardan sus reales restos. Conservarán su memoria augusta las Islas Filipinas, que, por haber sido descubiertas y conquistadas en su reinado , llevan su nombre insigne, como igualmente lo fueron el nuevo Méjico y otras provincias en las Indias.

Por lo demas, si Felipe II ha merecido las censuras de algunos historiadores, las circunstancias en que este monarca se encontraba no le permitieron obrar de otro modo. Su reino, á fines del siglo xvi, se hallaba en el mas lastimoso estado, principalmente Castilla, que, poratender á la paz del mundo, se vió empobrecida; razon por la que tuvo que imponer pesados tributos, pero fué con la voluntad de sus pueblos. Y si bien no le alabamos el acto de impetrarla filantropia de las personas acomodadas, tampoco fué porque hubiese gastos exhnrbitant.es en su alcázar; y si algunos lunare.- aparecen en su reinado, fueron las destructoras guerras que emprendió; pero es inmudable que conservó á los árabes en el reino, si bien repartidos por diferentes provincias; pero no causó la des . poblacion de España espulsándolos totalmente , como lo hizo Fernando el Católico y su mismo hijo Felipe III, que espelió á los neo-cristianos tambien con los moriscos. Por último, Felipe II no careció de voluntad propia para reinar, sin admitir otra influencia que la suya: no sucediólo mismo con Felipe III, que en su reinado llegó el duque de Lerma á ser dueño absoluto de los negocios públicos.

Aun de las mismas guerras que sostuvo Felipe II resultaron beneficios á España; porque incorporó á su corona el reino de Portugal, y tíe consiguiente adquirió las íréas posesiones de ambas Indias. Y si envió las flotas «ontra Inglaterra, fué porque la reina Isabel contribuia á

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