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pecho, colgando una cinta encarnada hácia su lado derecho: el trage era verde con manto blanco de forro encarnado y orla dilatada: el divino infante con el cabello cortado, con su garsetica á la usanza de los reyes de Castilla, coronado tambien como su Santísima Madre, risueño, apacible, ojos espresivos, cejas pobladas, boca y nariz graciosas y de perfecta proporcion, presentaba la mano derecha levantada como echando bendiciones, y con la izquierda sosteniendo una insignia del mundo descansando sobre la Vírgen: estaba cubierto de una tunisela colorada y airosa. Debajo del trono, que parecia sostener la imágen de la Vírgen, se veia una de las cruces de la consagracion de la iglesia. En derredor de la imágen se habia formado como un nicho por medio de dos columnas dóricas unidas por un arco en la parte superior, y basadas correspondientemente por la inferior. Determinó el rey D. Alonso que la consagracion de este templo se hiciese con la mayor solemnidad, ordenando una procesion magestuosa, á la que concurrieron algunos reyes, infantes, cardenales y prelados, con la nobleza escogida de España y otros reinos, acompañando con palmas al augusto emperador (1). Salió del régio alcázar este noble y cristiano concurso, dirigiéndose á la iglesia, y allí, con las ceremonias prevenidas por el rito romano, se purificó y reconcilió el templo de la profana supersticion á que por tanto tiempo, estuvo espuesto, resplandeciendo la santísima cruz sobre las puras y limpias aras, colocándose en todas las paredes la insignia cristiana en memoria de la reciente consagracion, cuya sagrada ceremonia verificó de pontifical el car-denal-infante, como legado de Su Santidad. El rey mandó acrecentar , este templo, y , le costeó un retablo aun mas magnífico de lo que permitian las rentas del real tesoro, apurado entonces por los preciosos gastos

(1) Sandoval y otros dicen que se hallaron en esta ceremónia D. Sancho, rey de Navarra, el cardenal-infante don Fernando, el infante D. Martin Fernandez de Toro, don Bernardo de Agen, abad de Sahagun, el V. Cipolo, obispo de Leon, y el valiente Cid, con la noblezo de España, Alemania, Italia y Francia.

de la guerra, tambien le enriqueció con preciosos ornamentos, cálices de oro y lámparas de plata , é hizo colgar en él las banderas que ganó al bárbaro sarraceno. Por descuido sin duda del que regia esta iglesia, creyendo la imposibilidad de sacar entera la imágen de Nuestra Señora de la Flor de Lis, permitió que la dejasen oculta detrás del nuevo retablo, en el que colocaron á la Virgen hallada en el muro, como se ve hoy.

El año 1638, cuando tuvo principio la fábrica del nuevo templo, cortaron de la pared el espacio de ladrillo y yeso con la pintura que ocupa Nuestra Señora de la Flor de Lis, é ignorándose el titulo que tenia, determinaron celebrar una misa en el altar de Nuestra Señora de la Almudena, y despues echaron suertes para ver el nombre que ie cabia, y le tocó el de la Flor, cuyo nombre tomó desde este dia, que era domingo primero de agosto del referido año; por lo que el licenciado Dit.go de Salazar, cura de dicha parroquia, la trasladó con solemne regocijo y veneracion á los pies dela iglesia, al sitio donde estaba la pila bautismal, y cuatro años despues se colocó en otro sitio, en donde permaneció sobre la escalerilla de la puerta de la bóveda con esta inscripcion: «Esta sagrada imágen de Nuestra Señora de la Flor de Lis estuvo pintada en la misma pared y oculta detrás del retablo del altar mayor: descubrióse con una gustosa novedad el año 1623, con ocasion de trasladar á él á Ntra. Sra. de la Almádena. Despues, el año 1638 se trasladó y colocó en este sitio, sacándose entero de la pared el espacio de ladrillo y yeso en

que estaba pintada Su antigüedad es del tiempo del

rey D. Alonso el VI, en que conquistó la última vez á Madrid: pintóse en ausencia de Nira. Sra. de la AUnudena, cuando estuvo encerrada en el muro, y el rey mandó consagrar esta iglesia y dedicarla á Ntra. Sra. con esta sagrada imágen, y en señal de su consagracion la cruz roja que tiene al pié: consagróla el arzobispo de Toledo don Bernardo, el año de 1083, siendo pontifice Urbano II: se trasladó el año 1642, que se puso este rótulo ya: 559 que está en esta iglesia.«

Esto es cuanto se podia leer por estar menos desfigurado; advirtiendo que esta fué la última traslacion que se hizo de la sagrada imágen.

Son algunas las contradicciones que se encuentran en esta rotulacion: la primera, que no era pontifice Urbano II, y otras que omitimos en gracia de la brevedad. Por último, está antigua é histórica pintura se ha colocado en un retablo en la mencionada iglesia, y está espuesta al culto público.

Dla 2.

A las dificultades y oposiciones que D. Alonso el Sábio encontró para establecer el Fuero Real en los pueblos de Castilla la Vieja, se unió no solo la oscuridad que encontraba el reino en general para poner en práctica unas leyes que en mucha parte no se componian con sus antiguas costumbres, de que resultó la esplicacion que fué preciso dar á algunas de ellas en Córtes (como hemos dicho en otra anécdota), sino tambien las dudas en que se vieron algunos de los pueblos que las admitieron en particular, á fuerza de ¡a diligencia y maña conque aquel monarca hizo que las aceptasen. Entre estos pueblos se distingue como capital de aquel reino la ciudad de Búrgos, la cual en aquel año de 1263 envió á Sevilla, donde á la sazon estaba aquel rey, sus diputados Arnal de Chanaster y Aparicio Guillen, proponiéndole en nombre d» los alcaldes nueve dudas, las que resolvió y comprendió en una carta real, dada en dicha ciudad de Sevilla en este dla del espresado año.

La prirnera era sobre qué debia hacerse en caso de que, habiendo un crisliano tomado á interés cierta cantidad de dinero de un judio, para restituirlo á tiempo determinado, lo volvió antes de cumplido este, pagando el capital y sus réditos hasta el dia en que lo restituia: y el rey dijo que se obligase al judio á que lo tomase.

En segundo lugar decian: qué debia hacerse cuando el demandado sobre pena pecuniaria ó denuesto no podia responder, y el ofendido instaba para ser entregado en ella: y dijo el rey que se le diese posesion de la parte de hacienda equivalente á la demanda, como si fuese otra cualquiera deuda, y no satisfaciendo dentro de un año, so declarase por suya.

Dudába-e en la tercera de lo que debia hacerse en un pleito de justicia en que las partes estaban encontradas sobre si habria de haber alzada ó apelacion: y se declaró que en todo pleito la hubiese, menos en las causas de muerte ó rompimiento de miembros,'

La cuarta duda recayó sobre el caso en que pretendia el judio que su negacion se probase con testigos cristiano y judio: lo cual resistió el rey, previniendo que bastaba .la prueba de dos cristianos.

Tambien se dudaba hasta qué cantidad debia hacerse la demanda en escrito, y determinó el rey que fuese la de 20 mrs. arriba; y en cuanto á dar la carta real que se mandaba en ella entregar despues de cumplida, fué resuelto que se devolviese á la parte.

Dudaron en el sétimo lugar los alcaldes, si ausentándose de la ciudad por causa justa, debianlas partes ya citadas á juicio, y que habian entregado lo que se llamaba señal, estar á él. Del mismo modo dudaban por el octavo punto, si las apelaciones podrian conocerse ante los que nombrase en casos semejantes Pedro Bonifax, que era juez de ellas, ó esperar que volviese á Búrgos: en cuyos dos casos declaró el rey que, por no dilatarse, uno y otro se viesen ante los que tenian facultad para nombrar por ausencia los alcaldes propietarios. Últimamente, se les ofreció la duda de qué debian hacer en los bienes del forzador de mujeres, que se ausentaba: y el rey dijo que fuesen pregonados, como mandaba el fuero de Búrgos, y habido el delincuente se hiciese de él justicia, conforme á dicho fuero; cobrando la pena de 50 sueldos y repartiéndose como la del homicidio. No podemos dejar de repetir aqui que estas declaraciones y otras de la misma especie debian acompañarse en la edicion del Fuero Real, pues son las que más lo ilustran y facilitaron su práctica.

Dia 3.

Zurita, en el libro 17 de los Anales de la Corona de Aragon, y en varios capitulos que pertenecen á los años 1460 y 61, trata largamente de lo sucedido con el principe de Viena D. Cárlos, hijo del rey D. Juan II de Aragon, habido de su primer matrimonio con doña Blanca, hermana de D. Juan el II de Castilla, y, por consiguiente, primo de D. Enrique el IV, que á la sazon reinaba. El natural desamor con que la mujer hijastra movió las mayorea turbaciones en aquellos estados, habia producido una guerra viva entre padre é hijo, sostenida por los afectos á uno y otro. La idea de la segunda mujer era hacer jurar por sucesor y primogénito á D. Fernando, su hijo, contra los derechos de la naturaleza que asistian al espresado D. Cárlos. Este ya habia padecido algunas prisiones, cuando, fugitivo y libertado por los suyos, se hallaba en la isla de Mallorca: desde entonces fué llamado artificiosamente por su padre á las Córtes generales que en aquel año de 1460 celebraba en Lérida. Llegó á esta ciudad, postrándose á sus pies, y asegurado del perdon y entera reconciliacion; pero, contra toda esperanza, vieron los reinos de la corona de Aragon no cumplir en las mencionadas Córtes la voz que se habia esparcido, de ser llamado el principe D. Cárlos para jurarle por heredero y primogénito: antes bien, á pocos dias de su llegada, fué nuevamente puesto en prision.

Este acontecimiento tan estraño desazonó generalmente á la mayor parte de los grandes personajes concurrentes á las Córtes; pero principalmente se disgustaron los catalanes, y se empeñaron con toda eficacia en conseguir la libertad del principe, hasta jurarlo por primogénito y sucesor de la corona de Aragon, con .todos los privilegios que le eran debidos por las leyes y costumbre del principado. Los varios lances que sucedieron con este motivo, se verificaron en los primeros meses del año inmediato de 1461, y porque se refieren por Zurita en el lugar citado, los omitiremos aqui, parando únicamente la atencion en rectificar algunos datos equivocados en aquella relacion , por los documentos originales que se conservan en el archivo de la ciudad de Barcelona.

Primeramente hemos de suponer que á fines de enero de aquel año se determinaron los catalanes á enviar ciertos embajadores al rey D. Juan II para que pusiese en libertad y les entregase al principe D. Cárlos, preso entonces en la Aljaferia de Zaragoza; por cuya causa el espresado rey hizo pasar á Barcelona al gran maestre de la orden de Montesa, D. Lope Jimenez de Urrea, para que persuadiese á los consetteres de dicha ciudad áque retirasen á sus enviados, seguros de que les guardaria sus libertades, privilegios y costumbres. Esta embajada se espuso en 7 de febrero, y no habiendo sido oida, levantaron los catalanes la voz por D. Cárlos, intitulándole principe hereditario de la corona, armando galeras, poniéndose en guerra para sostener su causa, y últimamente, gritando el pueblo por calles y plazas: viva el rey D. Juan, su pn

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