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puesto en la célebre hermandad de 1315, pasasen á la corona todas las posesiones que de ella se habian desprendido y trasladádose al abadengo. No bien satisfechos de esta determinacion los prelados, acudieron inmediatamente al rey, y juntos en Medina del Campo todos los obispos, abades, priores, cabildos y monasterios, por si y con voz de sus procuradores y emisarios, le hicieron varias peticiones, al tenor de las cuales el monarca los fué colmando de prerogativas y mercedes. En primer lugar, les quitó el servicio que pagaban por razon de los bienes de realengo que pasaron á sus manos, y confirmó los privilegios que tenian algunas iglesias y prelados para poder comprarlos. Concedió facultad á los clérigos para hacer compras, limitándola en conformidad de los ordenamientos de las Córtes de Nájera y Benavente y declaracion de su abuelo D. Sancho; y arreglándose á lo que prescribian los mismos ordenamientos, se denegó á los prelados que igualmente lo solicitaban. Declaró que en los lugares que fuesen sin controversia de los prelados, no se exigiese contribucion alguna, cuya gracia ellos pedian se estendiese á todas sus propiedades; que las posesiones reales que por donaciones, aniversarios ó fundaciones hubiesen hasta entonces pasado á las iglesias, quedasen aplicadas á la corona; y en cuanto á las mandas y demás que en adelante les fuesen concedidas, permaneciesen en ellas sus respectivas cargas.

Dió por válidas y conformes á derecho las permutas de posesiones reales con las iglesias, siempre que no apareciese en el cambio un manifiesto dolo. Por lo tocante á las iglesias ne privilegiadas, dispuso se refundiese en la corona cuanto de ella se hubiese adjudicado hasta la fecha de este privilegio; cuyas disposiciones se estendieron tambien á los hospitales y cofradias. Revocó las cartas espedidas en contrario del mismo, dando por nulo lo que en virtud de ellas se hubiese obrado; y por lo respectivo al reintegro de costas que los prelados pxigian, dispuso que las hechas fuera de la tasacion de Búrgos y los cohechos se les volviesen á estos de los bienes de los recaudadores. Igualmente previno que los monasterios, órdenes y demás bienes exentos de la jurisdiccion de los prelados ayudasen . á soportar el servicio con que estos le contribulan. Prohibió que ningun infante, rico-hombre, infanzon ni caballero demandase cosa alguna á las iglesias en tosia

gares y behetrias: y que en esta razon se librasen cartas y los prelados diesen sus sentencias contra ellos hasta recuperar loque por este titulo hubiesen percibido, salvas las contribuciones que los clérigos hacian á los señores, segun fuero. Acordó dar cartas para que los merinos recogiesen las cuotas que los clérigos rehusasen pagar del espresado servicio, y los prelados por sus sentencias y ejecuciones no pudiesen poner en cobro.

Por último, confirmó el ordenamiento de Valladolid: declaró que lo espuesto y acordado lo hacia con conseje de los hombres buenos, y todo bajo los mas solemnes juramentos se obligó á cumplirlo. Dióse particular traslado de este privilegio al obispo de Búrgos en dicho dia, firmado por el rey y su mujer la reina doña Constanza, y confirmado por el infante D. Felipe, su mayordomo, adelantado y pertiguero mayor de tierra de Santiago; por el hijo del infante D. Manuel, tambien adelantado mayor en la frontera y reino de Murcia; y por los arzobispos y obispos, maestres de las órdenes, notarios y merinos mayores y otras personas de igual distincion.

Dia 29.

El rey D. Alfonso VIII, valeroso en sus conquistas, como prudente en su gobierno, en la critica situacion en que halló sus Estados, señaló el dia de hoy, 29 de julio de 1187, con la donacion hecha al abad de Santander, de la que entonces se llamaba villa de San Emeterio, á quien concedió fuero y privilegios. Resalta la escesiva benevolencia del monarca á favor del abad en las singulares prerogativas con que le distinguió, y las disposiciones forales de esta carta hacen ver, entre las oscuras costumbres de aquella época, el esplendor de la justicia caracteristica del trono español. Por ejemplo: acerca del deudor, se prevenia en este fuero que, reconocida la deuda, no pudiendp pagar, se entregase prenda equivalente, sin que en el juicio pudiesen percibir derechos ó salarios el merino ni alguaciles, á no ser que alguno despues de su muerte les hubiese confiado la prosecucion del crédito. Concediéndose los bienes del ladron ó traidor conocido, al arbitrio del abad, se espresaba que este, ante todas las cosas, pagase los hurtos.

Por lo respectivo al juicio sobre casa ó heredad, se mandaba que diesen fiadores ambas partes hasta 60 sueldos, los mismos que habia de pechar al abad el que quedase convicto. Todas las penas insertas en los estatutos criminales se adjudicaban al mismo abad, á quien se le concedió un dominio absoluto en la villa, con cuantos derechos le acompañaban á este. El debia poner merino, con tal que fuese vecino y del concejo: todas las casas de la villa debian contribuirle, como su señor, con un sueldo cada año, y su recoleccion habia de ser quince dias despues de Navidad, y en tal forma, que de aquel que no pagase podria recoger el duplo en prenda, la que, pregonada un mes despues, seria suya, no recobrándola el deudor. Los vecinos, por su parte, no tuvieron menores mercedes; pues, como dijimos en otra ocasion, se les concedió el territorio de tres leguas para que rompieran, cultivasen y plantasen, quedando por herencia, aun cuando se fuesen á habitar á otro pueblo.

Asimismo se les eximió de pagar portazgo, no solo de todo comercio terrestre, cuya libertad se les franqueaba, sino de cuanto por mar introdujesen ó exportasen, prohibiendo al estranjero la venta de paños que entrasen en su puerto, con respecto á los no vecinos, bajo la pena de 100 sueldos. Ni fué menos apreciable la exencion de que no asistiesen á la guerra sino en ocasion en que el rey estuviese sitiado.

El inescusable respeto debido á la hospitalidad de las gentes dictó al monarca la disposicion contenida en este fuero, de que ningun vecino fuese osado á tocar ni estraer la menor cosa de los géneros ó mercaderias que alguna nave, ó rota ó zozobrando, arrojase á su puerto. Por último, se impuso la pena de 1,000 libras áureas y doble resarcimiento de perjuicios al contraventor de este privilegio, que el mencionado rey con los solos dictados de Castilla y Toledo espidió en Búrgos, juntamente con su mujer doña Leonor. Firmóle de su puño, y fué confirmado por el arzobispo de Toledo, muchos obispos, condes y principales señores: sellóle con su sello, y lo refrendó su canciller Gutierre Rodríguez.

DU30.

Si el gobierno de los tutores era origen de los mayores daños-y calamidades de la España, el consejo formado para su administracion en la menor edad de Enrique III no fué menos gravoso ni menos inductivo de revoluciones y desgracias. Aquel espiritu patriótico, que dijimos haber animado tan inesperada revolucion, degeneró bien pronto en una verdadera oligarquia que la avaricia de los magnates introdujo, con total abuso y casi esterminio de los derechos del soberano. Este infeliz monarca probó los efectos de una dominacion tan desarreglada y perniciosa, viéndose precisado á mendigar alguna vez los auxilios indispensables para su propia subsistencia. La carta remitida al concejo de Búrgos, desde La Granja, en otro igual dia 30 de julio de 1406, es una prueba harto sensible de que, no obstante sus repetidos esfuerzos, aún duraba hácia los fines de su reinado tan monstruosa constitucion. En ella manifestaba á la ciudad, cómo hacia tres años que, en consideracion á los graves perjuicios y exacciones que habian sufrido los reinos en el tiempo de su tutoria, estaba sin cobrar aquellas monedas ó pechos reales con que cada año debian contribuir para la precisa conservacion de la corona: que tampoco habia exigido, en catorce que llevaba de reinado, la moneda forera que los pueblos estaban obligados á tributarle, en reconocimiento del señorio real, cada siete años, y que puntualmente habia sido otorgada á sus antecesores. Hacia ver la necesidad en que se hallaba de armar cierta flota para la defensa del reino, y de enviar algunas tropas á la frontera de los moros de Andalucia para contener las irrupciones que ocasionaban, contra las pactadas treguas, y sosegar los disturbios suscitados hácia aquella parte. Y supuesto que para el pago de la dicha moneda forera habia espedido carta, cuyo cumplimiento rehusó por su parte Búrgos , enviándole procuradores que le mostrasen sus privilegios, pedia nuevamente á aquella ciudad que, á fin de subvenir á las referidas urgencias, le sirviese con 30/ansas por 2 meses á razon de 15 mrs. cada dia.

Esta equitativa pretension no dejó, sin embargo, de sostenerla con firmeza y autoridad, conminando á Búrgos con la pena de 1,000 mrs., si dentro de8 dias de mostrada la carta no ponia en poder de Rui Fernandez de Peñaosa, ó su teniente, el importe de los sueldos de las mencionadas lanzas. Mas la débil salud de este gran principe, justamente colmado de elogios por los historiadores, atajó con la muerte los rápidos progresos de su acertado gobienio, cuyas providencias, ya suaves, ya vigorosas, hubieran seguramente conseguido el arreglo de la monarquia y la felicidad de los vasallos.

Dia 31.

La desolacion que habian ocasionado las irrupciones de los bárbaros en la santa iglesia de Pamplona, despojándola de todas sus posesiones y derechos, movió en el clemente ánimo del rey D. Sancho el deseo de restablecerla y consolidarla. No influyeron poco á tan piadosa resolucion los continuos estimulos de su maestro D. Sancho, obispo á la sazon de ella y varon mu y piadoso, segun se le nombra. Hecha, pues, una diligente pesquisa sobre los titulos de pertenencia, y tomada voz de los an cianos y personas instruidas del reino, se le restituyó y puso en posesion de todo cuanto se hallaba despojada, adjudicándosele en primer lugar la misma villa rie Pamplona, libre de toda carga ó servicio real. La fecha del privilegio espedido en esta razon, que es la era de 1015, 6 año de Cristo 977, manifiesta la equivocacion de los historiadores, que hasta el año de 1000 no fijan el reinado de D. Sancho el Mayor. Descúbrese tambien que en este tiempo habian llegado á unirsele los reinos de Navarra , Aragon, Leon y Castilla, pues al principio del privilegio se titula rey de pampilonenses, aragoneses ó leoneses , y luego al fin añadia que reinaba en Pamplona, en Aragon y en toda Castilla, y lo mismo se deduce de los titulos insertos en otro privilegio, por el que la hizo donacion en el propio año del monasterio de Santa Gema. Que este rey D. Sancho fuese el Mayor, se colige no solo de que fué el único que reunió las mencionadas coronas, sino tambien de que alli hace espresa mencion de los hijos Garcia y Ramiro, con cuyo consentimiento y autoridad espidió el privilegio, y que despues le sucedieron en los reinos de Navarra y Aragon. Pero lo que más fortalece esta conjetura, son dos documentos en que, confirmándose la donacion y privilegio mencionado, se dice espresamente haber sido espedido por D. Sancho el Mayor. El primero se ve otorgado en el mes de noviembre del año 1049, á favor del obispo D. Pedro, por D. Sancho, rey de Aragon y Pamplona, y su hijo D. p.edro'.reayAt So'brarbe y Ribagorza, asignado tambien de los rejeb ¡u

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