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En la urna décimasétima se custodiaban ¡os restos mortales de doña Juana, reina de Navarra, hija de Ludovico Utino , la cual dispuso que su corazon fuese depositado en el templo de Santo Domingo de Paris, de la órden de los Predicadores; pero su cuerpo quiso se sepultase en San Dionisio con sus antepasados. Era esposa de Felipe IV el Hermoso, conde de Evorance.

En el décimooctavo sepulcro yacia Felipe VI, par so~ brenombre Valois, pariente muy cercano del rey Cárlos el Hermoso. Por falta de heredero varon en la casa real de Francia, entró á reinar, coronándose en 1328. Hubo grandes guerras entre Francia é Inglaterra, por estar casado el inglés con una hija del rey de Francia; empero, por la ley que los franceses llamaban sálica, eran entonces las hembras escluidas de la corona. Algunos quieren poner por diferente linaje al de los Valois del de los Capelos; pero solo era una rama trasversal: asi, el rey Felipe y sus descendientes se siguieron depositando en Sai; Dionisio.

En la décimanona tumba se encontraban los huesos de doña Juana, reina de Francia, hija de Roberto, duque (ie Borgoña, mujer del rey D. Felipe VI.

En el vigésimo sepulcro se depositó el cadáver de Juan, duque de Normanrlia, hijo de Felipe VI: fué electo rey de Francia en 1350. Murió preso en Inglaterra, y fué trasladado al panteon de San Dionisio.

En el mausoleo vigésimoprimero se sepultaron los restos de Cárlos V de Valois, por sobrenombre el Sabio, que fué valeroso en la guerra: murió en 1380.

En la vigésimasegunda urna descansaba Juana, reina de Francia,.bija del duque de Borbon, mujer de Cárlos V, que eligió sepulcro con su marido en San Dionisio.

Entre otros hijos, tuvieron una infanta del mismo nombre de la madre, que tambien se enterró en esta real abadia.

En la vigésimatercia tumba dormia en paz Cárlos VI, del linaje de Valois, hijo de Cárlos V, rey de Francia, que murió en 1422.

En el vigésimocuarto sepulcro descansaba Isabel, hija de Estéfano, duque de Baviera, mujer de Cárlos VI.

En el vigésimoquinto mausoleo estaban depositados los restos de Cárlos de Valois, último de este nombre, hijo de Cárlos VI, rey valeroso que peleó con felicidad, y «n cuyo tiempo fué la Porcella (que llaman) de Francia, doncella belicosa que, haciendo oficio de capitan, asombró en su tiempo al mundo, venciendo en muchas batallas. Murideste mencionado rey en 14U0. . En la vigésimasesta urna se encontraba el cadáver de Maria, reina de Francia, hija del duque de Angulema, mujer de Cárlos VII.

En la vigésimasétima tumba vacia el rey Cárlos VIII, hijo de Ludovico XI, monarca i'amoso en las historias modernas, por aquella gran jornada que hizo á Italia cuando conquistó el reino de Náp >les. Fué mas venturoso á los principios que al fin: reinó trece años y siete meses, y murió de un accidente apoplético en Ambosia, y fué traido con solemne entierro á esta abadia, de cuyo ceremonial tratarémos mas adelante.

La trigésima tumba la ocupaba Ludovico de Valois, doce de este nombre, duque de Orleans; subió al trono de Francia por haber muerto sin sucesion Cárlos VIII. Fué belicoso y temido de sus enemigos, y estimado de su pueblo.

El sepulcro trigésimoprimero contenia las cenizas de Ana, duquesa de Bretaña, casada con el rey Cárlos VIII y despues con Ludovico XII. Estaba enterrada juntamente con su último esposo; y refiere Papirio Masonio un epitafio muy largo, que era comun á los dos, en que se leia:

lacet sub tito Franaiae Rex marmore
Lodovicus Ana cum Britana conjuge

Hunc nempe qui res pensitant consultius
Patriae Patrem populiq: verum principen».

Rallona neutiquam indecenti nuncupant.

En la trigésimasegunda urna estaban depositados los restos de Francisco I de Valois, conde de Angulema, que sucedió en el reino por muerte de Ludovico XII: fué electo el año 1514. Este monarca fué conocido por su valor y gran capacidad y por las muchas guerras que tuvo con el emperador Cárlos V de Alemania y I de España, aunque desgraciado en ellas: murió en 1547.

En la trigésimatercia tumba descansaba el rey Eurico II, hijo de Francisco I. Fué excelente en el gobierno, capaz en la guerra y merecedor de mejor suerte, porque en un torneo que se hacia con motivo de las bodas de su hermana la infanta Margarita , justando con el conde de Moncomerco, rompió se la lanza del contrario en su yelmo, y una astilla le penetró hasta el cerebro, de que vino á morir, y fué traido á esta abadia.

En la trigésimacuarta urna funeraria se hallaba depositado el cadáver de Cárlos IX, hijo de Enrique II. En su tiempo hubo grandes guerras en Francia entre católicos y hereges: murió á la edad de veinte y cuatro años, habiendo reinado trece.

Tambien habia en esta real abadia otros mausoleos ó catafalcos régios bellamente construidos, en que estaban depositados los siguientes principes, á saber:

En el primero descansaban las cenizas de Ludovico VI, denominado el Gordo, hijo del rey Filipo, que comenzó á reinar en el año de 1106 y edificó el suntuoso monaste- .rio de San Victor de Paris, y con haber hecho una obra tan señalada, que era de las mas notables de Francia, eligió sepultura donde la tenian sus ascendientes.

En el segundo estaban depositados los restos mortales de Filipo, hijo de Ludovico Craso: su padre abdicó en él la corona, invistiéndole con gran solemnidad las insignias reales el arzobispo Reinaldo, en el añoH29. Vivió muy poco, porque corriendo á caballo fué arrojado de él, de cuyas resultas murió.

En el tercero descansaba en paz Felipe el Augusto, hijo de Ludovico VIl. Fué un rey valeroso, por lo que mereció tan gran renombre.

En el cuarto se depositó el cadáver de Luis VIII, hijo de Felipe el Augusto, que casó con doña Blanca de Castilla, hija del rey D. Alonso el Noble.

En el quinto dormia en paz la reina doña Blanca de Castilla, madre de San Luis. El sepulcro de esta reina era muy suntuoso, y estaba en una capilla propia: todo él se formó de alabastro de escelente labor: la capilla estaba dedicada á San Hipólito.

La linea real de Borbon tenia tambien su panteon en esta insigne abadia, en capillas subterráneas. Alli se veia el primer nicho de Enrique IV, que fué asesinado en 14demayo de 1610, á los 57 años de su edad.

En el segundo nicho se halla su hijo el rey Luis XIII.

En el tercero estaba depositado el monarca Luis XIV.

En el cuarto estaba colocado el real cadáver do María de Médieis, segunda mujer de Enrique IV. . ..

En el quinto se conservaban los restos de Ana de Austria, esposa de Luis XIII.

En el sesto se hallaba sepultada Maria Teresa, infanta de España, mujer de Luis XIV.

El sétimo hueco estaba ocupado por el cadáver del Gran Delfin.

Y á la entrada de este panteon se advertia el nicho del rey Luis XV, el cual estaba colocado alli, segun lo exigia el antiguo ceremonial de Francia, esperando á su sucesor.

En esta real abadia habia sepultados otros principes y princesas, como asimismo infantes de uno y otro sexo, que seria demasiado prolijo si hubiéramos de nombrar á cada uno de ellos.

Ahora, prescindiendo de otras grandezas y pormenores de esta magnifica basilica, que omitimos en gracia de la brevedad, vamos á tratar del célebre y suntuoso entierro del rey Cárlos VIII, que fué trasladado á Paris desde Ambosia y despues á esta abadia.

Escribe Roberto Gaguino (que es el autor que más hemos consultado), tratando de la pompa funeral de este soberano, que su entierro fué el mas solemne que han tenido los reyes cristianisimos. No referirémos nosotros tan larga y vistosa procesion, en que iban diferentes órdenes mendicantes y monacales, maestros de las universidades, consejos, regidores de la ciudad de Paris, grandes de la córte, y soldados á pie y á caballo arrastrando banderas, é infinidad de pobres con hachas encendidas. Dicen algunos historiadores, que con estar el monasterio de San Dionisio entonces legua y media distante de Paris, llegaba el cortejo fúnebre á la abadia cuando la comitiva aún no habia salido de la ciudad.

En aquellos tiempos habia en Francia una ceremonia en el entierro de los monarcas, y esta consistia en que, cuando llegaban los ministros del rey junto al sepulcro, luego que metian en él al soberano, los reyes de armas dejaban sus escudos; todas las justicias, sus varas; los consejeros de la corona y oficiales del rey, las insignias con que estaban condecorados, postrándolas delante de la régia sepultura; y despues de verificada esta ceremonia, el que llevaba el estoque real decia \viva el reyl y entonces todos volvian á tomar las varas y las condecoraciones que habian renunciado. La grandeza llevaba en unas andas el féretro del rey, Y los ciudadanos su;imágen, costosamente vestida de manto y corona.

En el entierro del monarca de que tratamos, era el busto muy parecido, y en todos llevaba la figura en la mano derecha el cetro, y en la izquierda una mano quelos,franceses denominaban Justicia, estendidos los dedos, y el indice y el de enmedio y la mano del cetro iban mas levantados, y en el dedo puesto un anillo de oro. Habia antiguamente una cruz en el camino de la abadia, á donde salian los monges de San Dionisio en devota y fúnebre procesion, y en aquel lugar los ministros del rey entregaban á los monges la estátua real, verificándose las ceremonias acostumbradas.

Acerca de estos despojos, dice Renato Chopino, titulo 2, núm. 23, en su Libro monástico, que el caballerizo mayor, cuando se enterró Cárlos Vllí, pretendia que la imágen del rey, sus joyas y vestiduras, como tambien las andas de marfil en que le llevaban á palacio, con todo el aparato real, fuesen derechos que debian dejarse á su oficio; pero que los monjes se opusieron á ello, probando ser costumbre antiquisima el que se adjudicasen al monasterio. La súplica de uno y de otros se elevó al Parlamento, cuya asamblea decretó que quedasen para la abadia, conforme se habia hecho otras veces.

Despues se abolió el llevar la estátua del rey en los entierros, y únicamente se colocaba un bellisimo catafalco en medio de la basilica, perfectamente iluminado, cubierto con un gran manto de oro mortuorio el féretro de los monarcas. Oficiaba la mi.-a el arzobispo de Paris, y en su defecto otro prelado, y concluida, empezaba el ceremonial del entierro. Entonces, los heraldos tomaban los cogines de terciopelo carmesi en donde estaban colocados el cetro, la corona y la mano de la justicia, y hacian la ceremonia de presentarlos á los sucesores en el trono. Inmediatamente despues se aproximaban los gentiles-hombres de cámara, y tomando el ataud sobre sus hombros, lo conducian hasta el nicho que debia ocupar. Una vez alli, el rey de armas llamaba á los heraldos, segun la fórmula, para que desempeñasen su mision.

Los heraldos, que eran cinco contando con el rey de armas, iban llegando por su turno, llevando en la mano cada cual lo que le estaba designado.

El primero llevaba las espuelas; el segundo, el guantelete; el tercero, el escudo; el cuarto, el almete; y finalmente, el quinto, la cota de armas. En seguida llamaba al

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